Columnistas

Evolución del espacio democrático

Estos grupos móviles han logrado otro tipo de conquista espacial en términos funcionales a sus intereses.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:09 / 21 de junio de 2018

Atenas fue la primera urbe que llevó al individuo a sentirse ciudadano, al transformar la vida de sus habitantes con la creación del espacio “democrático”, el cual se convirtió en el lugar de expresión más importante de las necesidades, pensamientos y reflexiones de la ciudadanía. A pesar de ello, y por la conformación de las distintas clases socioeconómicas, en el siglo VI ese preciado lugar desapareció. Empero, en aquella época otras ciudades griegas menores comenzaron a erguirse gracias a la imitación y la construcción de aquel espacio de expresión ciudadana, el Ágora.

En cambio, en otras ciudades como La Paz desde su inicio existió el trazo urbano, un espacio central donde se aglutinaba a la ciudadana, además de cumplir distintas funciones esencialmente militares y religiosas. La plaza Murillo estuvo remarcada por las edificaciones más importantes como fueron el Cabildo y la Iglesia. Y, lo más significativo, después se transformó en el primer espacio público real sin restricciones extremas.

Posteriormente, en los años 70 del siglo pasado nació el verdadero primer espacio público del país, San Francisco, en tanto la ciudadanía se apropió de ese lugar para expresar sus reivindicaciones sociales. Durante años, y aun hoy en ciertas ocasiones, aquella gran explanada aglutinó grandes concentraciones políticas, dejando huellas infinitas que relatan todo tipo de hechos cuyo sentido de búsqueda de significación social lo han convertido en un espacio democrático que registra formalidades sociales inéditas.

Pero como todo evoluciona, los movimientos sociales empezaron a utilizar a la caminata como medio de expresión de exigencias socioeconómicas, apropiándose de las calles del centro de la ciudad. Un principio todavía actual, logrado a través del movimiento de los cuerpos que claman ideales significantes; y que por tanto se convierten en un producto social.

Sin embargo, hoy se puede afirmar que ha nacido un nuevo espacio público de libre expresión, “el móvil”, cuyo poder de convocatoria no requiere de una planificación bien estudiada, ya que no faltan los ciudadanos que se acoplan a los llamados. Además, y ahí lo más interesante, no requiere de espacios establecidos, porque, haciendo honor a su nombre, se trata de “espacios móviles” en los que la comunidad se desplaza de lugar en lugar.

En los últimos años, estos grupos “móviles” han articulado sus concentraciones en distintos lugares. Aparecen, se asientan durante tiempos breves en lugares estratégicos o en los más importantes económica y socialmente. De esta manera, la misión de esta nueva expresión social queda cumplida, porque la idea es imponerse, crear caos, manifestar reivindicaciones y, por último, desaparecer.

Por tanto, estos grupos han logrado otro tipo de conquista espacial en términos funcionales a sus intereses, porque al ser móviles, como ya antes se dijo, llegan, transgreden todo orden, pero consagran el privilegio de moverse en grupo. Y con ello nacen los “espacios del anonimato”, en los que la comunidad experimenta o expresa sus anhelos, y con ello crean los neolugares, que si bien dejan huellas, éstas no siempre logran consolidarse dentro de la memoria urbana.

Por todo ello, las expresiones móviles convierten a esos ciudadanos en meros grupos que se forman y desintegran al azar, aunque no dejan de ser simbólicos de la condición de la sociedad actual y, por qué no decirlo, del futuro.

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