Columnistas

La importancia de (no) hablar de la posverdad

‘La gente siempre está dispuesta a creer las versiones que se ajustan más a sus preferencias’ (Raúl Trejo).

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Rocha Fuentes

00:00 / 19 de enero de 2018

Se trata de la palabra más famosa de 2016 y que terminó de consolidarse en el vocabulario de la política y la comunicación el pasado 2017. En estos momentos, la posverdad como noción y como estrategia se ubica en todo “cuarto de guerra” que se precie de tal. La manida palabra encuentra, a esta altura, variopintas interpretaciones, lo que hace que vaya perdiendo contenido y, por tanto, se normalice de forma confusa como práctica. Huelga señalar que esto solo enrarece el ejercicio democrático del derecho a la información y comunicación que detentamos como ciudadanía. Por ello, resulta importante tener presente algunas características de este nuevo fenómeno, que permiten distinguirlo por sobre un cúmulo de mentiras, falsedades, distorsiones, bulos o errores que han existido siempre como fenómeno en la comunicación política e incluso en el periodismo.

La posverdad está relacionada con noticias falsas de actualidad. No hay posverdad en las creencias latentes en nosotros; éstas deben ser activadas por una falsa novedad que tiene lugar en una determinada coyuntura. Usualmente es creada desde plataformas web que fungen como falsos medios de información o por usuarios ficticios. En última instancia puede generarse desde perfiles reales de convencidos, quienes, conscientes de ella, toman parte en la falsa noticia.

Persigue un resultado usualmente político. Un escenario de posverdad está creado para generar un determinado tipo de reacción muy concreto: voltear un resultado electoral, desvirtuar un sentido común, defenestrar un liderazgo, entre otros.

Se consolida en su difusión mediante redes sociodigitales. Su éxito radica en que son ciudadanas y ciudadanos vinculados digitalmente las y los que, en uso y defensa de sus creencias, se encargan de su proceso de difusión.

Busca reforzar las creencias (o el ánimo) de “burbujas informativas” determinadas. Se sirve del desorden informativo presente en la web y del proceso de consumo noticioso realizado en y mediante redes sociodigitales que apuesta por reforzar el pensamiento propio (a plan de encabezado y fotografía) en lugar de complejizarlo. Pues, como bien señala Raúl Trejo, “la gente siempre está dispuesta a creer las versiones que se ajustan más a sus preferencias.”

Siendo un fenómeno tan difícil de controlar, y que además ha demostrado ser muy eficiente para influir en los resultados políticos, lo más seguro es que estará presente en las sociedades por un buen tiempo más, y que, con el paso de los años, irá perdiendo efectividad, en la medida en que las personas lo vayan entendiendo y desenmascarando.

Los medios de información tenemos un rol transcendental en este escenario, a la vez que una gran oportunidad. El rol de dar batalla por la calidad periodística en ya no solo la información que se difunde en estos soportes, sino también como parte de la sociedad activa presente en redes sociodigitales. Y la oportunidad de revertir los resultados de una crisis de representación mediática que ha contribuido a ubicarnos ante este fenómeno. Más que nunca, se hace necesaria la puesta en práctica de los principios básicos periodísticos en todo tipo de información, y la complicidad/credibilidad de los medios de información en esta batalla.

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