Columnistas

El miedo y nosotros

‘La gente siempre está dispuesta a ceder sus libertades cuando tiene miedo’ (Jeffrey Tiel).

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia Quiroga

09:20 / 11 de noviembre de 2018

Durante el largo proceso histórico de la humanidad, el miedo ha jugado un papel protagónico. Hábitos de conducta fuertemente arraigados en algunas culturas han cambiado; ideologías enteras se han visto modificadas por el pavor de los ciudadanos. Según algunos estudiosos del tema, desde la perspectiva de fenómeno social, el miedo puede tomar forma a partir de las maneras en que percibimos el mundo. El miedo a la muerte y al olvido funcionan como catalizadores de comportamientos sociales extremos. Así, la conmemoración a las almas errantes o muertos olvidados, conocido como el día de la ñatitas (cráneos humanos), que se conmemora el 8 noviembre, cobró un nuevo impulso después de la masacre del 1 de noviembre de 1979.

Los cientos de muertos, muchos de ellos anónimos, fueron como un detonante para vivificar una ancestral práctica que se la cultivaba para solicitar fecundidad a la Pachamama a través del restablecimiento del jacha ajayu o el alma mundo. El miedo a las sequías y nuestro instinto de sobrevivencia nos hicieron concebir lazos íntimos entre la tierra fecunda y los muertos como semilla, sin que nadie falte al convite de la vida que se regenera. Bolivia todavía en pleno siglo XXI sigue siendo un mundo encantado, en el que no se han perdido las relaciones míticas con los seres sobrenaturales.

Todas las civilizaciones son producto de una larga lucha contra el temor, una estrategia de supervivencia normal en nuestro milenario proceso de adaptación al medio que se expresa cuando nos enfrentamos a situaciones desconocidas, ante objetos, personas y cosas que suponen una amenaza, como las sequías, las inundaciones o terremotos imprevisibles. El miedo es una reacción emocional ante un peligro definido como una tendencia escapar, o alternativamente a inhibirse cuando se acentúa la amenaza.

Según Donald Hedd, el miedo se originaria por una desorganización de estructuras temporales y espaciales neurofisiológicas, debido a cambios súbitos e inesperados de los estímulos, la ausencia de estímulos apropiados o el exceso de estímulos; en tanto que el equilibrio se restablecería mediante la fuga o huida. Hedd clasifica los miedos en i) causados por conflictos —amenaza y daño— (vg. dolor, observación de cadáveres, personas y animales extraños); ii) miedo al déficit sensorial (vg. falta de soporte, oscuridad y soledad); iii) por trastornos sicosomáticos y factores constitucionales.

El miedo genera tensión en nosotros cuando se activan las señales de alarma, el ritmo cardiaco se acelera, aumenta la sudoración, aumenta la presión arterial y ante una amenaza inminente de tortura o dolor intenso desconocido. La muestra más dramática de estos efectos fisiológicos es la imposibilidad de contener la orina.

Sumada a todos estos factores, la inseguridad en las urbes produce el miedo colectivo y moviliza a la ciudadanía. El pavor colectivo hace que afloren los mejores sentimientos solidarios del ser humano, y éstos pueden ser canalizados por los medios de comunicación y manipulados por grupos de poder y gobiernos a través de la táctica publicitaria. Cuando ya estamos sumergidos en un año preelectoral, los estrategas del marketing político apelarán a estos conocimientos para incidir en la conciencia de los potenciales votantes y favorecer a sus clientes; para eso no existe la ética, todo vale. Generar miedo y desconfianza contra un candidato es la artillería más conocida; sin embargo, a veces sucede lo imprevisto.

Hoy vivimos en una sociedad obsesionada con la seguridad y más temerosa: asaltos, secuestros, robos, locos armados disparando contra multitudes, cámaras en todas partes, casas con perros y alarmas. Toda esta cadena de amenazas induce a perder el horizonte ideológico en una sociedad en ciernes de un acto electoral, y como afirmó hace 16 años atrás Jeffrey Tiel (analista de ética militar): “la gente siempre está dispuesta a ceder sus libertades cuando tiene miedo”. Eso nos suena conocido, y los asesores de marketing político de Jair Bolsonaro en Brasil lo sabían muy bien.

En nuestro patio boliviano, algunos candidatos copiones ya están apelando a esta fórmula. Entre ellos el exvicepresidente Víctor Hugo Cárdenas, quien emite discursos de pastor evangélico. Para tener un discurso que se desmarque del oficialismo ha desterrado al limbo a la Pachamama y a la corriente katarista de su línea. Pronto saltarán otros haciendo algo parecido, pero habrá que recordarles que Bolivia no es Brasil ni Estados Unidos.

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