Columnistas

Los empernados

Los empernados son, pues, un peligro, porque retuercen los objetivos iniciales, e impiden avanzar

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Tony Sánchez Vaca

04:32 / 27 de mayo de 2019

En razón de que luego de una fugaz consulta googliana y la visita a unos viejos amigos gruesos y deshojados de mi biblioteca, me he quedado (por la ausencia de datos en las fuentes que mencioné) con la definición del término “empernado”, palabra más técnica-artesanal que académica, elaborada en los talleres de la sabiduría popular, para designar a los sujetos inamovibles que, por lo que se ve, ni Mandinga los remueve.

Fue probablemente algún acucioso carpintero o mecánico quien le designó este mote, pues “empernado” hace referencia a tornillos y tuercas que hacen que (lo que sea) no se mueva ni se remueva, pese a lo que pase y a quien pese. Un perno viviente. Los “empernados” son personajes de nuestro contexto que ya tienen una historia centenaria, y asimismo, mala reputación.

Son seres que hallan cabida, de una u otra forma, en ámbitos laborales privados, públicos, religiosos e incluso entre las paredes del nido familiar. Se meten de a poco y llegan para quedarse. Éstos, hallándose cómodos y bien retribuidos, se niegan a irse del lugar que suponen marcado por el hado benigno de la diosa fortuna, del dios que fuese, o la merced ganada a pulso por las virtudes y dones inherentes que anuncian poseer en su santa humanidad.

En el ámbito de la empresa privada, suelen ser aquellos familiares o hijos del patrón u oportunistas arrumados por la pasión juvenil como el caso de las nueras y yernos. En esos casos, permanecerán ahí donde están siempre y cuando no hagan estafas monumentales al suegro ni abandonen los lazos conyugales, que vicios hay hoy al alcance de todo presupuesto.

Y los más conocidos, los del buffet ofertado por los medios, la comidilla del noticiero central y las redes sociales: los empernados del ámbito público y además, lamentablemente, pagados con nuestros impuestos y las riquezas del suelo patrio. Estos alcanzan sitiales de a poco y llegan a ser —algunos— importantes, por sus esfuerzos previos a ser entronizados por el poder político de turno. Llegó la hora de “cobrar”, dirán para sus adentros. Conocido es el desclasamiento del proletariado en los puestos de gobierno y los peligros subsecuentes para la revolución.

Y en esas labores, abiertos los ojos y orejas, van conociendo los dimes y diretes, los trapos sucios que pasan y repasan dentro de la casa… De esta forma se nutren de elementos útiles para su defensa, en cuanto se los quiera remover. Ésta es una prerrogativa de los empernados en la que se descuida el control interno y control social. No hay nada nuevo bajo el sol.

Los empernados son, pues, un peligro, porque retuercen los objetivos iniciales, e impiden avanzar. Son más papistas que el Papa cuando se trata de hacer autocrítica, solo para cuidar su puestito que le garantiza la satisfacción de los deseos lejanos de un alma burguesa hábilmente camuflada bajo un discursito pseudorrevolucionario.

Bueno, hay los otros, los empernados religiosos que son más falsos que las promesas edémicas del maligno, que juran y perjuran que han sido puestos donde están por el mismísimo creador del universo, excluyendo toda posibilidad humana de desempernamiento. ¡Vaya!, no hay nada que comentar ante tamaño argumento sobrenatural, recostado cómodamente en la histeria irreflexiva y colectiva de sus seguidores.

Y finalmente están los empernados caseros. Aquellos que, en virtud de los lazos familiares y la hospitalidad, suelen extender su visita de un fin de semana (a las cocinas hogareñas, preferentemente) por meses. Pero para solucionar el entuerto con la abusiva parentela, suele ser suficiente la voz de la abuela, quien, levantándose con dificultad de su mecedora, espeta como en un estertor final: ¡Fuera de aquí, “empernaus”! ¡Ay!, que nos diese que esa misma vieja voz, quebrada pero firme, llegase a todos los empernados de aquí, de allá o acullá… ¡Ay!, si así fuera...

Es profesor posgrado de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM).

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