Columnistas

Fiesta multiétnica y racismo legal

Esa imagen idílica de fraternidad se empaña cuando   en esa misma Europa se niega el derecho de asilo.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Barrios Iñiguez

00:23 / 09 de julio de 2018

En el dulce rubor de un verano ya presente, Europa abandona sus abrigos de invierno para vestirse ligero, alegre, casi con traje de gala. Es un ambiente de regocijo colorido que parece consagrar la tolerancia, la hermandad y la solidaridad entre pueblos y culturas.

Poniendo de relieve esa primavera de tolerancia, en el chauvinismo futbolero aplaude cada quien a su equipo nacional. España a sus vascos, valencianos o catalanes sin evocar reivindicaciones nacionalistas. Y Francia a sus 18 jugadores multiétnicos (Dembele, Mbappé, Lemar, Pogba,

Tolisso, Kanté, Matuidi, N’zonzi, Fekir, Mendy, Sidibe, Umitti, Kimpembe, Varane, Rami, Hernández, Arreola, Mandanda, sigue en vida —sin olvidar los cinco jugadores franco franceses Lloris, Griezmann, Pavard, Thauvin y Giroud).

En los países de la ex Yugoeslavia ya no se escuchan los argumentos que justificaron guerras étnicas, masacres y genocidio. Ya no hay diferendos entre montenegrinos, serbios, croatas o macedonios que comparten las mismas camisetas.

Todo esto muestra una imagen de integración étnico-cultural conforme a la composición real de la población de todos los países del mundo. Así, entre los equipos árabes se ven “haratinas”, descendientes de esclavos de origen africano. Lo mismo que en las delegaciones de América Latina. Entre los asiáticos tampoco se siente egoísmos excluyentes.

Pero, lamentablemente esa imagen idílica de fraternidad se empaña cuando en esa misma Europa se niega el derecho de asilo; se adoptan leyes que castiga la solidaridad; se prohíbe la fraternidad para atender y ayudar a náufragos migrantes. Según el criterio mayoritario de los políticos europeos, son hordas que van a “invadir y ensuciar” la identidad de un país como el de la nívea Francia, de los países de Europa Central y Oriental, Polonia, Dinamarca, Suecia, Alemania, Italia, Inglaterra, Portugal y los demás.

No han pensado los Macron, Merkel, May y otros que en esos barcos que corren peligro de naufragio están los hermanos, primos, vecinos de esos jugadores vario-pintos que hinchan de orgullo nacionalista el pecho de sus barras. Si esas grandes estrellas han logrado ingresar a Europa y merecer un pasaporte, no quisiera imaginar que es por el simple hecho de ser una mercadería de buen rédito. Los deportistas son utilizados, y para los dirigentes políticos de esos templos de la democracia las delegaciones multiétnicas tienen dos efectos (para ellos positivos): abarrotar con medallas los tableros del ego nacionalista y dar argumentos que los presentan como países solidarios.

¿Y qué piensan los 230 ilegales que se aferran a la vida y a la borda del paquebote Lifeline? Doscientos treinta seres humanos aterrados que hacen temblar, en las costas de Malta, las estructuras añejas de europeos amnésicos que olvidaron cómo se recibió en el continente americano a millones de migrantes a fines del siglo XIX y principios del XX. Ni hablar de los países africanos, cuyas riquezas sirvieron para consolidar la riqueza de las potencias coloniales.

Con esto en mente, vemos que las posiciones xenófobas de Trump encuentran eco en Europa. Por ello, se debe analizar la posición estadounidense respecto a la multietnicidad, la migración y el Mundial que organizarán con México y Canadá. Y no nos dejemos confundir. Estas fiestas multitudinarias son utilizadas y no representan para nada un mundo multiétnico y solidario. Para decirlo simple y claro, las fiestas de integración multiétnicas, para los políticos, solo sirven para lograr grandes ganancias económicas, jugando con los sentimientos. Otra cosa son sus políticas racistas excluyentes.

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