Columnistas

Marina Núñez del Prado en primera persona

Si la montaña escoge a sus hijas, es claro que Marina es una de ellas.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

09:12 / 13 de octubre de 2019

Este jueves 17 de octubre se conmemora el 111 aniversario del nacimiento de Marina Núñez del Prado. “Yo era una niña imaginativa y todos los estímulos, ya fueran materiales o de otra índole, me transportaban a un mundo de sueños”. Si la montaña escoge a sus hijas, es claro que Marina es una de ellas. “Mi primer viaje me reveló el secreto de mi vida. La naturaleza con toda su fuerza y belleza me habló en un lenguaje que entendí, siendo la primera vez que lo escuchaba”. Marina tiene ocho años cuando la geografía la convoca a ese ritual de iniciación en las orillas del Titikaka, a solas frente a frente, por designios supremos.  Así de temprano reconoce ella, de manera formidable, el sentido trascendental de aquel suceso. “Desde ese lejano tiempo de mi niñez, y a lo largo de toda mi vida artística, he obedecido ciegamente a ese tratado intuitivo de estética que aprendí a vislumbrar en la mañana aquella en que, venciendo todos los obstáculos, realicé mi primer viaje en busca de mi destino artístico”.

Consecuente con su apostolado llega a más y más revelaciones.  “(...) hallé en la naturaleza un segundo hogar y en los elementos y fenómenos de la misma encontré la sabiduría y las proporciones”. Sabiduría y proporciones son palabras que develan su relación de doble dimensión, espiritual y formal, con el paisaje. Y subyugada por estas fuerzas tutelares de los Andes, se inclina ante ellas con humildad de grandes: “(...) y la naturaleza fue mi primera maestra”.

Siguiendo esa ruta de origen, Marina llega a los misterios y poderes de la piedra. Primero, conmovida por Tiawanaku. “Para mí, Tiawanaku no es una ciudad arqueológica en ruinas, es un talismán anclado en las alturas de Los Andes”. Su asombro es tan hondo que cuestiona el enfoque científico. “¿Será como dice el arqueólogo Posnansky, el calendario aymara?”. E intuye que el mutismo de esas ruinas líticas transmite algo. “Una voz interior me dice que esos signos están fuera del tiempo, que son inmemoriales”. Como la voz interior le había sido consagrada, ella aborda los enigmas tiawanakotas más allá de lo material. “Todo aquel universo de piedras (...) me parecía que me estaba revelando su inmemorial secreto, su Mensaje conmovedor y telúrico. Todo el ancestro me parecía que palpaba y exploraba mi sensibilidad y desde entonces soy una convencida del lenguaje de la piedra”.

Tiempo después, formada ya académicamente en Bolivia, Marina escoge al escultor William Zorach como maestro en Nueva York. No ceja en la expansión de referentes, aun siendo ya quien había sido llamada a ser por los ancestros. “Quise indagarlo todo, saber todo, aprenderlo todo”. Así alcanza niveles de iluminación estremecedores. “Para mí, la piedra era un elemento vivo (...), aprendí a apreciarla en sus formas naturales e ingresé en amistad íntima con ella, aprendí a no irritarme y a no ceder (...). Conocí el secreto de la penetración del cincel en la piedra sin que ésta perdiera su virginidad; además sabía que en lo informe del bloque duerme un ángel que emergerá de su densidad (...)”.

Tanta sensibilidad hace además estrecho vínculo con los seres humanos, especialmente con la mujer-madre cuya imagen Marina enaltece como un gran paradigma. “La obsesión temática de toda mi obra escultórica ha sido casi siempre la maternidad”. Esa obsesión no es sino su conexión con lo inmanente. “El paisaje boliviano con su dramatismo geográfico, con su orografía asombrosa, me hace pensar y sentir que todo está en germen, que todo está fecundado y que, por lo mismo, todo es un anuncio de maternidad”. Así se explica la profusión escultórica de Marina relacionada a la reproducción de la vida.

Lo social toca y mueve el espíritu de Marina, también. “(...) el estaño que mis paisanos arañaban en lo hondo de los socavones de la mina. La vida colectiva de mi pueblo era tan pobre, tan desamparada y tan humilde. Mi patria, que tiene un pasado en el que ha imperado el decoro y la inteligencia, es inhumano que se la amortaje (...)”. Y no se limita a una mera toma de conciencia, sino que asume la causa en su propia creación. “(...) me propuse crear varios grupos escultóricos que subrayaran mis sentimientos y mi protesta (...)”.

Marina Núñez del Prado consagra su vida a cumplir la alta encomienda de la tierra. “Declaro que siempre me he orientado a que mi arte sea expresión pura de mi raza y de la fuerza telúrica del paisaje de mi país”. Así como ella venera a la madre, no solo en su noción universal sino en la suya terrenal, Doña Sara, “trabajé su cabeza amada en ónix blanco (...), creo que esta es mi mejor obra, la más emocionada”, hoy nos corresponde en justicia y reciprocidad con su magno legado, honrarla a ella; porque se trata de la hija de la Pachamama y la madre del arte boliviano.

Cergio Prudencio

es compositor.

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