Columnistas

Los fantasmas del desarrollo

Lo curioso es que si antes el abandono era la gran amenaza, hoy lo es el desarrollo, la urbanización.

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:07 / 08 de junio de 2019

El nombre de Igüembe suena remoto y lejano. Para aquellos que les gusta hablar de identidad, este lugar, ubicado en el límite del Chaco Boreal, es donde habitan los verdaderos chaqueños y guaraníes. Pasé por allá hace 20 años, en pleno huracán neoliberal. Su imagen de destrucción mística me inspiró a escribir la novela Los fantasmas del abandono.

En aquel entonces parecía un lugar condenado a desaparecer, invadido por la maleza, casas deshabitadas, mucho polvo, gente vieja y pocos niños. Así fue el destino de los pueblos que desaparecieron bajo regazo del progreso y las prolongadas sequías. Es difícil sobrevivir tan alejado de la línea férrea, con un camino carretero destrozado por los vendavales y los escasos aguaceros, ni pensar en la tecnología que solo aparecía en los sueños. Ahora, en pleno siglo XXI, fue inevitable contemplar el discurrir de aquella Bolivia profunda.

Igüembe es hoy un pueblo muy bien conectado; han quedado en el olvido los viajes a pie, en mula o a caballo. A diario pasa un minibús para el transporte de pasajeros, tiene un camino bien conservado y posee casi todos los servicios básicos. Su estampa antigua de casas de adobe desapareció. Hay un hotel, y dentro de poco estrenarán su segundo puente. “Nos parecemos a Nueva York”, me dijo un vecino, mostrando el nuevo servicio de alumbrado público. Hay electricidad todo el día, y el sonido de las radios y los televisores han sustituido al cantar de las chicharras y los rococos. Los niños caminan con su celular; los simbas ya no usan la tradicional camisa blanca, sino lucen poleras de Chicago Bulls.

¿Cómo ocurrió ese milagro? Primero con el subsidio omnipresente desde los años 60 cuando la Alianza para el Progreso buscaba eliminar la pobreza esterilizando a los pobres. Luego, en los años 80 Rubén Poma y su programa Jenecherú nos mostraron la pureza de Tentayape como una riqueza cultural, y esto disparó a las ONG que, como aves carroñeras, llegaron a cambiar todo, con demagogia y alimentos. Se destruyó la autosuficiencia, allí en el pasado se comía lo que se producía y todos eran medianamente felices. Lo único que faltaba era la esperanza del desarrollo. Las ONG dañaron seriamente la producción agrícola familiar. Le siguió la Participación Popular y después el gobierno de Evo Morales.

Hoy ya casi nadie cría chivos, que eran la fuente de carne. La verdura y la fruta se importan desde Muyupampa. El maíz para el mote y la harina para el muiti vienen desde Monteagudo. Me explicaban que ya nadie quiere ser vaquero porque todos prefieren trabajar para las petroleras o para el Gobierno. La agricultura decrece y se orienta sobre todo hacia la alimentación del ganado. Lo curioso es que si antes el abandono era la gran amenaza, hoy lo es el desarrollo, la urbanización.

Muchos de los que se fueron de Igüembe retornaron después de unos años. Hay toda una generación nacida durante el gobierno de Morales; chicos bonitos, saludables, bien vestidos, de quienes sus ídolos no son Apiaguaiki Tumpa, Bacuire o Evo, sino Messi o Cristiano Ronaldo. La pobreza extrema desapareció y todos tienen internet. Al ver a esos niños, uno piensa que en la década de los 80 y 90 la dignidad era plantarle cara a la potencia extranjera. El logro del actual Gobierno es haber levantado la dignidad en esos pueblos. La dignidad es también darles una mejor vida.

Si la Revolución de 1952 hizo del campesino propietario de las tierras, Morales lo convirtió en consumidor. Quizás ya no existe en Bolivia un centímetro cuadrado donde no rige el capitalismo, o se repitan las oraciones del liberalismo y se espere que la mano invisible del mercado haga los milagros. Ya estamos todos enganchados y nadie es olvidado.El Talón de Aquiles del Socialismo del siglo XXI ha sido el tema productivo. Pueblos como Igüembe necesitan recuperar su autosuficiencia. La dependencia alimentaria puede tener efectos más devastadores que las sequías o los infernales vendavales.

* Escritor y agricultor.

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