Columnistas

Carnaval de Oruro

Aquellas calles y avenidas debieran repensarse y planificarse como una bella escenografía

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:41 / 20 de febrero de 2020

No cabe duda de que el Carnaval de Oruro es uno los espectáculos más bellos y diversos del país, esencialmente por el realce de sus expresiones culturales intangibles, que no solo atraen al turismo extranjero, sino también al nacional. Al ser parte de las celebraciones tradicionales, constituye una fiesta popular que desde hace años concentra no solo bailes conocidos, sino también otros que rescatan expresiones típicas de varias regiones, por ejemplo del oriente boliviano.

La riqueza de los bordados en los atuendos, con colores encendidos o sutiles, así como las caretas talladas en madera o construidas de hojalata y latón impactan por su estética singular y por la sensibilidad de sus artesanos que denotan. Entre las otras expresiones mencionadas se encuentran los bailarines del área rural, cuyas vestimentas hacen gala del trabajo en los telares, remarcados por genuinos bordados, como los de Tarabuco, que se complementan con zancos que les confieren una identidad sin igual.

Durante dos días, Oruro suspende sus actividades habituales para dar paso a su entrada folklórica, que justifica ante miles de espectadores por qué tiene el máximo protagonismo cultural en Bolivia y el mundo. En definitiva, son jornadas que logran dislocar la normalidad de la vida cotidiana de esa ciudad.

La estética que acompaña esta demostración transforma los espacios públicos en los que brotan cuerpos en movimiento, que emocionan y expresan el sentido más profundo de nuestra cultura. Eventos como éste evidencian las paradojas entre el uso tradicional de las calles y avenidas y el contraste con el espacio de expresión creativa, convertida en un escenario lineal gracias a la presencia y el paso de los bailarines, quienes extraen de los espectadores las más singulares sensaciones.

Acorde con semejante despliegue, aquellas calles y avenidas debieran repensarse y planificarse como una bella escenografía, quizá con el aprovechamiento de los espacios libres o abiertos, que serían útiles para crear balcones y miradores, desde donde se podría apreciar en su conjunto a los bailarines y, por tanto, captar de manera visual su verdadera dimensión. De esta manera se podría obtener una representación espacial relevante, realzada por el conjunto de expresiones culturales significantes.

A propósito de esta perspectiva, la danza de la diablada podría ser bastante explotada por las imágenes y el impacto que tienen sus coreografías, y mucho más cuando aparecen en medio de los humos de color. Al observar estas presentaciones desde cierta altura, la percepción de los espectadores incluso podría verse inmersa en un ambiente enigmático que solo la imaginación puede explicar.

Con toda razón, la fiesta del Carnaval de Oruro impone por estas fechas una cartografía simbólica especial, que de alguna manera une más a los bolivianos, pues los danzarines llegan de todas las regiones para lucirse junto con sus comparsas y derrochar su sentido cultural más profundo.

* Arquitecta.

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