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China se merece a Trump

Estados Unidos y Europa estarían locos si le permitieran a China proseguir con la misma estructura. No se trata de una controversia comercial cualquiera. Es la más importante que debemos resolver.

La Razón (Edición Impresa) / Thomas L. Friedman

23:52 / 24 de mayo de 2019

Un empresario estadounidense amigo mío que trabaja en China me hizo notar hace poco que Donald Trump no es el presidente que EEUU se merece, pero sin duda es el presidente estadounidense que China sí se merece. La noción instintiva de Trump sobre la necesidad de EEUU de reequilibrar su relación comercial con Pekín (antes de que China crezca demasiado para hacer concesiones) es acertada. Y se necesitó una demoledora humana como Trump para captar la atención de China. Ahora que ha hecho caso, ambos países deben reconocer la trascendencia de este momento.

La apertura original entre EEUU y China en los 70 definió nuestros vínculos comerciales restaurados, que eran limitados. La decisión de permitir que China se integrara a la OMC en 2001 la catapultó hasta convertirla en una potencia comercial conforme a normas que aún le otorgaban muchas concesiones en su calidad de economía en desarrollo. La actual negociación definirá la relación entre EEUU y China como pares en el ámbito económico, en competencia por las mismas industrias del siglo XXI, en una época en que los mercados están completamente interconectados. Así que no se trata de una controversia comercial cualquiera. Es la más importante que debemos resolver.

Para llegar a un final exitoso, Trump tendrá que contenerse, dejar de publicar insultos infantiles en Twitter contra China y dedicarse a forjar en silencio el mejor acuerdo posible para recuperar el equilibrio (teniendo en cuenta que no es posible arreglar todos los problemas de una sola vez), de manera que podamos seguir adelante en vez de tropezar irreflexivamente y quedar atrapados en una guerra de aranceles perpetua. A su vez, el presidente Xi Jinping debe reconocer que China ya no puede conservar los privilegios que ha disfrutado desde hace 40 años, por lo que le convendría bajarle a su retórica nacionalista para buscar un acuerdo ventajoso para ambas partes. Porque Pekín tampoco puede darse el lujo de que EEUU y otros países cambien sus procesos de fabricación a cadenas de suministro de “cualquier lugar menos China”.

Este ha sido el camino recorrido hasta ahora: a partir de los años 70, EEUU le compraba a China juguetes, camisetas, zapatos, máquinas, herramientas y paneles solares; mientras que ese país nos compraba soya, carne y aviones Boeing. Cuando la balanza comercial dejó de funcionar porque China comenzó a crecer no solo gracias al trabajo duro, la construcción de infraestructura inteligente y la educación del pueblo, sino también debido a que obligaba a las firmas estadounidenses a transferir tecnología, otorgaba subsidios a sus empresas, aplicaba aranceles elevados, ignoraba las decisiones de la OMC y robaba propiedad intelectual, Pekín comenzó a comprar más aviones Boeing, más carne y más soya para apaciguar las aguas.

Con todo, y que ya se había convertido en el mayor productor del mundo por un margen considerable, China insistía en que todavía era “un país pobre en vías de desarrollo” que necesitaba protección adicional. Pero como la relación era satisfactoria para sus empresas y esto continuó durante suficiente tiempo, la mayor superpotencia establecida del mundo, EEUU, se adaptó y de hecho facilitó el surgimiento de la siguiente superpotencia mundial, China. Gracias a ambos países, la globalización se extendió y el mundo alcanzó una mayor prosperidad.

Entonces ocurrieron cambios demasiado importantes para pasarlos por alto. En primer lugar, China, bajo la dirección de Xi, anunció el plan de modernización “Hecho en China 2025”, que contemplaba subsidios para convertir a las empresas chinas públicas y privadas en líderes mundiales en sectores como supercomputación, inteligencia artificial, nuevos materiales, impresión 3D, robótica, autos eléctricos, vehículos autónomos, red 5G inalámbrica y microchips avanzados. Era un paso natural para China, que pretendía salir del grupo de países de ingreso mediano y reducir su dependencia de Occidente en materia de tecnología de punta.

Por desgracia, todas esas nuevas industrias competían directamente con las mejores empresas de EEUU. En consecuencia, los subsidios, el proteccionismo, la contravención de las normas comerciales, la transferencia forzada de tecnología y el robo de propiedad intelectual en que había incurrido China desde los 70 se convirtieron en una amenaza mucho más grave. EEUU y Europa estarían locos si le permitieran a China proseguir con la misma estructura que aprovechó para crecer desde sus orígenes, como un país pobre, hasta convertirse en un competidor en todas las industrias del futuro. Trump tiene razón en este punto.El aspecto que ha interpretado erróneamente es que el comercio no es nada parecido a la guerra. A diferencia de la guerra, es posible encontrar una propuesta en la que ambas partes reciban beneficios; pero no creo que Trump lo tenga claro. Tampoco estoy seguro de que Xi lo entienda. Debemos dejar que China obtenga victorias justas y rotundas en los sectores en que sus empresas son mejores, pero también debe estar dispuesta a perder de manera justa y clara. ¿Cuánto dinero se ahorró China cuando su Ejército robó los planos del avión de combate F-35 con capacidad furtiva de Lockheed Martin y diseñó su propia copia al carbón, sin tener que invertir un centavo en investigación y desarrollo?

Repito: en el comercio todos podemos ganar, pero la proporción de las ganancias puede distorsionarse si una de las partes trabaja duro y además hace trampa. Cuando el intercambio comercial se limitaba a juguetes y paneles solares, podíamos darnos el lujo de hacer la vista gorda. Pero ahora que se trata de aviones de combate y telecomunicaciones 5G no sería una opción muy inteligente.

Por desgracia, no es el único elemento problemático. Ahora vivimos en la era del “uso dual”, en la que “todo lo que nos hace poderosos y prósperos también nos hace vulnerables”, según John Arquilla, estratega de la Escuela Naval de Posgrado. En particular, el equipo 5G como el que fabrica Huawei, capaz de transferir datos y voz a hipervelocidad, también puede emplearse como una plataforma de espionaje si los servicios de inteligencia de China ejercitan el derecho que les confiere la legislación china para exigir ese tipo de acceso. De hecho, tal controversia generada resalta un aspecto importante de este nuevo momento histórico: Huawei domina cada vez más el mercado global 5G, que Ericsson y Nokia solían controlar.

De cualquier forma, el Gobierno chino ha reducido la competencia en contra de Huawei en China, tanto de empresas extranjeras como nacionales, para permitirle crecer todavía más, con mayor rapidez y a un costo menor. Huawei, por su parte, aprovecha esa influencia y poder para fijar precios con el fin de ofrecer opciones más económicas que las empresas de telecomunicaciones de Occidente. También aprovecha su creciente dominio en el mercado  para establecer estándares globales en las telecomunicaciones 5G con base en sus propias tecnologías, no las de Qualcomm ni las de la sueca Ericsson.

Cuando solo le comprábamos zapatos y paneles a China y ésta nos compraba aviones Boeing, a nadie le preocupaba que los chinos fueran comunistas, maoístas, socialistas... ni tramposos. Pero ahora que Huawei compite en la siguiente generación de telecomunicaciones 5G con Qualcomm, AT&T y Verizon (y 5G será la nueva columna vertebral del comercio digital, la comunicación, los servicios de salud, la transportación y la educación), los valores importan, tener valores distintos importa, tener un mínimo de confianza importa y el Estado de derecho importa. En especial porque una vez que las tecnologías y los estándares 5G se establecen en un país, es muy difícil desplazarlos.

Además, la brecha de valores y confianza entre EEUU y China se está abriendo en vez de cerrarse. EEUU y Europa han tolerado ciertas trampas de China en el comercio porque suponían que conforme ese país prosperara más (gracias a las reformas capitalistas y el comercio), también se abriría más en lo político. Esta premisa se había cumplido hasta hace unos años. Pero desde hace una década, según James McGregor, consultor empresarial, ha quedado claro que Pekín, en vez de “reformarse y abrirse, se ha reformado y se ha ido cerrando”.

China, en vez de enriquecerse y convertirse en un participante más responsable de la globalización, se iba enriqueciendo y se dedicaba a militarizar islas en el mar de la China Meridional para sacar a EEUU. También utiliza herramientas de alta tecnología, como el reconocimiento facial, para aplicar con más eficacia el control autoritario, no para eliminarlo. Todos estos factores están alcanzando un punto crítico en las actuales conversaciones comerciales. EEUU y China deben encontrar la manera de generar más confianza entre ellos, para que la globalización mantenga su ritmo y logremos crecer juntos en esta nueva era. En caso contrario, la globalización comenzará a fracturarse y ambos países serán más pobres.

* Columnista de opinión de asuntos exteriores del The New York Times. Ha ganado tres Premios Pulitzer, autor de siete libros, incluido “From Beirut to Jerusalem”, que ganó el National Book Award. © The New York Times, 2019.

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