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Virilidad, ‘pasta’, McConnell y ‘trumpismo’

Nadie quiere una guerra comercial. La beligerancia es cosa de un solo hombre: lo que Trump quiere y punto.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

08:35 / 16 de diciembre de 2018

Después del tenso intercambio de palabras del martes pasado entre Donald Trump y algunos líderes demócratas, parece bastante posible que el “tuitero en jefe” cierre el Gobierno de Estados Unidos en un intento de conseguir financiación para construir un muro en la frontera mexicana. Lo extraordinario de esta posibilidad es que el muro es una idea completamente estúpida. Aunque uno se oponga tajantemente a la inmigración, tanto si es legal como si no, gastarse decenas de miles de millones de dólares en una ostentosa barrera física no es una manera necesaria o eficaz de impedir que vengan los inmigrantes.

Entonces, ¿de qué se trata? Nancy Pelosi, que casi con seguridad será la próxima presidenta de la Cámara de Representantes, supuestamente comentó a unos compañeros que para Trump el muro es una “cuestión de virilidad”. Parece acertado, pero me hizo reflexionar. ¿Qué otras políticas están impulsadas por la inseguridad de Trump? ¿Qué mueve la política de su gobierno en general? Yo diría que la respuesta a estas preguntas es que, en realidad, existen tres motivos importantes que explican la política de Trump, a los que podemos llamar virilidad, McConnell y pasta (dinero).

Con McConnell me refiero al programa político estándar del Partido Republicano, que básicamente sirve a los intereses de los grandes donantes, tanto a las personas adineradas como a las empresas. Este programa consiste, por encima de todo, en recortes fiscales para la clase de los donantes, con recortes en programas sociales para compensar parte de la pérdida de ingresos. Y también incluye la liberalización, especialmente para los contaminadores, pero también para las instituciones financieras y los actores dudosos como las universidades con ánimo de lucro.

Durante la campaña electoral de 2016, Trump se presentó como un republicano de una clase diferente, alguien que protegería el colchón de seguridad y que aumentaría los impuestos a los ricos. Sin embargo, una vez en el poder, su política nacional ha sido totalmente ortodoxa. Su única victoria legislativa significativa en los dos primeros años ha sido una bajada de impuestos que ha favorecido claramente a los ricos; ha hecho todo lo que ha podido para socavar la atención sanitaria para los estadounidenses de rentas bajas y medias; y ha reventado la protección medioambiental y la regulación financiera.

Sin embargo, la política exterior de Trump ha roto no solo con las anteriores prácticas republicanas, sino con todo lo que solía defender Estados Unidos. Puede que los presidentes anteriores hayan alcanzado acuerdos de realpolitik con regímenes indeseables, pero nunca hemos visto nada como la evidente preferencia de Trump por los déspotas brutales en vez de por los aliados democráticos, y su propensión a disculpar todo lo que hagan personas como Vladímir Putin o Mohamed Bin Salman, incluso cometer un asesinato.

Es posible que parte de esto refleje sus valores personales: Putin, Bin Salman y otros hombres fuertes son simplemente la clase de gente que le gusta a Trump. Pero resulta difícil no sospechar que la pasta —las mordidas para el propio Mandatario a través de la organización Trump— desempeña un papel importante. Después de todo, a diferencia de los líderes de las democracias, los dictadores y los monarcas absolutos pueden canalizar mucho efectivo hacia las propiedades de Trump y ofrecer a su familia oportunidades de inversión sin tener que explicar sus acciones a unos molestos representantes elegidos.

Entonces, ¿dónde interviene la virilidad? El muro es un ejemplo evidente. La señal reveladora es que el Gobierno se centra en lo “grande y bonito” que será el muro, en vez de en lo que hará. Cuando la oficina de Aduanas y Protección Fronteriza sacó el muro a concurso para los contratistas, especificaba que éste tenía que ser “físicamente imponente”, y que “la parte norte del muro (o sea, la parte que da a Estados Unidos) debía ser estéticamente agradable”. No decía que la estructura tuviera que tener letreros que dijeran “Muro de Trump”, pero posiblemente fuera un descuido. Pero yo diría que el deseo del “tuitero en jefe” de afirmar su virilidad también desempeña un papel importante en otros ámbitos, especialmente en la política comercial.

He seguido las aventuras del Hombre de los Aranceles, y lo que me sorprende no es la opinión abrumadora por parte de los economistas de que los aranceles de Trump son una mala idea, sino el hecho de que estas medidas son un enjuague político; es decir, no parece que haya una gran parte del electorado que pida un enfrentamiento con nuestros socios comerciales.

¿Quién quiere una guerra comercial? Los intereses empresariales no, ya que las acciones caen siempre que la retórica se caldea y suben cuando se enfría. Tampoco los agricultores, quienes se ven muy afectados por los aranceles extranjeros que se imponen como represalia. Y tampoco los votantes de clase obrera de los estados del Cinturón Industrial que fueron fundamentales para la victoria de Trump en 2016: la mayoría de los votantes probables en esos estados afirman que los aranceles perjudican a sus familias. Resulta que la beligerancia comercial es básicamente cosa de un solo hombre: es lo que Trump quiere, y punto.

 

Es verdad que, teniendo en cuenta cómo funciona la ley comercial estadounidense, un presidente puede iniciar una guerra comercial (a diferencia de, pongamos por caso, construir un muro fronterizo) sin la autorización del Congreso. ¿Pero cuáles son los motivos que impulsan a Trump? Pues bien, ha convertido el comercio en su tema insignia, y quiere declarar que ha logrado cosas importantes. Y es revelador que incluso cuando mantiene la política más o menos igual, insista en cambiarla de nombre. De esa manera puede ir por ahí pretendiendo que el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá (o como lo llama Pelosi, el “acuerdo comercial que antes se conocía como Prince”) es completamente diferente del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) y que ha conseguido una gran victoria.

Por tanto, los asuntos de Estado importantes no se deciden en función del interés nacional, y ni siquiera de los intereses de grupos importantes del país, sino de los intereses económicos y/o el ego del hombre en la Casa Blanca. ¿Es increíble Estados Unidos o qué?

 

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