Columnistas

Acoso callejero

El acoso callejero es la forma más naturalizada de violencia contra las mujeres.

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

06:59 / 23 de octubre de 2017

Mamita, con esta boquita te comería!, ¡Gordita… yo te haría de todo!; ¡Tan solita y con esas tetas! ¡Ay reina, si te cojo, te hago gritar!... Si te incomoda leer estas frases, imagínate escucharlas en la calle. Y es que el acoso callejero es la forma más naturalizada de violencia contra las mujeres y por ello es necesario legislar sobre este tema.

Cuando la Cámara de Diputados debatió la semana pasada la parte sustantiva del proyecto de ley del Código del Sistema Penal e incorporó entre las faltas establecidas la figura del acoso callejero, más de un amigo y compañero de trabajo se quejó de excesos legislativos. “Las feministas se pasan... uno ya no va a poder decir un piropo sin que lo lleven a la cárcel”, fue la queja común. Cómo explicarles que el acoso callejero es una de las ofensas más sentidas entre las mujeres, una acción social aceptada por todos, pero que nos hace sentir denigradas, sucias y humilladas cuando caminamos por las calles.

El nuevo Código Penal sancionará a “la persona que, en lugar público, ejerza acoso callejero en contra de otra, consistente en gestos obscenos, insultos sexistas, frases o comentarios o insinuaciones alusivas al cuerpo o al acto sexual, que resulten humillantes, hostiles, obscenas u ofensivas a la víctima”.

¿Puede expresarse de manera más clara la diferencia entre un piropo bienintencionado y un acto de acoso callejero como violencia sexual?

En la reciente Encuesta de Prevalencia y características de la Violencia contra las Mujeres (EPCVcM 2016) publicada por el INE, podemos constatar la dimensión del problema en Bolivia. Del total de mujeres encuestadas el 60% declaró haberse sentido agredida mediante “piropos o frases de carácter sexual que le molestaron o ofendieron”; y un 31% declaró haber sufrido “manoseos o que tocaron su cuerpo sin su consentimiento” en el ámbito público.

El psicólogo argentino Gervasio Díaz nos ayuda a comprender la diferencia entre piropo y acoso cuando sostiene que todo tiene que ver con cómo se siente quien lo recibe. “Hay expresiones que suben la autoestima; pero el acoso destruye a la persona, la hace sentir vulnerable; tienen un componente de agresividad tan alto que nunca una mujer va a poder asumirlo como algo positivo”. El acoso callejero confiere al espacio público una dimensión sexual en el que promueve el dominio de los acosadores sobre las víctimas. Con su acción, el acosador afirma su derecho a llamar la atención de la víctima, poniéndola como objeto sexual y forzándola a interactuar con el acosador. Y en sociedades machistas y patriarcales el acoso callejero es un instrumento poderoso de control de las mujeres como una forma de hacernos sentir incómodas en el espacio público, y recordarnos que el hogar es nuestro espacio “natural y seguro”.

En una campaña mundial denominada #Yo también, en la que se invita a las mujeres a contar su primer acoso sexual, se pudo constatar la enorme dimensión de este problema. En un solo día la iniciativa recogió más de 38.000 historias en las que las mujeres expresaban “Todas las mañanas, llevando apenas 10 minutos fuera de mi casa, soy acosada al menos cuatro veces”; o “#YoTambién he sido acosada, en la escuela, en el taxi, en el autobús y en la calle”. Y lo más escalofriante es que esta campaña constató que la mayor parte de las mujeres sufren su primer acoso sexual entre los siete y los nueve años.

Por todo esto, celebramos que la Asamblea Legislativa, y sobre todo las diputadas que lideran este proceso, hayan tenido las agallas de plantear un avance tan significativo en términos de los derechos humanos de las mujeres. 

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