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‘L.O.V.E.’ o el extravío del amor

‘L.O.V.E.’ trata de desmitificar el amor, trata de lanzar un misil necesario a la línea de flotación del romanticismo

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo *

00:19 / 11 de septiembre de 2019

Uno: L.O.V.E. llega desde Santa Cruz con buenas referencias, éxito de público durante dos temporadas en el Centro de la Cultura Plurinacional, y un prometedor elenco. Leo elogios en la prensa. Es una buena oportunidad para poner el termómetro y medir la salud del teatro hecho en Santa Cruz. Al cabo de una hora larga, el frío se apodera de mí. L.O.V.E. es una obra que no presenta conflicto, carece de tensión y vuelo, (no) fluye deslabazada. Y mientras se hace a la enigmática, se atora y no sabe a dónde va ni de dónde viene.

La obra podría funcionar por separado como monólogos, ya que los cinco actores y actrices van por libre. Podría ser un relato armado con cinco cuentos negros de soledad, muertos de pestilencia y fracasados en el desamor. Podría. Pero L.O.V.E, escrita por el cruceño Sebastián Romero, sigue los rumbos del extravío. El primer problema de nuestro teatro es el texto. ¿Será por eso que debemos recurrir a dramaturgias foráneas de tanto en tanto?

Dos: L.O.V.E. trata de desmitificar el amor, trata de lanzar un misil necesario a la línea de flotación del romanticismo, trata de contar un cuento de terror apocalíptico con ciudades futuras de nuevo amuralladas y guerras por doquier. Trata de crear una distopía existencialista con atmósfera pesimista de malos olores y cuerpos que se devoran por dentro. Trata de resucitar a los que esperaron algún día a Godot, pura desesperanza. Trata. El segundo problema de nuestro teatro es la pretenciosidad.

Tres: el A.M.O.R. vive en una calle oscura con escalera y pared, con ventana-puerta-ventana, con cuatro vecinos y un mendigo errante que juega los dados en una noche macabra. Y allí, la Doña (Paola Ríos), la loca de las ratas, sola, triste e incapaz de amar (como toda la vecindad), crea lazos con sus animalitos que alimenta con veneno comprado en la tienda de don José. Allí, la Chica (Glenda Rodríguez) habla desde la amargura, divaga sobre la siniestra gata sin boca de Hello Kitty, y envidia a una amiga asquerosa y feliz de la infancia (la Huelecocho). ¿Qué se puede hacer con la felicidad ajena?

Allí también el Hombre (Raymundo Ramos) extraña a su caballo muerto, el Bolívar, y regresa de un infierno futuro que no quiere volver a sufrir. Y allí, finalmente, el Contratista matón (Fred Núñez, el más desparejo) y el Mendigo (Pedro Montefinale) tratan de señalar el camino hacia el “allá” salvador. El reparto levanta la obra a ratos, para después mostrarse incapaz de resucitar el muerto del texto, de sostenerse en algún asidero (la calle es un no lugar) y de transmitir el descenso dramático al abismo. Los “veteranos” Ríos, Rodríguez y Ramos —especialmente— quieren pero no pueden. El tercer problema del teatro son los elencos desiguales, las (sobre)actuaciones irregulares y recitadas.

Cuatro: para hacer “moderna” una obra, algunos piensan que las imágenes de video son obligatorias. En un porcentaje muy elevado de puestas en escena, el audiovisual es una herramienta inútil, molesta y no aporta nada. Es un camuflado intento de disimular los agujeros negros del texto. L.O.V.E. no es la excepción. ¿Suma o resta que los actores reciten sus palabras a ratos desde la imagen proyectada? ¿Suma o resta que aparezcan fotografías de guerra y destrucción para “transmitir horror”? Las imágenes que acompañan a cada papel no ayudan al buen elenco en sus necesidades dramáticas. La tendencia al audiovisual del director Fred Núñez y la productora Mónica Heinrich, ambos con larga trayectoria en publicidad, juega una mala pasada. El cuarto problema es el arte audiovisual “de apoyo”.

Cinco: es verdad que la noche del pasado viernes no daba para salir, es verdad que hacía frío, llovía harto y hasta nevaba en El Alto; pero aun así, en el primer pase de L.O.V.E. cuento a 11 personas en El Desnivel de Sopocachi. El quinto problema es que somos muy pocos al otro lado de la última pared, y los que somos, siempre los mismos. ¿Qué pasará cuando muera el teatro? Bailaremos todos juntos en un callejón sin salida mientras Nat King Cole canta L-O-

V-E. El amor —o algo parecido— no fue hecho para esta vecindad solitaria.

* es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo. 

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