Columnistas

Jóvenes bolivianos a Brasil y Argentina

La principal causa de la migración entre los jóvenes es  la escasez de pegas satisfactorias y estables en el país

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

22:30 / 09 de septiembre de 2017

El 24 de julio, en La Razón se publicó un amplio reportaje de la UMSA sobre jóvenes bolivianos entre 15 y 29 años que migraron al exterior, elaborado con base en datos del Censo 2012. De un total de 49.018 emigrantes jóvenes, un 36,5% provenía del departamento de La Paz, principalmente de las ciudades de La Paz, El Alto y Viacha (hasta un 61,6%), consideradas parte del “eje metropolitano” de la región, para ir a la metrópolis de Buenos Aires (Argentina), y otro 30,5% a Sao Paulo, constituyendo el 54,8% de los inmigrados al Brasil de ese sector etario.

A su vez, el departamento de Cochabamba, que antes era el paladín de la emigración al exterior, ha quedado relegado en este grupo etario a un distante segundo lugar (con un 23,2% del total), muy cerca de Santa Cruz (22,7%). Muchos de los inmigrantes se dedican sobre todo a la costura, en talleres relativamente precarios y sin mucha protección laboral, sobre todo en el primer año. Y es que la causa fundamental de la migración entre los jóvenes es precisamente la escasez de pegas estables y satisfactorias dentro del país, especialmente en el sector que busca trabajo por primera vez. Este dato es ante todo una llamada de atención a nuestras autoridades.

Es parte de lo que desde años atrás se llamaba la fuga de cerebros, en este caso nuevos y fresquitos; por no hablar del caso más dramático de la fuga de cerebros ya bien formados en alguna universidad del exterior o del país, problema que aquí no vamos a profundizar.Hay otro matiz clave que desearía enfatizar en ese contexto tanto latinoamericano como mundial: deberíamos ser capaces de combinar la denuncia a las infracciones de la Justicia con las propuestas creativas hacia la paz y la reconciliación, o lo que algunos llaman la Justicia transicional.

Concluyo con una idea central del jesuita peruano Miguel Cruzado expresada en un reciente artículo titulado Agentes de reconciliación en un mundo fracturado (ver mi columna del 30 agosto 2017): “Las obras y proyectos se institucionalizan y profesionalizan de modo que pierden flexibilidad para responder a un discernimiento siempre renovado de la misión. La gestión institucional nos hace olvidar que las obras no son la misión, sino que están al servicio de ella (...) Referirnos a la perspectiva de la reconciliación en la misión significa atender tanto al modo en que ella orienta trabajos y ministerios (...) como a la vida, el discernimiento y el modo de proceder”. “Las teologías de la reconciliación, en algunas partes de la Iglesia, se han presentado como alternativa a las teologías de la liberación y su énfasis en la Justicia. El lenguaje de la reconciliación se ha vinculado más frecuentemente a relaciones interpersonales y reflexiones religiosas, mientras que el de la Justicia es más social y con líneas de reflexión desde las diversas ciencias humanas y sociales, de modo que la misión de reconciliación podía ser comprendida como un retroceso en la dimensión macro-social de la misión y en el recurso a las ciencias humanas y sociales para la reflexión de la misión (...)”.

“La reconciliación no es una versión edulcorada de la Justicia, ni la nueva síntesis de fe y Justicia, sino el énfasis de una perspectiva de la Justicia para este periodo histórico de exacerbación de violencias y conflictos, que se vive siempre en el servicio de la fe y como exigencia absoluta de ella (...) El énfasis en el vínculo entre reconciliación y Justicia es una llamada a mirar y atender las desgarradoras situaciones de conflicto que se viven en diversas partes del mundo, que afectan especialmente, y como siempre, a los más pobres y vulnerables (...). Responde a un contexto histórico marcado por los conflictos y la violencia, que estuvo ya presente [en el pasado reciente] pero que no ha dejado de crecer desde entonces (...)”. Volveré a ese tema en otro artículo.

es antropólogo lingüista y jesuita. 

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