Columnistas

Un hospital en un infierno de agua y barro

Las enfermedades transmitidas por el agua son un problema importante, y de todas ellas el cólera es el mayor.

La Razón (Edición Impresa) / Benedetta Capelli

02:34 / 09 de noviembre de 2019

Nuestro hospital en Pibor (Sudán del Sur) está en las afueras de la ciudad, a unos 100 metros del río Gumuruk, cuyo curso crea un circuito alrededor de él. Octubre generalmente marca el final de la temporada de lluvias en Sudán del Sur, y no ha llovido mucho en las últimas semanas. Pero con la lluvia cayendo en las vecinas Etiopía y Kenia, hace dos semanas el río Pibor comenzó a crecer rápidamente.

Las inundaciones no son nada nuevo en Pibor. Hubo grandes inundaciones en 2013 y 2017, por lo que teníamos un plan en caso de que el centro de MSF estuviera en riesgo. Pero no teníamos idea de cuán serio iba a ser esto. En septiembre ya habíamos trasladado el área de aislamiento a un terreno más alto. El 13 de octubre también trasladamos la sala de adultos, la sala de niños y el centro de alimentación terapéutica.

Cuando el agua comenzó a invadir el quirófano, tuvimos que cerrarlo. Levantamos el equipo más costoso y pesado a un área que esperábamos que se mantuviera seca, con la esperanza de preservarlo. Los siguientes bajo amenaza fueron nuestros almacenes. Hicimos todo lo posible para mover tantos elementos como pudimos a una zona libre de agua.

En ese momento empezábamos a preocuparnos seriamente. Todos los días, el agua subía de 10 a 20 centímetros. Comenzamos a temer que nuestros esfuerzos fueran en vano. Para nuestro personal de Sudán del Sur la angustia se duplicó. Todos estaban preocupados por sus vidas, y sus hogares se inundaron. En el momento en que vimos el agua infiltrarse en las nuevas tiendas ubicadas en las zonas “seguras”, decidimos buscar otro lugar para nuestro hospital.

Las autoridades nos encontraron un espacio en el mercado de Pibor, y durante los días siguientes desmantelamos el hospital y lo trasladamos, pieza por pieza, a la nueva ubicación. Creamos un área con tiendas para acoger todas las actividades médicas, pero con un número reducido de camas. No había espacio para más. El 18 de octubre terminamos de trasladar a los pacientes restantes, nueve en total, a la nueva ubicación temporal. Nuestro equipo estaba agotado, así que mandamos a la mayor parte del personal internacional a la capital, Juba, para que se recuperara, dejando tan solo un equipo de tres coordinadores (un médico (yo), un coordinador del proyecto y un experto en agua y saneamiento que llegó desde Juba), apoyados por nuestro personal local.

Ya no nos sentíamos seguros durmiendo en el complejo de MSF. El agua llegaba por todos lados. En nuestra última noche, todos dormimos juntos en el contenedor más alto. Tuvimos que remar en un bote de plástico para llegar a los baños. De hecho, ésta es la única forma de llegar hasta el hospital ahora que todo el recinto se ha convertido literalmente en parte del río.

Nuestro equipo recibe unas 60 consultas por día y ofrece atención prenatal, atención hospitalaria y asistencia al parto. Pero la situación es preocupante y no sabemos si vamos a poder atender a los pacientes más graves. No hay electricidad y todo está cubierto de barro. Tenemos un único concentrador de oxígeno y solo disponemos de medicamentos para una semana; y eso contando con que no nos lleguen muchos más pacientes nuevos. Estamos esperando recibir más fármacos de Juba, pero el transporte ahora es posible solo en helicóptero, lo cual representa todo un desafío logístico. La pista de aterrizaje de helicópteros se ha visto reducida a una delgada franja de tierra rodeada de agua.

No tenemos cirujano, por lo que no podemos realizar cesáreas de emergencia. Como matrona sé que si una mujer tiene una ruptura uterina, tanto ella como su bebé podrían morir, dejando a sus hijos sin madre. Ya no tenemos cadena de frío, por lo que tampoco podemos poner vacunas. Y en un lugar como Pibor, donde las tasas de vacunación son muy bajas, esto podría convertirse en una bomba de relojería.

La mayoría de las personas en esta región de Sudán del Sur son seminómadas: siguen a sus rebaños en la estación seca y se instalan en la ciudad en la temporada de lluvias. Todavía están alrededor de la ciudad, pero el 90% de sus refugios está bajo el agua. Están en una zona seca, pero no tienen letrinas y solo hay un pozo en funcionamiento para las aproximadamente 50.000 personas que viven en Pibor.

Las enfermedades transmitidas por el agua son un problema de salud importante, y de todas ellas el cólera es el mayor temor. Ya se estaba produciendo un brote de sarampión, y nos preocupa que el número de casos pueda aumentar. También esperamos un aumento en las infecciones del tracto respiratorio, muchos más casos de malaria y pacientes con mordeduras de serpiente, ya que éstas también buscan refugio en las pocas zonas secas que quedan. Entre los niños, también podrían empezar a producirse muchas enfermedades relacionadas con la falta actual de vacunas.

No sabemos cuánto durarán las inundaciones (en 2017, las aguas tardaron tres meses en desaparecer) y en este momento el nivel del agua sigue subiendo. La situación es muy complicada y nosotros solos no podemos llegar a todo. Necesitamos desesperadamente que otras organizaciones respondan. Cuando salí de Pibor, el pasado lunes, la ciudad y sus alrededores parecían un lago. Desde el helicóptero parecía un lugar paradisiaco, pero cuando has estado allí sabes muy bien que no lo es en absoluto. En mi mente lo único que veía era a todas aquellas personas que se habían visto obligadas a abandonar sus hogares y a las que se habían quedado aisladas por culpa de las inundaciones.

* Responsable médica del equipo de Médicos Sin Fronteras en Pibor (Sudán del Sur).

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