Columnistas

El lector salvaje

El lector culto ha sido reemplazado por un lector salvaje, omnívoro e impaciente: el cibernauta

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina *

15:14 / 18 de mayo de 2017

Tres de cada 100 bolivianos leen apenas dos libros al año, o sea el 97% no lee libros, ninguno. En cambio, los finlandeses leen un promedio de 47 libros al año. Este dato revela una catástrofe cultural cuya evaluación puede morigerarse si incluimos otras prácticas de lectura, no centradas en el libro impreso. Con la revolución digital, los formatos textuales se han diversificado e incrementado, pero también se han modificado las maneras de leer.

De hecho, cada día aumenta el número de personas que lee y escribe mensajes en sus celulares; que participa en foros, redes sociales o chats; que busca y se apodera de textos eruditos o superficiales para realizar múltiples actividades. El lector culto y experto ha sido reemplazado por un lector salvaje, omnívoro e impaciente: el cibernauta.

Uno de los efectos de esta revolución (término nunca mejor empleado) es la fragmentación incesante de los escritos. La lectura digital es discontinua y azarosa. Se inicia a partir de una palabra clave y rápidamente se dispersa en una infinidad de fragmentos textuales que carecen de “totalidad”. Es una lectura sin bordes. Leer un libro impreso de manera continua es una actividad cada vez más extravagante. El lector contemporáneo conecta los fragmentos horizontalmente, pone un texto al lado del otro: el significado se construye por contigüidad. El salvaje se apropia de los textos, los despanzurra, los mezcla y finalmente los devora.

Es posible que estemos perdiendo el hábito de la lectura profunda y secuencial y, por tanto, la comprensión compleja y crítica del texto y el contexto. Esta práctica demanda tiempo y soledad, una cierta separación del mundo. Sí, también estamos confundiendo la calidad y la identidad de los formatos textuales. Nuestro lenguaje se empobrece. Pero nuestros mundos narrativos se han ampliado de manera infinita: la lectura se ha potenciado con la fotografía, el video, la música, el runrún de las calles. Todo el conocimiento del mundo parece estar delante de nosotros.

Leo la novela Brújula de Mathias Enard. La descripción de Estambul es concisa, bella, a veces divertida. El personaje tiene melancolía y fiebre. Para calmarse escucha Bendición de Dios en la soledad, compuesta por Liszt, y luego pasea por el viejo barrio de Sisli. No resisto. Abro YouTube y escucho La bendición dirigida por Abreu; abro Google Maps: la Go Camera me lleva a Miralay Kazim, una calle de Sisli. Siento el placer de caminar; de hecho, camino. No me puedo detener: leo la biografía de Liszt, miro pedazos de un film de Ken Russel (Wagner le roba partituras a Liszt), leo partes de Women in Love, miro fotos de Glenda Jackson. Me disperso y gozo.

* es sociólogo.

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