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Érase una vez un bicho

Los insectos son metáfora (del comportamiento humano), belleza y miedo, asco y muerte... son resurrección.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

00:00 / 04 de julio de 2018

La literatura siempre ha tenido en el universo de los insectos un espacio fantástico e inspirador. La entomología (del griego éntomon, insecto) nos ha permitido a los depredadores lectores conocer a ese bicho enigmático y sin nombre en el que se convierte Gregorio Samsa, después de un sueño intranquilo; ¿era cucaracha o escarabajo? ¿Monstruo o ángel?

Los gorgojos del gran Edgar Allan Poe daban miedo, eran portadores de pestes y desgracias. Evidentemente eran algo más que pinches insectos. El maestro del estilo, monsieur Flaubert, era entomólogo y coleccionaba bicharracos maravillosos como su prosa, la forma venía después. El ruso Nabokov se enamoró de las mariposas y de una pobre “bicha”, “Lo-Li-Ta, luz de su vida”.

Inés Clara Ovando Sanz, nuestra recordada Agnés, también fue hechizada por las volátiles mariposas, por la mosquita muerta y por moscas barrocas, cocaleras y queridas. Una tarde lejana, en Sopocachi, mientras me dedicaba uno de sus últimos libros (El sol y las moscas) y tomábamos una botella de rico “mosca-tel” me contó que Saenz también las adoraba porque, decía don Jaime, “no tienen ni plumas ni coquetería”. Evidentemente eran más que malditas moscas que joden. Si el Nobel de Literatura William Golding era el señor, Agnés era la diosa señora (de las moscas).

Los insectos son metáfora (del comportamiento humano), belleza y miedo, asco y muerte, son resurrección. Aparecen y desaparecen de nuestro imaginario. Zumban en nuestro rock, del Grillo a “Pulga, presidente”. Y se extinguen como la mosca enorme, gorda, negra y fea que se posaba en la orilla del vaso de vino de Bukowski. ¿De dónde vienen? ¿Somos peores que los bichos? ¿También nos escondemos en resquicios para huir de la muerte? ¿Es dios, con minúsculas, un insecto?

En El (último) show de los insectos maravillosos (la obra de teatro unipersonal, dirigida y actuada por Pedro Grossman y escrita por Juan Pablo Piñeiro), el rescatador e instructor de bichos Amadeo Ras Arfat recorre el planeta buscando nuevas estrellas para el espectáculo “más impactante del mundo”. Por fin ha llegado a La Paz, última estación de su viaje. Su mejor amigo es Olobio Tutanka, un escarabajo Goliat de Madagascar, tan buen tipo que no se enoja aun cuando Amadeo lo molesta con preguntas impertinentes y chistosas: ¿cómo es hacer el amor entre escarabajos con tantas patitas y manitos?

Amadeo cree (la dupla Grossman-Piñas cree) que los humanos somos insignificantes formas de vida, peores que los bichos, somos mentirosos e infieles. Somos insectos y nos importa un “piojo”. Amadeo se considera a sí mismo un mal ciudadano (como la dupla), pero tiene un talento especial: entiende el lenguaje misterioso de las alimañas. Y sabe, como ellas, cómo va a morir, aunque no cuándo.

Es el hijo adoptado de una familia de “hermanos” de seis patas: el malgache Olobio Tutanka; Akitsu Kashi Mushi, la maternal libélula que sabe escribir y sufre de hipo; Paco, Pacho y Pancho, el trío musical más borracho y tequilero de la galaxia (integrado por un gusano, un grillo y un abejorro); y Sulamita Jezreel, una mantis del desierto de Neguev, especialista en rituales sexuales sadomasoquistas. Con ellos ha explorado desde los cananeos y sus faraones hasta el blanco salar de Uyuni, ha parido una linda bitácora de vida (que vemos a través de un circuito cerrado de video); con ellos ha emprendido un viaje de vida en el tiempo con sangre, lujuria y alcohol. Pero ahora cuando todos han fallecido por el sorojchi de La Paz, Amadeo no quiere partir. Es su tiempo de duelo y debe despedir a los amigos y a su madre.

El show de los insectos maravillosos es teatro fantástico, poético e inspirador, como el universo de los bichos. Es una reflexión existencial (y autobiográfica) alrededor de la “pálida”. Es precioso teatro que nos deja preguntas. Y es dolor, cuando nos olvidamos de la oscuridad, cerramos los ojos y nos preguntamos cómo y cuándo vamos a despedir a los amigos, a la madre. Bichos de toda laya de por medio, habremos de quedarnos en soledad “con solo dos patas, incapaces de acompasar los pasos, como hace el ciempiés”.

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