Columnistas

Ilusiones de las TIC

Eliana Quiroz

06:50 / 15 de octubre de 2018

Las tecnologías de información y comunicación (TIC), internet, concretamente, son subyugantes. Comparten un halo de modernidad, de conexión con el mundo, de globalización. Se cree que tienen la capacidad de resolver nuestros problemas con poquísimo esfuerzo, casi solo presionando el botón de encendido de nuestros equipos. O al menos de esa manera las empresas y algunos organismos internacionales publicitan a la tecnología.

Por ejemplo, el programa She Trades promueve la inclusión de mujeres al comercio internacional. Entonces, no tiene mucho pudor en decir que mujeres periurbanas y rurales pueden vender sus productos en un mercado global a través de internet; y muestran ejemplos de esto, pero no explican que entre una mujer que vende sus productos artesanales en su pueblo y una mujer que vende sus productos artesanales al mundo a través de internet hay una serie de pasos y condiciones que resultan onerosos en tiempo, dinero y energía. Se requiere conocer algo de tecnología para contratar a alguien que desarrolle el sitio web o al menos saber operar un sitio de Facebook u otra plataforma; se requiere conocer los mercados donde se quiere llegar: temporadas, gustos, patrones culturales, etc., muy probablemente se requiere asimismo saber hablar inglés y conocer políticas de comercio externo. La tecnología claramente en este caso complica más las cosas, y puede ser fuente de frustraciones más que de éxitos. Pero la forma en la que se la publicita promete otra cosa: la inclusión al mercado global de una manera sencilla.

Otras manifestaciones de esta ilusión de la tecnología como solucionador de todos nuestros problemas son los casos de muchachos y muchachas que ganan un concurso por el cual van a la NASA o a un concurso internacional. Las noticias nunca cuentan el esfuerzo de volverse experto en un lenguaje de programación o en tecnología robótica; solo queda la idea de que al acercarse a la tecnología también se accede al mundo. No se cuenta por ejemplo que muchachos que juegan ajedrez o se dedican al deporte también tienen contacto con el mundo cuando compiten con sus pares. Ahí el relato que se construye es que los deportistas no reciben apoyo del Estado, como si los tecnólogos sí lo recibieran.

Estas ilusiones acerca de la tecnología construyen nuestra realidad. Somos más felices si tenemos el último Smartphone, aunque no sepamos utilizar todas sus capacidades, solo porque tenemos tecnología en nuestras manos; no pensamos que ahí las únicas que ganan son las empresas que venden la tecnología con la promesa de resolver problemas, y encima obtienen nuestros datos que comercian. Un negocio redondo, en el que nosotros actuamos en todas las fases como simples sujetos pasivos.

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