Columnistas

La bomba coreana

La alternativa militar pregonada por Trump está  descartada, ante la oposición de sus aliados regionales.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:11 / 18 de noviembre de 2017

El 9 de noviembre, mientras el presidente Donald Trump lanzaba duras amenazas contra Pyongyang a menos de 100 kilómetros de su frontera sur, 200 oficiales de la Escuela de Guerra en París asistían al seminario acerca de “Las grandes organizaciones internacionales”, en el cual me tocó exponer sobre Corea del Norte y el Consejo de Seguridad, un tópico de marcada actualidad que compromete la paz mundial sin que se vislumbre —aún— una solución negociada con el errático dictador que domina al misterioso reino ermita.

Cuando estalló la paz al cabo de la cruenta guerra que dejó dividida la península coreana, en el norte se instauró la República Popular Democrática de Corea (RPDC), que durante la Guerra Fría dentro del eje Moscú-Pekín se constituyó en firme baluarte comunista bajo la férula del legendario Kim Il Sung, forjador de la dinastía, sucedido a su muerte en 1994 por su hijo Kim Jong II; a su vez reemplazado por el nieto Kim-Jong-un desde 2011. Habiendo sus antecesores iniciado tibios pasos hacia la nuclearización del país, correspondió a ese joven de 33 años ostentar la primera gran explosión nuclear el 3 de septiembre pasado, mientras la agencia noticiosa estatal KCNA anunciaba, ufana, que “el misil Hwasong 2 había atravesado Japón hasta alcanzar su objetivo en el Pacífico Norte”.

Con ello se acabó el juego de póker y los servicios estadounidenses revisaron sus últimos planes de contingencia para ofrecer opciones a su comandante en jefe, quien días antes había ofrecido intervenir militarmente “con el fuego y la ira que el mundo jamás había visto” para recalcar, como ultimátum, que la paciencia de Estados Unidos tenía límites. Adentro y afuera del Consejo de Seguridad surgieron ajetreos diplomáticos para redactar una nueva resolución con frescas sanciones contra Pyongyang, puesto que las anteriores (desde 2006) no habían doblegado a los norcoreanos a acabar con su programa bélico.

Cuando se creía que Kim-Jong-un era poco menos que una marioneta de Beijín, el astuto dictador lanzaba misil tras misil sin escuchar las advertencias de sus mentores chinos. Consiguientemente, las sanciones decididas en el Consejo de Seguridad fueron aprobadas por unanimidad, sin veto alguno aparente. Las penalidades impuestas comprenden el bloqueo a las exportaciones de carbón, plomo, mineral de fierro, la pesca y otras. Persuadidos de que esas medidas resultarían inocuas, los norteamericanos insistieron, sin éxito, en ampliar el castigo hasta el embargo del petróleo y del gas provenientes de China, y propiciar la expulsión de los 93.000 obreros expatriados cuyas remesas constituyen una importante fuente de ingresos para la exánime economía norcoreana.

No obstante, está claro que, como en el caso de Irán o de Rusia, esas formas de presión no fueron efectivas. Singularmente, pese a tener intereses contrapuestos, las tres superpotencias (China, EEUU y Rusia) se pusieron de acuerdo en condenar al díscolo presidente norcoreano, aunque en distinto grado de intensidad, con gestos que van desde la acción militar sugerida por Washington, hasta la imposición de nuevas sanciones deseadas por Beijín y la invocación al diálogo empujada por Moscú.

Entre el mosaico de análisis del tema he escogido, algunos puntos de vista que me parecen interesantes son: i) un ataque estadounidense impulsaría a la RDPC a vengarse, devastando a Seúl o atacando territorios japoneses donde están estacionadas tropas estadounidenses. ii) La RPDC es la piedra en el zapato para China, que no desea desestabilizar a un vecino inconveniente, pero inevitable. iii) No hay medio de negociar con la RDPC, a menos que se le permita devenir en una potencia nuclear y que los norteamericanos cesen de hacer maniobras conjuntas con Corea del Sur. iv) La comunidad internacional cerraría los ojos si Pyongyang dispusiese de un arma nuclear, siempre y cuando no la use. v) Finalmente, la RPDC cree en su derecho a convertirse en potencia nuclear, al mismo tono que Pakistán y la India, que ya lo hicieron, pese a sanciones y prohibiciones.

En conclusión, la alternativa militar pregonada por Trump está, por el momento, descartada, ante la oposición de sus aliados regionales (salvo Japón), que apuestan por la presión y la diplomacia.

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