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El ex Palacio de Gobierno

El ex Palacio Quemado, un escenario con identidad propia, no podrá ser fácilmente desterrado al pasado

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:03 / 16 de agosto de 2018

La mayoría de las ciudades del planeta cuentan con obras patrimoniales, y quizá algunas en demasía, ya que tienen miles o cientos de años de historia y sus obras preferidas son monumentos que incluso fueron reconstruidos prácticamente de la nada. Por ejemplo, el Reichstag o sede del Parlamento alemán, cuya nueva cúpula de vidrio funciona para el paseo del pueblo y los turistas. Esto se apoya en el gran valor histórico que representa para sus países, así como en la expresión de la fuerza de su identidad.

Algunas edificaciones históricas son restauradas esencialmente en su exterior, mientras que son intervenidas y renovadas en su interior bajo una visión en la que la alta tecnología está acorde a los nuevos tiempos. Este respeto se observa mucho más en aquellas construcciones que forman parte del pasado político de las naciones.

En el caso de las ciudades latinoamericanas, si bien estos inmuebles condensan historias relativamente cortas, debido a que gran parte son hijos del siglo XX, la historia de sus realidades sociopolíticas, muchas veces sobredimensionadas, es muy amplia, especialmente por hechos que generaron grandes cambios para el presente que hoy viven. Un ejemplo de aquello es Bolivia.

Uno de los testigos de nuestra accidentada historia es el ex Palacio de Gobierno, cuyo significado debiera llevar a repensar y evitar usos futuros contrarios a aquellos con los que fue proyectado y creado. Hoy se busca convertirlo en parte del patrimonio histórico, dejando de lado su verdadero valor de centro político que delineó la ruta por donde transitó Bolivia. Cabe recordar, en esa línea, que fue en ese recinto donde se tomaron las grandes decisiones para transformar a esta nación, aun cuando no todas las determinaciones fueron acertadas.

Y no nos referimos a la búsqueda de ritos con los que se busque proteger a esa infraestructura o convertirla en un lugar sagrado, sino al hecho de que ese escenario con identidad propia no podrá ser fácilmente desterrado al pasado, pues fue allí donde se construyó parte de la historia, por lo menos de los últimos 100 años, de Bolivia. En ese sentido, aquel patrimonio no solo es otro bien común de esta urbe, sino más bien un símbolo del país, que ha dotado de significación y sentido a muchas de sus realidades.

La idea es que el ex Palacio Quemado no se convierta en un simple centro recordatorio, porque con ello se corre el riesgo de que su herencia histórica de lugar cómplice de relatos muchas veces inconcebibles sea desplazada. Y si bien es cierto que nuestras ciudades deben mirar hacia el futuro, esto no debiera significar que se anule el pasado, ya que éste forma parte de la esencia de la sociedad.

Está claro que no será fácil opacar ese espacio y dejarlo en un silencio absoluto, y menos lograr que deje de ser un centro de vitalidad, ya que lleva impreso en su interior las marcas de la vida política-social de esta nación. Esa sola realidad es suficiente para evitar que se convierta únicamente en un elemento de teatralización del pasado.

Respecto al lugar donde se halla emplazado el ex-Palacio, el pueblo no cederá o desplazará fácilmente a la plaza Murillo como el punto estratégico e histórico de La Paz. Ello porque sus predios forman parte de la memoria colectiva asociada a aquella edificación. Solo el tiempo dirá si los temores anteriormente esbozados tristemente se hacen realidad…

* Es arquitecta

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