Columnistas

Residuos de la ‘q’aracracia’

A las sociedades colonizadas les cuesta rebasar los obstáculos sociopolíticos básicos.

La Razón (Edición Impresa) / Esteban Ticona Alejo

00:33 / 24 de febrero de 2018

Uso el neologismo de q’aracracia para explicar cómo funciona la democracia boliviana actual, con residuos profundamente coloniales y racistas de la mentalidad q’ara o karay en los Andes y en la Amazonía, en el oriente y en el Chaco boliviano. De ahí el nombre de q’aracracia o karaycracia. La Constitución Política del Estado de 2009 declara que “dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal”, y se asume la construcción del “Estado unitario social de derecho plurinacional comunitario”, integrador y articulador de los diferentes pueblos y culturas del país.

Esta declaración en términos teóricos es un gran avance, pero en la práctica los rescoldos de la q’aracracia se han ido rearticulando; o mejor dicho, se han ido recolonizando radicalmente frente a lo indio, que actualmente es representado en el presidente Evo Morales.

A estas alturas cabe preguntarse ¿qué es la q’aracracia o karaycracia? ¿Cómo sigue funcionando esa democracia liberal elitista? ¿Por qué no se ha podido aniquilar esta democracia racista? A las sociedades colonizadas les cuesta rebasar los obstáculos sociopolíticos básicos, como el reconocer que todos los ciudadanos somos iguales. Recordemos que recién después de la Revolución de 1952 tuvieron derecho al voto los indios y las mujeres.

Otra característica del colonialismo es el tejido de los límites sociales/raciales. Esta práctica ha generado una especie de zonas de frontera, o en términos societales, lo permitido y lo no permitido. La Revolución de 1952 logró que el indio vote y punto, aunque con ella se gestó la idea de la participación de los indios en la política. Algo que no fue sencillo, pues la política del MNR fue tener indios solo para que voten por sus patrones, manteniendo el pongueaje político o la servidumbre política. Ya en los años 70 y 80 los movimientos indianista y katarista apostaron por la participación política propia; es decir, sin tutelajes, sin pongueajes; aunque debido a la mentalidad colonial los “campesinos” aún no creían en sus propios hermanos como candidatos a la presidencia.

Hoy se reclama el respeto a la democracia liberal, es decir, a la q’aracracia o karaycracia. Se dice que es la defensa institucional, lo que no es más que aferrarse al sistema establecido colonial. Se puede tolerar al indio hasta por ahí, hasta de vicepresidente, pero ya no más como presidente; y peor aún cuando éste comienza a jugar con las reglas jurídicas vigentes y políticas. A los demócratas neoliberales más bronca les da cuando ese indio presidente ha sido reconocido en las lides internacionales. La cantaleta de respetar los resultados del referéndum del 21 de febrero de 2016 es una linda excusa para pretender echar a Evo, porque los colonialistas y racistas no toleran que un indio esté en el poder.

Resurge la idea del miedo colonial al indio, muy presente en frases como “están marchando las hordas masistas”, término que se ha convertido en sinónimo de indios/indias ignorantes, incluso de gente corrupta y ladrona. El colonialismo es una sociedad del miedo y la violencia. Hoy hay miedo de que un indio, Evo, vuelva a ganar en las elecciones de 2019. Los defensores del No, a pesar de que se sienten superiores a los indios, en la práctica actúan como grandes perdedores. ¿Acaso no es sentirse incapaz de enfrentarse al rival con las reglas del juego democrático?

¿Qué debería ser la democracia? El Estado Plurinacional es un paso hacia la construcción de otra sociedad profundamente enraizada en sus civilizaciones ancestrales, campesinas, obreras y populares. Por lo tanto, esta q’aracracia no nos sirve de mucho, aunque todavía tenemos que transitarla... Isk’achasipkakistuwa q’ara jaqinakaxa. Sartasiñasawa t’unjañataki una jaqinakan amtawipa. ¿Janicha ukhamaxa?

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