Columnistas

¿Reelección o prórroga?

Insistir en nadar contra la corriente podría encender la chispa para el estallido de una violenta confrontación.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:31 / 24 de febrero de 2018

Quienes tenemos el privilegio de haber participado como testigos o actores en la pretensión de dos notables bolivianos de prolongar su mandato presidencial más allá de las normas constitucionales —y contra el sentido común, que según se dice es el menos común de los sentidos— podemos comparar dos escenarios que, a pesar de los 54 años que los separan, parecen repetirse con iguales motivaciones, similares corifeos e idénticos apoyos masivos en calles y plazuelas.

En mayo de 1964, Víctor Paz Estenssoro se postuló para un tercer periodo presidencial, el cual, aunque de forma discontinua, se apoyaba en una forzada enmienda constitucional. Una impecable gestión gubernamental, el prestigio personal del candidato, la alabanza internacional por el avance logrado en el país, la estabilidad política y la alternancia democrática señalaban a Bolivia como la “revolución en libertad”, contrastando con Cuba, donde los logros se hacían vulnerando los derechos humanos y restringiendo las libertades ciudadanas. No en vano el presidente Kennedy apuntó a Bolivia como la alternativa al castrismo violento, entonces en auge. Sin embargo, en la intendencia interna, Paz Estenssoro había perdido la confianza de ciertos sectores obreros y hasta del ala izquierda de su propio partido, el MNR. A ello se sumó la hostilidad que mostraban a su reelección los líderes históricos de la Revolución Nacional Hernán Siles Zuazo, Wálter Guevara Arze y Juan Lechín Oquendo.

Paz Estenssoro, como sucede hoy, se apoyaba en el Ejército, y para consolidar aún más el contubernio incluyó en su tándem de postulante vicepresidencial al general René Barrientos Ortuño. Como ahora, los eternos adulones aseguraban que su permanencia era vital para la consolidación de las conquistas sociales obtenidas, e inevitable debido a la ausencia de figuras de substitución. Lamentablemente el asesinato de Kennedy había devuelto en Washington el poder al Pentágono, que prefería tener sus propias fichas en los mandos de control en América Latina (poco antes, Joao Goulart fue derrocado en Brasil y más tarde Juan Bosch en República Dominicana).

La reelección de Paz Estenssoro se cumplió puntualmente, alcanzando cerca del 70% de los votos emitidos. Irónicamente ante la decisión de la oposición de optar por la abstención, el oficialismo debió contratarle a un candidato, tan anónimo que hoy nadie se acuerda su nombre. Entonces, Víctor Paz asumió triunfalmente su tercer mandato el 6 de agosto de 1964. El descontento del pueblo con la reelección persistió más allá de las urnas y fue el caldo de cultivo que abrió el apetito de generales ambiciosos que encontraron una oportunidad para que, tan solo tres meses después, René Barrientos diera un “día de gloria a la patria” y embarcara al exilio, en Lima, a su idolatrado mentor.

La terca determinación de Evo Morales de postularse contra viento y marea hacia un cuarto periodo, pese al rechazo de la mayoría de las urbes, no presagia ningún aliento para la suave prórroga de su mandato. No está en entredicho el ascenso que, con luces y sombras, significó la era de Morales, pero insistir en nadar contra la corriente podría encender la chispa para el estallido de una violenta confrontación que ponga fin a esta bifurcación ciertamente catastrófica. Quizá aún estamos a tiempo de presenciar un gesto de nobleza en el que Evo, tomando el ejemplo de Lázaro Cárdenas (faro de la Revolución mexicana), o de Nelson Mandela (guía de la transición del apartheid a una sociedad democrática), emule a ambos que prefirieron erigirse como padres de la Nación y dar un paso al costado, para ahorrar a sus respectivos países inevitables retrocesos políticos y económicos que, en el caso de Bolivia, devendría seguramente luego de una elección conflictiva tildada de ilegitima por desconocer el resultado inequívoco del 21F. Por todo ello, para preservar justamente el proceso de cambio, se impone respetar el mandato popular y apostar por la alternabilidad en la más alta función pública.

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