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La camiseta del ‘Bocha’

Sivak tiene razón: la memoria se hace de hierro cuando se trata de fútbol, de partidos, de cánticos...

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:28 / 11 de octubre de 2017

Cómo escribir un libro sobre el suicidio de tu padre? Esa es la pregunta existencial que se hace el periodista argentino Martín Sivak en su última obra, El salto de papá (Seix Barral, 2017). Han pasado 25 años del suicidio del “banquero que nunca quiso serlo” y los ruidos, olores y voces se han perdido. El dolor sigue, el perfume de los tres paquetes de cigarrillos diarios ya no está. Los aromas de los abrigos del papá que el hijo se ponía para encarcelar el recuerdo también han desaparecido. Su voz queda en unos viejos cassettes con sus frases como “Buenas noches, Bariloche” (para zanjar cualquier discusión), o ésta bien linda: “A llorar, a la llorería”.

El regalo más importante que le hizo Jorge Sivak a su hijo (genuinamente de papá y el único que conserva) fue la camiseta de Ricardo Bochini, el legendario ídolo de Independiente (un verdadero “one-club man”). Dice el mexicano Juan Villoro que “gritar en pro de unos colores es un signo —acaso el más primitivo y duradero— de filiación”. La memoria es menos frágil cuando se trata de recordar momentos futboleros. Martín sigue gritando los goles del “rojo” de Avellaneda, y cada vez que lo hace probablemente escucha la voz perdida de su viejo. En cierta manera, el rito de compartir la cancha que los mantuvo unidos por años sigue ahí. La elección de un club, con sus colores, sus glorias y fracasos, sus dioses y su estadio continúa, como el heredado patrimonio común.

Soy terriblemente olvidadizo, no tengo prácticamente recuerdos de mi infancia, solo los que construyo a partir de relatos lejanos, como los de mi madre y mi hermana. Pero Sivak tiene razón: la memoria se hace de hierro cuando se trata de fútbol, de partidos, de canchas, de viajes, de cánticos, propios y ajenos. En 1984, con 14 años, viajé con mi aita por primera vez a otro país. ¿La excusa? El Athletic Club de Bilbao chocaba contra el campeón francés, el Girondins de Burdeos, por la vieja Copa de Europa en los dieciseisavos de final. Las grandes avenidas de Burdeos, el olor a viñedos y el cántico del viejo Vélodrome (Allez, allez Bordeaux, allez) siguen en mi frágil disco duro. Ellos tenían a un tipo de 1,63 metros que se llamaba Alain Giresse y nos eliminaron. Cada vez que me topo con un señor bajito me acuerdo de Giresse, el mejor director de orquesta que he visto en mi vida.

Compartir el fútbol entre padre e hijo puede hacer que no compartas nada más; hay miles de padres que solo hablan con sus hijos cuando su equipo de fútbol pierde, gana o empata el match, como efecto secundario. Y eso es lo que Martín Sivak extraña de su padre: las discusiones perdidas, las charlas sobre el Bocha, las conversaciones que dejaron de tener tras su salto al vacío del edificio del banco que estaba a punto de quebrar en la movida Argentina de 1990. Es un consuelo, hay padres e hijos que no hablan nunca.

El salto de papá no es una biografía de Jorge Sivak, no es un repaso personal por los últimos 30 años de historia del vecino país, no es una crítica a la lucha armada ni a las dictaduras. Es todo eso y alguito más: es un conjuro, es una suma de los restos, es un exorcismo innecesario e impudoroso a manera de crónica, es un tropiezo con la estela paterna, es una extraña manera de recuperar algo irremediablemente perdido, como el olor de los abrigos del viejo.

Las enternecedoras memorias de Sivak (hay capítulos que de pura emoción producen obligada pausa) fueron alimentadas por una sección especial dentro de su biblioteca, un nuevo subgénero particular: los libros imposibles sobre padres escritos por hijos. ¿Has pensado qué canción prefiere tu viejo que suene en su funeral? Martín se lo preguntó a su padre y éste, en su único mensaje posmortem, escogió una triste cantada por un comunista: Adagio en mi país, del gran Alfredo Zitarrosa que tiene en su primera estrofa esta frase: “Dice mi padre que ya llegará / Desde el fondo del tiempo, otro tiempo”. Mientras esta vez el viejo se muere en paz, siempre nos quedará la camiseta del Bocha y el lejano pero presente recuerdo de una tarde en Burdeos, de la mano de mi aita. 

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