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Vincenti, tenemos tu color

Aquella noche, Benedetto Vincenti se convirtió en un boliviano más y encontró el hogar que nunca tuvo.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

00:51 / 21 de noviembre de 2018

Leopoldo Benedetto Vincenti Franti tenía 99 años cuando llegó el momento de su confesión. Nació en 1815 con una guerra perdida, la de Waterloo, donde se entonó por última vez La Marsellesa en un campo de batalla; e iba a morir con otra, la primera gran guerra (también perdida, en 1914). La música era martirio, pero también su salvación; la guerra (gemela de la muerte), su única madre. Leopoldo robó a su padre el apellido; a su progenitora, la propia vida; y a su maestro romano Gaetano Donizetti, un movimiento de ópera que le sirvió para componer himnos en América y ganarse unos potosí. ¿Cómo este músico italiano —huérfano, errante e impostor (a veces)— se convirtió en el autor del Himno Nacional de Bolivia?

El himnovador, del dramaturgo español Luis Miguel González Cruz (gran texto y acertada dirección), es la historia “simple” de nuestro músico. Subió a escena en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez el domingo 18 de noviembre: mismo lugar y misma fecha (pero de 1845) donde se escuchara por primera vez la “Canción Patriótica”. En ese estreno Vincenti lloró, José Ignacio de Sanjinés Barriga (el chuquisaqueño autor de la letra) lloró, el presidente paceño José Ballivián Segurola también lloró. Hasta el edecán lloró. Aquella noche, Vincenti se convirtió en un boliviano más y encontró el hogar que nunca tuvo. ¿Cuánto tiempo le llevó amar la tierra boliviana para transformar sus murmullos en nuestro himno?

Con 25 años, Leopoldo huyó de una Europa intolerante convertida en un lupanar donde las ideas se podrían, y se embarcó hacia Lima para después llegar a Valparaíso, de allí a Santiago, Lima y La Paz. Quería volver a soñar y soñó; quería revolución, quería libertad, libertad, libertad... En tierra andina compuso decenas de marchas para ejércitos y comparsas, para pueblos y guerrillas bolivianas, peruanas, chilenas. ¿Qué sintió en plena Guerra del Pacífico cuando escuchó a los tres ejércitos enfrentarse entonando su propia música? En el interín, se casó con una boliviana: Carmen Corina Daza, de la familia del futuro presidente Hilarión, hija del coronel Melchor Daza.

Los músicos italianos, amanuenses del cielo, estaban de moda en el “nuevo” mundo; no tenían patria (eran todavía austríacos bajo el yugo del imperio austrohúngaro). Arribaron a Venezuela, Colombia, Ecuador, Chile, Perú, Uruguay. Y a Bolivia llegó Vincenti. Todos tenían como ídolo a Donizetti, quien componía su música en prostíbulos; y el romano poseía una sola certeza: la música se hizo para hablar con Dios. ¿Qué podían componer todos estos ateos revolucionarios exiliados que solo hablaban con los hombres?

Todos copiaron al maestro. Por eso, quizás el himno chileno se parece al boliviano, o al revés. Donizetti ya había “fusilado” a Bach, y éste, a los cantos gregorianos. Todos somos plagiadores; Vincenti también. Quizás tuvo un solo consuelo: dijo Donizetti que de todos los músicos que plagiaron el coro de su ópera Lucrezia Borgia (y su movimiento Mafio Orsini) para vender himnos a los americanos que se “inventaban” países, el de Bolivia era el mejor.

Leopoldo Benedetto Vincenti, músico, apátrida y huérfano, es el actor Antonio Peredo, en un tour de force impresionante de más de dos horas, secundado magistralmente por una pareja de camaleones: Fernando Romero y Marcelo Rosa, que se reparten más de 20 papeles. El diseño escenográfico y la puesta nos traen a otros secundarios: soldados, presidentes, doña Corina Carmen y hasta una banda de músicos que bailan para no estar quietos como los maniquíes.

El himnovador tiene humor y frases para la carcajada (“Bolivia dijo sí a Donizetti”); tiene preguntas sin respuestas; tiene erudición, tiene reflexiones actuales sobre la música (y sus mercados), sobre el horror bélico, sobre la traición y el desengaño. No hay más fechas para la obra (de momento) y ese es otro gran pecado (capital) nuestro.

En el final, un lustra se acerca a Vincenti. “Maestrito, tengo su color: café oscuro”, le dice. Ahora todos tenemos tu color, Leopoldo, los pocos que te conocen y los muchos que ya no te recuerdan. Tenemos tu himno, que nos emociona y nos sigue haciendo llorar como lloraste tú —el presidente y el edecán— para conjurar el olvido.  De aquí a 100 años, todos ñatitas.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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