- Publicidad
-
Documento sin título -
Lo más
-
Colombia inicia la concentración el miércoles para enfrentar a Argentina y Perú
-
Tabárez dice que Francia tiene la mejor organización de selecciones del mundo
-
Cierran programa de Vivienda Social en El Alto con la entrega de 100 casas
-
Microsoft presenta Xbox One, su consola de nueva generación
-
Ecuador se empieza a armar para duelos con Alemania, Perú y Argentina
-
Selena Gomez y Justin Bieber se besan en los premios Billboard
-
Pandillas alteñas imponen pruebas de iniciación que lindan con el delito
-
Bolívar se ciñe otra vez la corona de campeón
-
Perro rottweiler ataca a una niña y deja 'destrozado su cuerpito'
-
Cuatro son prioridad para la dirigencia de The Strongest
Suplementos
© LA RAZON - 2013
Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia
Todos distintos
Ciudad Gótica es una urbe pluricultural, donde todos son distintos pero, al mismo tiempo, iguales
La Razón / Alejandro F. Mercado
00:37 / 19 de enero de 2013
Había subido en una estación del metro bastante al norte de Ciudad Gótica, y debía recorrer cerca de 15 estaciones antes de llegar a mi destino. Por suerte no era una hora de alto congestionamiento, por lo que tuve la oportunidad de sentarme, aunque había personas que viajaban paradas. No había llevado mi computadora portátil ni nada para leer, así que me dediqué a ver a las personas que viajaban junto a mí.
A mi lado derecho iba un hombre completamente ensimismado en su lectura, tenía puesto en su cabeza el kipá, así que no había dónde perderse, era un judío, aunque no sabría decir dónde pudo haber nacido. A mi lado izquierdo iba una atractiva morena, que los brasileros la denominarían gostosa (sexy). Me pareció que era una chica de aquellas que se ve en las playas de Río de Janeiro, hasta que conversando con su amigo dijo —Oye chico. No había duda, no era brasilera.
Frente a mí estaba sentada una muchacha negrita de labios gruesos y estupenda figura, que chateaba en su celular. Poco más allá iba parada una hermosa chica asiática, muy probablemente era japonesa o descendiente de japoneses. Usaba la falda corta, medias estilo colegiala y tenía el cabello lacio, movía su cabeza al ritmo de alguna canción que estaba escuchando por sus auriculares.
Poco más a la derecha estaba otro asiático. Éste creo que era un coreano, en tanto que tenía los ojos algo más rasgados y el rostro algo más plano; se divertía jugando en su tablet. Parado casi frente a mí iba un muchacho de tez blanca o, para mayor precisión, de tez sonrosada, llevaba una mochila y lucía como un estudiante universitario. Por su apariencia, podría decir que era de origen anglosajón.
Apoyado en una de las puertas estaba un hombre de mediana edad, el color de su piel era algo más oscuro, los ojos pequeños y el cabello hirsuto, por lo que me imaginé que provenía de tierras andinas. Al lado se encontraba una pareja que conversaba amigablemente. Ella llevaba un hijab en su cabeza y tenía anchas sus caderas, él era más bajito y delgado, pero tenía el mismo color de piel, un color tirado a ceniza. Aunque me fue difícil identificar su lugar de origen, al parecer eran musulmanes.
Yo, analizando a las personas, no me sentía extranjero, todos eran distintos y, lo más importante, a nadie le interesaba de dónde venía el otro, nadie se preocupaba de quién era originario o quién no lo era. Evidentemente que la ciudad de Bruce Wayne es una urbe pluricultural, pluriétnica y multilingüe, donde todos son distintos pero, al mismo tiempo, todos son iguales.
Etiquetas
Opinión