Columnistas

Siles Zuazo

Don Hernán es una vida llena al servicio de la convivencia entre diferentes, es decir, de la democracia.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

06:39 / 09 de octubre de 2017

Este 10 de octubre, Bolivia registra 35 años de democracia sin pausas, privilegio que generaciones previas no pudieron gozar por culpa de la persistente manía militar de apoderarse del Gobierno para retenerlo. La fórmula de salida de aquel laberinto pudo ser aplicada una vez que los pilares de apoyo internacional a cualquier gobierno antidemocrático terminaron socavados junto al fin de la Guerra Fría. Para el caso de Bolivia, la erosión del régimen de García Meza fue una clara advertencia de que ninguna aventura de cuartel tendría éxito a futuro. Replegados los tanques, la democracia pudo fructificar libre de amenazas materiales, y diversas élites políticas pudieron ir llenando con sus ideales los cauces vacíos, pero disponibles de una democracia naciente.

El primero en ensayar esas virtudes fue Hernán Siles Zuazo, el hombre que juró a la presidencia envuelto en la esperanza más extendida de la que se tenga recuerdo. Él es el hombre de octubre. Él, y no necesariamente el Che Guevara, merecen el homenaje oportuno de la patria agradecida. Me atreví a redactar uno personal para las redes sociales, y el resultado fueron 116 comentarios y 798 personas compartiendo la foto y el breve párrafo ofrecido.

Alfonso Crespo, el biógrafo de Siles, lo bautizó como “el hombre de abril”, debido a su liderazgo en la insurrección de ese mes, en 1952.  La gente hoy lo recuerda más como el hombre de octubre. Don Hernán es una vida llena al servicio de la convivencia entre diferentes, es decir, de la democracia.

Por eso porfío en afirmar que Siles fue nuestro Gandhi. Lo hago no solo porque él admiraba al líder de la independencia de la India, según lo relata el propio Crespo, sino porque en medio de la violencia política imperante en su tiempo siempre tomó partido por la reconciliación y la mesura. Acudió como voluntario a la Guerra del Chaco tras ser rechazado tres veces por los oculistas bajo bandera. Su aguda miopía no fue freno para alistarse a una cita nacional que consideraba inexcusable por encima de los ruegos de su madre. Optó por defender a la patria consciente como estaba de que su padre, siendo presidente, intentó evitar ese sacrificio que todos intuían como estéril.

Herido y desmovilizado, Siles ingresó a las filas nacionalistas que nunca más abandonaría. Cuando se dieron los fusilamientos de Chuspipata, operados por militares aliados a su partido, tomó distancia y rechazó desde su asiento parlamentario el uso de las armas para imponer ideas. Por eso se abstuvo de participar de manera activa en el gobierno de Gualberto Villarroel, pese a lo cual encaró el destierro junto a sus compañeros.

A partir de entonces invertiría sus energías para que el MNR regresara al Gobierno en condiciones menos desfavorables. Dado que el sistema concentró sus fuegos en anular a Víctor Paz Estenssoro, Siles ocupó la trinchera dejada por aquel notable exiliado. Esta circunstancia lo colocó como operador principal al interior de la República. Siles fue el resorte de la resistencia, pero también el organizador del golpe de Estado que devino en insurrección.

“Volveremos y perdonaremos”, fue su consigna desde Laja y trató de cumplirla en lo que le cupo desempeñar. Sus armas fueron la paciencia y la huelga de hambre, como recurso persuasivo para, como Gandhi, conmover los corazones.

Fue secuestrado y amparó a los malhechores, fue insultado y extendió la mano, fue tachado de incompetente y prefirió renunciar a un año de su mandato para abrir las compuertas a nuevas ideas. Desde su destierro voluntario en Uruguay guardó silencio y dejó esta vida un 6 de agosto, 40 años después de haber jurado por primera vez a la presidencia. Mañana se llenarán las plazas y Siles estará ahí, discreto, fumando, austero y estremecido por el nacimiento de una izquierda que sabe cuándo tocar la retirada.

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