Columnistas

La inteligencia colectiva

Los árboles de un bosque conforman una sociedad de individuos interconectados entre sí

La Razón (Edición Impresa) / Jordi Soler *

00:20 / 21 de abril de 2017

El bosque, esa masa de troncos, ramas y hojas que oxigena el planeta, tiene una vida subterránea que es toda una metáfora de la manera en que estamos interconectadas las personas en el siglo XXI. Las raíces de un árbol se extienden hasta alcanzar el doble del tamaño de su copa y están en comunicación permanente con las raíces de los otros árboles, con la sociedad que tienen a su alrededor, nos explica Peter Wohlleben, un experto en bosques que acaba de publicar un hermoso libro, The hidden life of trees (Greystone books, 2016), que algún editor con gusto por los libros raros y extraordinarios debería ocuparse ya de traducir a nuestra lengua.

Los árboles de un bosque conforman una sociedad de individuos interconectados entre sí, que se comunican por las raíces gracias a una tupida colonia de hongos microscópicos, los micorrizas, que son una especie de filamentos que operan como los cables de fibra óptica con los que funciona internet. Estos filamentos conforman una enorme red, que existe desde el principio de los tiempos, parecida a la world wide web (www), pero que en este caso se llama wood wide web, la gran Red, no planetaria, sino de la madera, la red con la que los árboles de un bosque comunican cosas como la presencia de un pájaro pernicioso que está haciendo daño a un árbol, a un individuo de la comunidad; este árbol avisa por sus raíces, por medio de esa web de hongos microscópicos, del daño que le está haciendo este pájaro, para que el resto de los árboles comience a secretar una sustancia que al pájaro le parezca repelente.

También se comunican por arriba, cuando perciben el peligro, por ejemplo una jirafa que llega a rumiarles las hojas, el árbol libera un olor, una esencia que captan los otros árboles y que los hace secretar otra sustancia repelente. Pero a los olores se los puede llevar el viento y los mensajes que se envían por la red del subsuelo no tienen ese inconveniente.

Los árboles comunican sus mensajes con señales químicas que al viajar por la red de hongos se convierten en impulsos eléctricos que llegan a todos los individuos del bosque. Una cucharada de la tierra de un bosque contiene cientos de miles de los hongos que conforman esta red.

Cuando un árbol está enfermo, o algún leñador desaprensivo lo ha talado, la gran comunidad de semejantes que lo rodea lo ayuda, lo mantiene vivo por medio de esa red que vibra debajo de la tierra, incluso cuando el leñador haya dejado solo la base del tronco, una porción mínima de lo que ese árbol había sido, la comunidad puede mantener con vida ese muñón durante décadas. El sistema del bosque recuerda, aunque en rigor lo precede, al sistema de seguridad social, donde el que cae enfermo es soportado por el esfuerzo, en este caso económico, de todos los individuos que conforman esa sociedad.

La WWW del bosque también sirve para las actividades cotidianas. Los árboles se comunican para estar sincronizados a la hora de hacer la fotosíntesis, para gestionar los nutrientes y el agua de la tierra; se organizan para mantener viva y saludable esa comunidad donde hay individuos que proveen más que otros, hay individuos fuertes y otros débiles pero, nos explica Wohlleben, todos dependen igualmente de esa red; los árboles solitarios viven mucho menos años que aquellos que están conectados a la web del bosque.

El bosque nos enseña que para un individuo es mucho más difícil vivir solo, que tiene una vida menos azarosa quien permanece conectado a la Red. Y aquí es donde la vida de los árboles del bosque nos recuerda a nuestra vida de individuos íntimamente conectados a una red que, en el siglo XXI, comienza a ser la única forma de sobrevivir.

Ese flujo de información que circula por debajo de la tierra funciona como la inteligencia del bosque, así como el flujo de información de la Red a la que vivimos conectados es, según el filósofo Pierre Lévy, nuestra “inteligencia colectiva”, porque a través de internet nuestra mente se conecta con las demás.

En internet encontramos cualquier cosa, podemos visitar virtualmente un museo, pedir un taxi, leer el periódico o transferir dinero; pero ese acceso privilegiado a la inteligencia colectiva de nuestra especie también nos convierte en cautivos de la Red; basta encender el ordenador o el teléfono para quedar atrapado, es decir: expuesto.

Hace unos días un exdirectivo del FBI advertía del poco control que existe sobre el número del teléfono, sobre esa cifra, que todos revelamos alegremente, por la que puede accederse a toda la información de un ciudadano, a sus mensajes privados, a los nombres de las personas que constituyen sus círculos social y profesional, a los servicios u objetos que compra, a las rutas habituales por las que se desplaza, a su agenda al detalle, citas, eventos, espectáculos a los que asiste y viajes que tiene previstos.

Estar conectado a esa retícula ofrece, claro, un montón de ventajas, sin esa conexión la vida sería mucho más complicada, pero las facilidades que ofrece tienen un precio que todavía no conocemos del todo. La exposición que tenemos como partícipes de esa retícula nos vuelve transparentes; quién se mete a hurgar a fondo en nuestro número de teléfono, o en nuestro ordenador, obtiene un perfil bastante exacto de nosotros.

Si hoy colapsara internet caeríamos todos con ella; los únicos que se salvarían del colapso son los que viven al margen, los que no usan ordenador ni teléfono, los que siguen oyendo música en discos, leyendo libros de papel, conversando sin la intermediación de una pantalla y un teclado y guardando su dinero debajo del colchón; los que se han ido a vivir al bosque, porque quien está al margen de la Red está también al margen de la sociedad que ya vive irremediablemente interconectada. Esa es su fortaleza y su debilidad, como le pasa a los árboles del bosque.

El bosque nos ha enseñado, desde el principio de los tiempos, que es más difícil sobrevivir solo, pero ¿era necesaria esta interconexión invasiva, promiscua, que no da tregua? Seguramente ya es tarde para preguntarse esto, hemos llegado hasta aquí prácticamente sin darnos cuenta y ya no es factible la marcha atrás.

¿Es la Red, de verdad, nuestra inteligencia colectiva? De momento parece la inteligencia que unos cuantos imponen a la colectividad. Si cayera una plaga en el bosque y se interrumpiera esa vida que palpita en el subsuelo, ¿no sería el árbol solitario el que al final sobreviviría?

* es escritor mexicano, columnista de El País.

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