Columnistas

Una carretera sin destino

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Edgar Arandia Quiroga

10:32 / 18 de marzo de 2018

En Níger (África), vecina de Nigeria, hay una carretera que no conduce a ningún lado porque fue abandonada, pero la gente que escapa de los conflictos bélicos piensa que conduce a un lugar mejor y sin peligros. Ambos lados de la carretera están habitados por miles de personas que logran sobrevivir milagrosamente, porque sumada a esta fantasía está el ambiente desértico que no produce nada para comer; a pesar de ello logran asentarse y consolidar un espacio sustentable, meta que les permita avizorar un horizonte.

Nosotros no tenemos ese problema, pero haciendo un símil metafórico podemos decir que la educación en nuestro país es como esa carretera, solo que a diferencia de la escena fantasmagórica del Níger esa vía está poblada de colegios y escuelas públicas, en algunos casos muy bien equipadas. Algo está claro, el Estado ha implementado una infraestructura para la educación que nunca antes tuvimos. En pueblos alejados del oriente y el occidente existe infraestructura destinada a la educación que ha cambiado el paisaje drásticamente y hasta la desmesura. Hay colegios para 2.000 alumnos en poblaciones que no alcanzan ni a la mitad. Por ejemplo en Quila Quila (Chuquisaca), un lugar histórico, el Gobierno ha instalado el complejo educativo Tomás Katari para albergar a un considerable número de alumnos, dormitorios, comedor, sala de computación, entre otras comodidades. No pasaron ni dos años de su inauguración y la batería de baños ya no funciona, han desaparecido los grifos, constatándose que la inversión no fue planificada paralelamente a la educación: es decir, instruir sin educar.

La escolarización en Bolivia es un éxito con los bonos, pero sus resultados no son expectables, porque escolarización no es lo mismo que aprendizaje. Las brechas económicas demuestran que los estudiantes con mayores recursos tienen un mejor desempeño en matemáticas y lenguaje, mientras que en el otro lado sucede a la inversa. Esto se refleja también en el desempeño de los docentes que mantienen sindicatos y federaciones no solo para sus reivindicaciones laborales, sino también para ocultar las deficiencias en su formación y evitar cambios cualitativos que mejorarían su delicada labor. Hasta ahora nunca se ha visto una manifestación de estas organizaciones exigiendo al Estado capacitación continua para cualificar el aprendizaje. Si nos ponemos en el zapato de los profesores, nos daremos cuenta de que la mayoría ingresa a las normales del Estado porque egresar de ellas significa trabajo seguro, vacaciones pagadas y una esmirriada jubilación. Este mal no es solo de Bolivia, los mexicanos y muchos países del llamado Tercer Mundo también lo sufren.

Sabemos de los esfuerzos que se hacen en términos de presupuesto de educación para la puesta en marcha de la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez, cuyo desarrollo es complejo porque confluyen la economía, las culturas y el medio ambiente para su implementación, siendo asimétrica su aplicación en las tres grandes regiones de Bolivia. Es hora, por esta razón, de una validación por resultados académicos, con la evaluación de docentes y estudiantes con absoluta transparencia. Vale decir, ejercida por instituciones desligadas de la burocracia ministerial y sindical. De esta manera, la ciudadanía tendría información precisa y real de por qué las competencias básicas de la lectura, escritura y matemáticas son tan bajas porcentualmente en los estudiantes de primaria y secundaria del país; y por qué las otras inteligencias como la espacial, musical, cinética, interpersonal e intrapersonal no permiten modelar alumnos creativos, capaces de enfrentarse a los cambios que nos exige un mundo con nuevas oportunidades.

Tenemos un retraso de por lo menos tres décadas en medicina, agricultura, arquitectura y otras profesiones. Las instituciones están apoltronadas. Los docentes esperan sus sueldos de fin de mes y no tienen iniciativas para resolver las limitaciones, todo lo esperan del Estado. Mientras las brechas de la pobreza no se estrechen, difícilmente lograremos ponernos al ritmo de los desafíos del mundo; y la alta escolaridad que se ha logrado en Bolivia será un esfuerzo vano.

Es muy interesante leer las declaraciones sobre el temor a la creatividad de los expresidentes de Chile, de izquierda y derecha, sin matices y patrioteros, sobre el posible fallo de la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya, sobre la demanda boliviana a un acceso soberano al Pacífico, asegurando “Que no acatarán fallos creativos que no respeten tratados”. En el horizonte se devela esta capacidad que los estudiantes tienen guardada, falta despertarla.

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