Columnistas

La gloria de Ayacucho

La finalidad para Sucre estaba muy clara: destruir la tiranía y acabar con la opresión de la República.

La Razón (Edición Impresa) / José Félix Díaz Bermúdez

00:04 / 12 de diciembre de 2018

En la Quinta de los Libertadores en Lima, donde se recuerda la estancia de Simón Bolívar y de José de San Martín, existe una pintura al óleo que personifica al más ilustre de los héroes, al más insigne militar, al más alto patriota, al más digno civil, el que prefirió la ley a la espada y la virtud al deshonor, nos referimos a Antonio José de Sucre. En su blanco caballo, brioso y agitado, alzado atrás se encuentra el General Sucre vestido en uniforme rojo y azul, sereno el gesto, ya vencedor, sin soberbia en el alma, señalando con su espada hacia donde se debían desplazar en el glorioso campo de Ayacucho.

Cuando la batalla había concluido y a su merced estaban el Virrey del Perú, los oficiales, los soldados de España, Sucre, al encontrarse con José de la Serna prisionero, tuvo el gesto admirable de hacerle devolver su espada y exigir a los suyos respeto a su persona, como solo lo hacen ciertos hombres de honor que como Sucre no llevan en el alma el rencor, no vienen a dividir y a destruir; hombres sin bajas pasiones y ambiciones que anuncian un destino superior, allá por donde ellos andan, por donde ellos habitan y señalan los forjadores de pueblos.

La gloriosa juventud de Sucre fue celebrada por La Serna al momento de conocer al vencedor. Además, apreció el Virrey la presencia de otra superioridad cuando Sucre expresó, a pesar del frenesí de la victoria y la inalterabilidad de la derrota que pudo justificar un desenlace diferente, allí mismo frente a sus soldados y la historia, aquel juicio admirable propio de su alma ejemplar: “Gloria al vencedor, honor al vencido”.

El héroe que dominaba todo, que pudo poseer y arrebatar a voluntad vidas y destinos, prefirió con grandeza conducir, con nobleza perdonar, con moderación no aspirar para él otra recompensa que el respeto a su dignidad intachable y a su altura moral excepcional. Sucre no levantó su espada para beneficiarse, exigir, someter, adueñarse de su propio país.

Sus arengas en el propio campo de batalla aquel 9 de diciembre de 1824 a los distintos batallones del Ejército libertador no fueron la invitación a la venganza, sino el llamado superior al heroísmo, al patriotismo, a la derrota de la tiranía; no existiendo otro propósito sino la libertad y la redención de América. Su parte al Libertador ese mismo día fue un testimonio admirable de sobriedad, corrección, elevación patriótica: “El campo de batalla ha decidido por fin que el Perú corresponde a los hijos de la gloria. Seis mil bravos del ejército libertador han destruido en Ayacucho los nueve mil soldados realistas que oprimían esta república…” (sic).

El objetivo, la finalidad para Sucre de la guerra de independencia estaba muy claro: destruir la tiranía; acabar con la opresión de la República; establecer los principios liberales; imponer, tal y como lo indicó en Ayacucho, no la fuerza de las armas per se (y menos por motivos indignos), sino que América pudiese asegurar “la fuerza de su derecho”.

Mientras Anibal en Tesino prometió a sus hombres si vencían recompensas tan grandes que ni siquiera —dijo— podían imaginar los dioses inmortales: “Todo cuanto poseen los romanos, conseguido y acumulado con tantos triunfos, va a ser vuestro junto con sus propios dueños”; y mientras Napoleón por su parte en Borodino prometía “(...) abundancia, buenos cuarteles de invierno y un regreso pronto a la patria”, ni Bolívar ni Sucre ofrecieron botines y riquezas, privilegios y venganzas, oportunidades para la ilicitud; demandaban y ofrecían a los hombres libertad y gloria, virtud y patriotismo.

¿Cuál el fin entonces de la lucha y de la guerra en tantas batallas dolorosas? Sucre lo señaló de manera precisa el día siguiente de Ayacucho: “(...) la victoria para garantizar la libertad del Nuevo Mundo”.

* Abogado e historiador venezolano, exdocente universitario; @articulistasred

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