Columnistas

Esperando la carroza

Muchos doctores insisten en seguir bombeando artificialmente un corazón que ya quiere pararse .

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

08:19 / 13 de agosto de 2017

Conocí a una señora tan obsesionada con su propia muerte que fue ella misma a elegir su ataúd y lo guardó por años debajo de su cama, a la espera de que le sea útil. Estaba segura de que sus parientes no iban a ser capaces de elegir el ataúd correcto cuando le llegara la hora.

Conozco a personas precavidas, que resuelven sus asuntos en vida para que su muerte no añada inconvenientes al inevitable dolor que suponen generará su partida. Conozco también personas que deciden no tomar medida alguna, que se van sin aspavientos y dejan que los problemas de herencia los resuelvan los que se quedan. Y claro: la mayoría de las personas en sus últimas horas no piensan en bienes, porque no tienen —como se dice— ni dónde caerse muertos.

Por el otro lado de la ecuación, conozco familias que se han arruinado tratando de alargar con artificios el hilo de vida que le quedaba a su padre o a su madre, con el único resultado de enriquecer a la clínica y prolongar el sufrimiento de todos.

Conozco médicos que nunca dicen lo que se espera de ellos. Quizás por temor a que los acusen de negligencia, quizás por malhadada empatía, quizás por motivaciones más viles, pero muchos doctores insisten en seguir bombeando artificialmente un corazón que ya quiere pararse, siguen insuflando aire a pulmones que ya no resisten, siguen inyectando suero para alimentar a quienes ya no pueden alimentarse. Y siguen pasando las cuentas a familiares que, anonadados, no atinan a decir que ya no, que ya basta: quizás por religiosidad, quizás por temor, quizás por aferrarse a una última esperanza.

El caso de Carmen del Pilar Chacón, a quien su hija retiró del hospital para esperar que muera en la mesa de una funeraria, ha revelado sin anestesia los profundos desgarros que nuestra sociedad padece. Nos ha mostrado un sistema de salud insensible y tecnocrático al que las personas acuden en su mayor vulnerabilidad para encontrar solo jerga incomprensible, enredos burocráticos, procedimientos humillantes, respuestas ambiguas y demandas de medicamentos, gasas, jeringas, sueros...

Aun si el paciente goza de un seguro de salud, enfermar implica para las familias una hemorragia económica que genera una preocupación adicional y que nubla la capacidad de tomar decisiones médicas por el bien de su persona amada. A veces, la familia decide llevarse al paciente a casa, porque ya no pueden soportar el peso económico de su hospitalización. A veces, lo hacen por intereses personales y terrenales, como en el caso trágico de Carmen del Pilar. En esas circunstancias, los médicos no hacen más que pedirles firmar un documento para lavarse las manos de las consecuencias.

En el otro lado de la ecuación, a veces, la familia insiste en que se tomen medidas heroicas para salvar una vida que ya no tiene salvación posible. Y en ese caso los médicos nunca te dicen que ya es tiempo de que tu ser amado descanse.

En Bolivia no existe la posibilidad de que una persona enferma firme una orden de no resucitar; es decir, que en pleno uso de sus facultades decida que no quiere ser sometido a procedimientos artificiales que lo mantengan con vida más allá de lo natural y razonable. Así, médicos o familias terminan tomando decisiones existenciales y éticas a veces sin tomar en cuenta los deseos de la persona enferma.

Por otro lado, en Bolivia la ley prevé herederos forzosos, por lo cual es poco frecuente que se escriban testamentos. Al fallecer Carmen del Pilar sus bienes serán heredados por sus hijos, no importa lo crueles que han sido con ella. Ya es hora de que todo eso cambie.

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