Columnistas

El odio al indio/ia

Los colonizadores siempre han desarraigado de su lugar de origen a los rebeldes y contestatarios

La Razón (Edición Impresa) / Esteban Ticona

21:49 / 21 de febrero de 2020

Si de algo sirve la historia, es para comparar épocas, acontecimientos y crisis profundas. Pero también y sobre todo para reflexionar cuánto una sociedad aprende o desaprende de su pasado, en la convivencia del presente, a tiempo de soñar en un futuro diferente. La actual realidad boliviana es muy preocupante, porque estamos reviviendo cargas del pasado colonial y racista, hoy expresadas en el orden político electoralista.

Después del golpe de Estado atípico acaecido en noviembre de 2019, algunos sectores de la clase media, o más propiamente en términos sociológicos los q’aras o karayanas y mistis, han comenzado a construir la idea de que se ha recuperado la democracia y la libertad, supuestamente conculcadas por los indígenas, campesinos, obreros y sectores populares urbanos del país. Esta casta social ya no puede soportar más a los sectores sociales citados, y utilizando las palabras democracia y libertad intenta volver hegemónicamente. Es primordial explicar en esta coyuntura el significado de los conceptos citados en la situación neocolonial que aún vivimos.

Recordemos algunos momentos históricos comparables con las actitudes de los actuales representantes de la q’aracracia. Los colonizadores siempre han desarraigado de su lugar de origen a los rebeldes y contestatarios. Esto pasó por ejemplo con Julián Apaza o Túpac Katari y Bartolina Sisa. Los españoles no solo los descuartizaron cruelmente, sino que además sus restos fueron expuestos y luego incinerados para que no quede ningún vestigio a futuro. Los familiares de los Apaza-Sisa fueron perseguidos y eliminados para que no tengan ascendencia. Hoy, con la idea de que el indio Evo no participe en las elecciones ¿no se reproduce esa mentalidad colonial, para que esté lejos de su lugar de origen y sea anulado políticamente?

En el levantamiento del movimiento indígena de los “Apoderados generales”, a fines del siglo XIX, primero a la cabeza de Feliciano Espinoza (comunario de los suburbios de San Pedro), y luego sostenido por Pablo Zárate Willka, a pesar de que el movimiento había definido el triunfo de las élites del norte de La Paz sobre el sur, el presidente José Manuel Pando tuvo mucho miedo cuando los indios ya no lo obedecían y buscaban su autonomía.

Pando justificó su desprecio y distancia aduciendo que los indios eran racistas. A Espinoza le hicieron un juicio por ser un supuesto sublevador de indios y atentar contra la seguridad del Estado oligárquico. Y con Zárate Willka se inventaron una supuesta fuga de la cárcel donde estaba preso para quitarle vida. El miedo al indio le llevó a José Manuel Pando a contactarse con su enemigo Severo Alonzo para unirse contra la indiada. Hoy los Camacho, los Quiroga, los Doria Medina, los Mesa... también quieren unirse contra los indios, los campesinos, los obreros...

En el golpe de Estado y el ahorcamiento del presidente Gualberto Villarroel, el 21 de julio de 1946, los mistis y q’aras conservadores, incluidos los miembros del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), también se hicieron llamar revolucionarios y enarbolaron la palabra libertad para justificar la cruel muerte del mandatario y de sus colaboradores en la plaza Murillo. Así impusieron una junta de gobierno oligárquico para simbolizar su acción.

¿En qué se diferencia el odio al indio entre el pasado y el presente? Cuánta razón tenía Alcides Arguedas al criticar a su misma clase, en su novela Pueblo enfermo, con la frase más bonita e inteligente que escribió: “el cholo político, militar, diplomático, legislador o cura jamás y en ningún momento turba su conciencia preguntándose si un acto es o no moral (...)”. Hay que sumar a esta casta colonial a los indios traidores que hoy están añadidos como ministros, viceministros y otras representaciones en el Estado, que también actuaron en el pasado como grandes renegados.

Uka q’ara, misti ñanqha jaqinakaxa wali uñisistu. Uka sartawinakaruxa ch’uxña jilat kullakanasaxa wali jallallt’apxi, wali jallq’asipxi ¿janicha ukhamaxa?

* Es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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