Columnistas

La hora de terminar las mediocridades

Los líderes populistas desprecian la legalidad y destruyen o se apropian de las instituciones que han heredado.

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:10 / 10 de octubre de 2017

En mi anterior artículo, Populismo y corrupción matan la democracia, prometí hablar del populismo, esa lacra de gobernar que en estas tierras latinoamericanas nos empeñamos en resucitar cíclicamente. Exenta de ideología, porque su fácil y engañosa asimilación la hacen atractiva a derechas e izquierdas para mejor mantener su poder (aunque presente en los caudillos desde las independencias), es en los inicios de los años 40 cuando Juan Domingo Perón Sosa, un joven coronel argentino fascinado con la Italia mussolinesca que había conocido y admirado, llena un vacío de poder en su país y empieza a gobernar con derroche de demagogia y populismo, con tal éxito de posicionamiento que logra atornillar su nombre a la defensa de los trabajadores, a quienes les atribuye conquistas sociales anteriores a él: jubilaciones (1904), descanso dominical (1905), protección del trabajo femenino (1909) e infantil, accidentes de trabajo (1915) y jornada de 8 horas (1929). Muchas de estas medidas fueron promulgadas gracias al primer diputado socialista latinoamericano, Alfredo Ramón Palacios, que llamó fascista a Perón, quien a su vez fijó su nombre y el de su esposa al concepto de justicia social, una hábil propaganda hace mucho, como Goebbels adelantó.

Desde Perón y su contemporáneo Getúlio Dornelles Vargas, hasta caudillos más recientes como Hugo Chávez Frías, las características identitarias de los líderes populistas se han repetido, sobresaliendo la distribución de la riqueza del país (o heredada de anteriores gobiernos o imprevistamente desbordada por algún boom en sus exportaciones), con marcado sello personalista, y en muchos casos sin crear riqueza, sino, mucho más pronto que tarde, reproduciendo con creces la miseria que dizque combatían.

El historiador mexicano Enrique Krauze Kleinbort hizo una excelente taxonomía de ello en su Decálogo del populismo, clasificando sus características: exaltación del líder carismático; apropiación “personal” de la palabra (la opinión y el pensamiento); fabricación unigénita de la verdad (la suya, la única); discrecionalidad en el manejo de las finanzas públicas y en la repartición de la riqueza (identificada solo con él); promoción del enfrentamiento social a través de la permanente movilización de grupos sociales que empodera (un arma para su supervivencia); creación de “enemigos”, tanto externos como internos, los que expían todas las culpas del populismo; además de despreciar la legalidad y buscar ser el origen de todo, destruyendo o apropiándose de las instituciones de la democracia anterior a su ascenso al poder so tildándolas de “freno a sus reformas” (como Fujimori) o de “anacrónicas y corruptas” (como Chávez).

Estos días, los sucesos secesionistas (más que independentistas) de Cataluña son un excelente colofón de la simbiosis perversa entre populismo y corrupción. Como mencioné en el artículo Cataluña, Piolín y la inepta mediocridad, es una carrera (hacia muy atrás): de un lado, una alianza chueca entre una élite conservadora que medró de su corrupción desenfrenada, unos independentistas xenófobos (a pesar de ello, los más salvables) y unos altermundistas imbuidos de anarquismo y sovietismo (enemigos irreconciliables todos); y del otro, un grupo de políticos alrededor de un líder pusilánime y escaso. Se trata de una pulseta entre mediocres corruptos, populistas (unos más, ambos sí) e improvisados, desbordados en el desconcierto por sus acciones. Es la hora de la legalidad, respeto, diálogo serio y oír a todos. ¡Dolça Catalunya... Visca Catalunya i Espanya! 

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