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Ser normal, una exigencia de la época

Lo que antes era considerado un obstáculo, hoy en día ha pasado a ser una enfermedad, y es tratada como tal.

La Razón (Edición Impresa)

00:18 / 27 de diciembre de 2017

Silenciosa e imperceptiblemente, el lenguaje coloquial está siendo poblado por palabras provenientes del discurso de la ciencia, particularmente de la medicina. Estos términos corresponden a diagnósticos psiquiátricos (bipolaridad, depresión, ataques de pánico, trastorno obsesivo compulsivo, etc.) y suelen ser los que reciben algunas personas cuando consultan a un especialista por un determinado malestar o sufrimiento psíquico. Y en algunos casos, los pacientes se apropian de estos diagnósticos, conformando una especie de nueva identidad: “Soy bipolar”, “Soy depresivo”, “Soy obsesivo”, etcétera.

Así, su nuevo “ser”, asociado con lo que no está bien en la persona, se propone de manera fallida como un complemento o sustituto de su nombre (v.gr. mi nombre es Juan, soy bipolar).

En efecto, los diagnósticos psiquiátricos clasifican a las personas según determinados signos y síntomas, estableciendo así una categorización. De esta manera, queda borrada la subjetividad del paciente, su individualidad. Pero, por oposición al discurso cientificista y despersonalizado, debo decir que hay tantos pacientes bipolares, depresivos, obsesivos, etc. como personas que se definan bajo estos nombres.

Generalmente cuando un paciente expone su diagnóstico ante un profesional adquiere una actitud de “desresponsabilización”. ¿Qué quiere decir esto? Es como si un paciente dijese por ejemplo “Licenciada, soy bipolar (haga algo con esto)”, lo cual sería verdaderamente un milagro. Los psicoanalistas trabajamos con la palabra, y nuestro interés radica precisamente en responsabilizar al sujeto de lo que dice. En general, los diagnósticos cristalizan, rigidizan, estigmatizan a las personas, y muchos pacientes se aferran a estos dictámenes, evadiendo desentramar las razones de su malestar.

Continuamente se producen cambios respecto a lo que se concibe como normal. Lo que tradicionalmente era concebido como una dificultad en términos sociales, hoy es considerado como algo patológico. Es decir, lo que antes era entendido como un obstáculo, en la actualidad ha pasado a ser una enfermedad, y es tratada como tal. Todo aquel que se aleje de la norma esperable será definido y tratado como un enfermo. Por otro lado, las dificultades que presentan las personas absorbidas por las clasificaciones de salud mental son cada vez mayores.

Además, prima la tendencia de reducir todo malestar a la química del cerebro. En consecuencia, los medicamentos que aparecen en el mercado para tratarlas también aumentan progresivamente. Esto muestra una clara asociación entre las clasificaciones y la industria farmacéutica, a la cual la medicina acude para responder rápidamente al malestar, una exigencia característica de los tiempos actuales. A través de las campañas publicitarias, los psicofármacos crean la ilusión de una satisfacción plena e inmediata.

Hay que tener en cuenta que los medicamentos, como todo objeto que introduce la ciencia y el mercado, no colman lo que prometen; y muchas veces resulta difícil discernir entre el objeto útil, beneficioso de los que, promocionados por las campañas de publicidad médica, en realidad son un engaño.

Esto no significa que haya que negarse sistemáticamente a recibir una medicación si es necesaria. Tampoco de aceptar sistemáticamente todo lo que el médico afirma y prescribe. La medicación puede ser útil en un determinado momento, pero tiene sus límites. Si uno no está advertido, te exime de responsabilidad a la hora de tratar una dolencia. Lo más recomendable es hablar con profesionales de diferentes orientaciones, los que sean necesarios, para poder tomar una decisión basada en nuestra confianza.

La medicación psiquiátrica no cura, ayuda a que una persona que está padeciendo un malestar insoportable pueda transitarlo en mejores condiciones. Pero hay que tener en cuenta que cuando deje de consumir los medicamentos, volverá al estado anterior. La medicación psiquiátrica por sí sola exime de responsabilidad si no viene acompañada por un tratamiento que dé lugar a la palabra del sujeto, a través de la cual, con ayuda de un profesional, pueda implicarse en su padecimiento. Cada persona es única e irrepetible, y si hay algo que no puede ser pasado por alto es el respeto de esta originalidad. 

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