Columnistas

La cumbre sin Trump

El tema de la Cumbre de las Américas no podía ser más irónico: ‘Gobernabilidad democrática ante la corrupción’.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:00 / 21 de abril de 2018

El tema de la VII Cumbre de las Américas no podía ser más irónico: “Gobernabilidad democrática frente a la corrupción”. Era como mencionar la soga en casa del ahorcado, porque una buena parte de los 33 jefes de Estado que se reunieron para ver y tocar a Donald Trump, en persona, probablemente estarán en la sala de espera de la cárcel una vez que finalice sus respectivos mandatos. De hecho, 10 de sus homólogos ya están encarcelados por corruptela y otros tantos aguardan angustiados la decisión judicial acerca de acusaciones pendientes.

En mi larga carrera diplomática he tenido la ocasión de conocer y tratar a varios políticos nacionales y extranjeros que han seguido un tortuoso itinerario convertido ya en conocido ritual que, al comentarlo, me asombra y divierte: comienzan en el llano con humildad, pretendiendo ser patriotas soñadores. Pero una vez en el poder, con el tórax hipertrofiado se convencen a sí mismos de su talento ejecutor y de la inevitabilidad de su pervivencia en el mando, sin recordar que los cementerios están copados de personajes “insustituibles”. Al final, la caída es generalmente dramática, ora violenta, ora en el plano inclinado de elecciones que les resultan adversas. Entonces es cuando los secretos de Estado afloran, y el derrotado (ahora esmirriado y contrito) debe afrontar vengativas facturas impulsadas por opositores radicales, enemigos agazapados, amigos decepcionados o fiscales irreverentes.

La maquinaria judicial que antes se mostraba servil con el amo se rebela y, cubriéndose los ojos, imprime todo el peso de la ley contra el proscrito. Las rejas de la prisión abiertas de par en par crujen y el otrora arrogante patriarca penetra a una ergástula igual a la que había enviado, con malsano entusiasmo, a muchos adversarios. Con estas reflexiones en la cabeza y su desdén por América Latina, Trump prefirió bombardear Siria y decidió no asistir a la Cumbre, encomendando a su sufrido vicepresidente, Mike Pence, la ingrata tarea de saludar cortésmente a sus contertulios, mirándolos, compasivamente, cual futuros presidiarios.

En la acera del frente, los comensales latinos y caribeños estudiaban al álter ego del “americano feo”, quien debe soportar a su impredecible patrón —tuitero matinal y predador vesperal— criticando la penosa misión de suplir a semejante probóscide, electo sin embargo presidente, en el país más poderoso del planeta. En ese vals de intercambio de atisbos psicológicos, Pence rememoraba que el opulento empresario le comentó aquella contradictoria dicotomía, diciéndole: “La mayoría de esos famélicos colegas míos entraron a la política para hacerse ricos y gozar de lujosas comodidades, en cambio yo primero acumulé mi fortuna, simultáneamente me acompañé con las mujeres más bellas del universo, y luego recién ingresé a la lucha ciudadana. Cuando termine mi periodo, me retiraré a mi hacienda floridana a jugar golf. En cambio, triste destino de mis pares latinos, algunos terminarán sus días sin poder ver el sol, y los pocos gobernantes honestos, como el uruguayo Pepe Mujica, apantuflados, se dedicarán a cultivar hortalizas…”.

Separados por una barrera, los periodistas miraban a unos y a otros, como en el epílogo de la clásica novelita Rebelión en la granja de George Orwell, en la que los animales derrotan a los humanos, toman control de la hacienda y los chanchos se empoderan de su administración. Empero, resulta que, furtivamente, los cerdos negociaban con los patrones depuestos y en sorprendente contubernio explotaban al resto de los cuadrúpedos. Entretanto, la sumisa animalidad contemplaba en la tribuna presidencial, de chancho a hombre y de hombre a chancho, y le era difícil distinguir cuál era cuál.

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