Columnistas

Ser arquitecto

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

23:52 / 03 de junio de 2019

Un destacado intelectual del medio declaró que los arquitectos en esta ciudad adolecen de muchos problemas, porque en las facultades solo se enseña la técnica y no se incentiva la creatividad. Como es una simplificación de los inconvenientes que acarrea tan bello oficio, le respondo: más bien pasa lo contrario, en las facultades se incentiva la creatividad y se olvidan las técnicas; y me consta. Pero, hay muchísimos motivos más que hacen de la arquitectura “un verdadero calvario”, tal como la calificó el arquitecto portugués Álvaro Siza.

¿Por qué, en estos tiempos de bonanza, se ha construido tanto sin generar obras de calidad arquitectónica? En primer lugar, se debe entender que la arquitectura es un arte utilitario, a diferencia del arte puro que desarrollan las artes plásticas, o el arte contemporáneo. Un arquitecto o arquitecta son profesionales dependientes y no son creadores libres. Deben someter sus ideas a un destino de utilidad funcional, deben satisfacer a un demandante o cliente, y deben sujetarse a los medios (técnicos, de normas, y de capital) con los que dispone. Es decir, un interminable número de condicionantes que “moldean” sus trazos. De todos ellos, el condicionamiento más importante es cultural: los gustos, usos y costumbres, caprichos y devaneos de los clientes.

Por otra parte, y desde una visión culturalista, los arquitectos están sometidos a dos fuerzas que giran en sentido contrario. Por un lado, la revolución tecnológica que ha modificado la manera de concebir los proyectos. Y por otro, la consolidación de nuestra condición de Estado pluricultural, que ha significado un enorme e indiscutible avance social pero, desde el sitial del creador, representa un confuso escenario de múltiples paradigmas culturales. La revolución tecnológica y digital es la mayor colonización del espíritu que ha conocido la historia de la arquitectura. La actual manera de diseñar ha deslocalizado las mentes y descentrado los espíritus hacia una unificación de estilos que borra las particularidades de cada cultura.

Y, por último, nuestra condición plurinacional (que incluso cuestiona el mestizaje) plantea desafíos creativos tan grandes como el lograr que una obra sintetice a más de una treintena de naciones que conviven en el nuevo Estado Plurinacional. Imposible. De ahí que cada obra arquitectónica tenga su público. Ejemplo: los cholets tienen su público; los europeizados, el suyo. Ergo: de ahora en adelante no existirá obra de arquitectura en Bolivia que sea lo suficientemente genial para encantar a toda una ciudadanía que vive feliz en una democracia extrema del gusto.

* Arquitecto.

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