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A los niños la captura obsesiva de imágenes no les suma, pues para ellos las experiencias les son irreemplazables.

La Razón (Edición Impresa) / Paula Martino es psicoanalista argentina

00:08 / 10 de octubre de 2017

Ser mirados es la consigna; ser mirados para existir. Existir en la época actual implica existir en las redes sociales, donde la relación con el otro queda reducida a un intercambio de imágenes que intentan traslucir estados de felicidad absoluta y donde todos parecerían tener la vida de una estrella hollywoodense.

De manera silenciosa, el vínculo entre las personas se ha ido desvirtuando. El mirar a los ojos a alguien ha quedado atrás. El mirar de hoy se define por una mirada refugiada y escondida detrás de una pantalla. El espectador invisible da signos de su presencia a través de un icono, a mi criterio poco agradable, un pulgar levantado (me gusta) o en posición inversa (no me gusta).

Y sí, los avances de la tecnología lo han hecho posible: todo, absolutamente todo puede ser fotografiado, filmado, relatado y “compartido” casi en el mismo instante en que sucede. Solo se requiere tener un teléfono y señal de internet. Si esto no sucede, las personas parecen entrar en un estado de desconcierto y desolación. El momento vivido deja de tener valor si no puede ser mostrado a los demás.

Ya desde que llega un niño al mundo (e incluso desde que está dentro del vientre de su madre), hay una obsesión por el retrato, por la captura de imágenes: ecografías en 4D, que les anticipará a los padres cómo es la cara de su hijo, gran enigma que hoy en día no puede esperar nueve meses. Los padres llegan a pagar mucho dinero por estas imágenes, las que, lejos de brindar algo más que las tradicionales en lo que a la salud respecta, se promocionan por ofrecer alta definición, particularmente del rostro del bebé. Sin embargo, como todo objeto que propone el mercado como garante de felicidad o satisfacción plena, nunca colma lo prometido, y muchas personas se sienten defraudadas al ver estas imágenes comprimidas. ¡Tan solo había que esperar un poco más! Luego, al nacer llega la segunda etapa: el niño se enfrentará a las cámaras. Será filmado, fotografiado y compartido (virtualmente claro está) en casi todos sus momentos.

A las nuevas generaciones les resulta difícil concebir un mundo fuera de los avances tecnológicos. La compulsión por la captura de imágenes muestra a los padres de hoy en día ofrecer a sus hijos una sola mano. Y ustedes se preguntarán ¿por qué? La respuesta es simple: porque con la otra sostienen su teléfono celular, el que, en el mejor de los casos, está filmando o fotografiando al niño. Digo en el mejor de los casos porque, para tomar un ejemplo concreto, más negativo es aún que una madre esté amamantando a su hijo, sosteniéndolo con una mano y escribiendo con la otra mensajes en su teléfono celular.

Entonces, volviendo al primer caso de un niño que es fotografiado o filmado, con una mirada distraída y repartida entre lo que el camarógrafo quiere obtener de la escena y el pequeño que, como todo bebé atento a los signos de amor, no deja de mirar a los ojos de su madre o su padre, pero también a ese dispositivo electrónico, tan preciado en el contexto familiar, que lo intenta captar insistentemente en una escena digital... como se suele decir, el problema son los excesos.

El problema comienza cuando el interés por la captura de imágenes desplaza a la vivencia en sí misma, cuando el interés por mostrar la escena cobra más importancia que el momento vivido. El registro virtual excesivo es muy dañino para los niños y los infantes. A ellos la captura de estas imágenes no les suma, pues las experiencias vividas les son inigualables, irreemplazables. Dos brazos que lo levanten, una madre que mientras lo amamante acaricie su rostro y lo mire a los ojos, le cante, le hable y le transmita cosas que jamás en la vida, aunque no las recuerde, olvidará.

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