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Y el pasto de las llamas fue pasto de las llamas

El aforismo, ‘sentencia breve doctrinal’, según la RAE, es para mí un brindis diario a la ocurrencia popular.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

09:02 / 24 de junio de 2018

Con el aforismo “Y el pasto de las llamas fue pasto de las llamas” empecé y acabé un cuento breve que publicó hace un mes una revista mexicana ligada a la universidad de Coahuila, explicando que ese texto estaba en mi libro Animalversiones, editado por Muela del Diablo, La Paz, 2001.

Desde hace 53 años compongo aforismos, a los que llamo “breverías” al modo de las “greguerías” que Gómez de la Serna publicaba en España a inicios del siglo XX. En el programa Olla de Grillos de radio Altiplano (1965-1970) me daba pisto al mentar “pequeños dichos de grandes bichos”, seguido del gusto de miles de oyentes. Recordaré tres aforismos: “Potosí es un cerro a la izquierda”, “los chilenos hablan delgadito porque así es su mapa”, “los argentinos viejos tienen arrugas de bandoneón”.

La gente celebraba mis breverías, pero caí de la gracia masiva cuando al dictador Barrientos se le ocurrió irse a pique con su helicóptero en 1969. Ese mero domingo 19 de abril yo había dicho en el programa, y con esta boquita, que “más vale Ovando en mano que Barrientos volando”. Me bajonearon exitosamente, hasta los troskos. Unos airados barrientistas de la Llajta incluso me amagaron con meterme a la cárcel “por k’encha”.

Le cuento todo esto porque estoy a punto de perpetrar otro libro de aforismos, el cuarto “de esa saga”, como dirían los editores cursis. Tengo dos textos publicados en México (1993 y 2015), aparte del que en La Paz editó La Razón en 2005. Unos 4.000 aforismos en total.

Sí, pues, este diario, que usted tiene en las manos, publicó Breverías, aforismos bolivianos a más no joder, donde me atrevo a decir, como si me constara, que “las monjitas se pasan la vida libres de polvo y paja”, “el fútbol es un estadio que hay que superar”, “un árbitro sin pito es del otro equipo” y otras lindezas.

El aforismo, “sentencia breve doctrinal”, según la RAE, es para mí un brindis diario a la ocurrencia popular. Aquí en Cochabamba escucho cada día frases llenitas de chispa. Ayer, por ejemplo, en una feria callejera una cholita dijo que “la alcaldesa que reemplazó al edil Mochileyes es nomás una camba falso afán…”.

Bueno, me saldré de este artículo copiando el cuentito aquél sobre la llama, que está en mi libro Animalversiones (Edit. Muela del Diablo, La Paz). El cuento, no la llama. Tendría que haber una fábula de cuando los caballos y las llamas se vieron las caras por primera vez al empezar el coloniaje. Algo que diga, por ejemplo, que los auquénidos pretendieron politizar a los équidos para que se organicen, izquierdamente, en sindicatos o tomen las armas en protesta por la forma brutal en que eran tratados por sus montantes.

Enterados los churumbeles de la labor subversiva de los originarios apresaron a dos ejemplares y los acusaron llamativamente de terroristas epetekás. —¡Identificaos, súbditos míos!, les gritó un Oidor chumpisiqui. —Me llamo llamo y esta se llama llama; dijo tranquila y dignamente el macho. Ante tamaña respuesta se acojudó el Manolete, pero volvió a arremeter: —¿Y qué cuernos pretendéis en mis predios?

—Una llamarada continental contra tanto abuso y apropiación a la mala, respondieron los acusados, aludiendo a la rebelión. —¡Ajá! ¿Así que queréis que esto arda?, ¡pues que arda, coño!, chilló el tablacasaca y mandó a prender fuego a toda la pajabrava altiplánica. Y el pasto de las llamas fue pasto de las llamas.

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