Columnistas

Tiempos de posverdad

Esta historia en la que la ‘mentira emotiva’ tuvo más valor que los hechos reales se repite por decenas

La Razón (Edición Impresa)

23:53 / 19 de mayo de 2017

Sus expresiones son recurrentes: construye verdades a partir de indicios, de mentiras o de falsedades que personajes conocidos enuncian en situaciones de coyuntura álgida. Se mueve en el mundo de las emociones: desorienta, decepciona, provoca ansiedad e iras, enerva los ánimos, causa revuelo, pone las sociedades en vilo. Abre caminos para la especulación y sigue el libreto de un culebrón que sabe convocar pasiones.

Ejemplos hay múltiples. Un caso reciente es el ocurrido en medio de la crisis que está atravesando Venezuela, con un ambiente de intolerancia en el que las provocaciones son estrategias equivalentes a la mecha que se enciende en medio de un polvorín sin reparar tanto en la explosión, sino en el recorrido sinuoso de la guía que zigzaguea alterando las emociones que se mueven en la ficción y el suspenso y pueden hacerse explosivamente incontrolables.

Hace pocos días, Leopoldo Castillo, reconocido periodista posteó sin más que Leopoldo López, el líder de la oposición venezolana, preso por un conato de golpe de Estado, había sido trasladado al Hospital Militar “sin signos vitales”. A los pocos minutos el influyente parlamentario de oposición Henry Ramos Allup tuiteó lamentando su muerte. La noticia se viralizó raudamente. La mecha fue encendida, y la activista Lilian Tintori, esposa de López, avivó su recorrido narrando paso a paso su tormentoso trayecto hasta el hospital, sumando caravanas enardecidas en el camino y en redes sociales que enarbolaban el eslogan: “Dejen ver a Leopoldo”. El Gobierno se deshizo en desmentidos que no eran recibidos como ciertos, sino como pretextos elusivos. El desenlace de la historia es conocido: Leopoldo López no estaba muerto, estaba incomunicado en un prolongado aislamiento (hago un paréntesis para expresar que Venezuela necesita, urgente, que se encienda la mecha del diálogo, ninguna otra).

Esta historia en la que la “mentira emotiva” tuvo más valor que los hechos reales se repite por decenas. Solo a modo de ejemplos recordemos que en el brexit los promotores de la salida de la Unión Europea sumaron adherentes argumentado sin pruebas su costo oneroso para el sistema público británico. En su campaña Trump dejó en evidencia que la verdad le importaba menos que los votantes sientan como suyas sus denuncias-promesas sobre un Estados Unidos dejado de lado por la globalización. El No a la firma de la paz en Colombia ganó con afirmaciones tortuosas como que votar por la negociación con las FARC equivalía a abrirle las puertas a la expropiación de la propiedad privada. En las recientes elecciones ecuatorianas se puso al país en vilo con el argumento de un fraude electoral que nunca fue demostrado. Ejemplos de su efectividad y de efectos boomerang hay muchos.

Este es el fenómeno de la posverdad, o el post-truth, que David Roberts define como la pospolítica desconectada de las reglas de la política pública. A su vez Jayson Harsin dice que el fenómeno es producto de un régimen característico de nuestros tiempos de desorden, de levedad y de redes. Se conoce también como la política posfactual, de algo que sin ser verificado apela a las apariencias para ganar validez en los imaginarios, provocando ambientes confrontativos y conspirativos, sin reparar por los daños ni responsabilizarse por sus consecuencias. No es un problema solo de enunciación, sino también de recepción. Los relatos sensacionalistas alimentan las ansiedades de sociedades polarizadas que convierten en verdad aquello que se necesita creer como cierto, aunque no lo sea. ¿Serán la política y la comunicación con derechos, ética, principios y (auto)regulaciones los caminos para posverdades con veracidad?

* es sociólogo y comunicólogo boliviano, exsecretario general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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