Columnistas

Dis-continuidades des-integracionistas

La integración es una condición de posibilidad de existencia con dignidad para nuestro continente.

La Razón (Edición Impresa)

00:20 / 10 de agosto de 2017

Cada época tiene sus rasgos característicos, que no siempre se manifiestan como identidades consolidadas, sino como acciones inacabadas, e incluso como ausencias. Esto es lo que pasa en nuestro tiempo, que tiene como una de sus condicionalidades históricas la integración, pero que por razones combinadas de política interna, de fragilidades institucionales y de geopolíticas internacionales, no deja de moverse en los marcos de resbaladizos procesos de discontinuidad.

Si miramos la realidad contemporánea desde la égida de los riesgos globales que aquejan nuestro planeta, nos encontramos que las soluciones frente al terrorismo internacional, el narcotráfico, los desplazamientos forzados, el cambio climático y todas las problemáticas conexas que conllevan no pueden ni pensarse siquiera al margen del multilateralismo y de la convergencia. La integración es necesaria.

En un mundo globalizado cuyos andares económicos siguen las huellas de la conformación de grandes consorcios, los proteccionismos aparecen solo como recursos temporales para reanudar los caminos de la posmodernidad con asociaciones de consolidación de la expansión geoestratégica desde el norte y con institucionalidades de resistencia a las vulnerabilidades y de proyección desde los sures. Para nuestro continente, la integración es una condición de posibilidad de existencia con dignidad.

La realidad es así, pero pareciera que estuviéramos empeñados en el decurso contrario: el de la discontinuidad y la desintegración, confiados acaso en la capacidad de resiliencia de nuestro continente que lo sabemos inconexo y con procesos inacabados de superación de las fragmentaciones. Cuando más lo necesitamos, optamos por poner en receso entidades de la importancia estratégica de Unasur, cuyo concurso es insustituible como facilitador de diálogo, por ejemplo, en la búsqueda de salidas a la crisis que atraviesa Venezuela; sin embargo, se opta por convertirla en espectadora de los desatinos de la OEA. Sin integración, nos rezagamos como región.

Los desequilibrios económicos entre nuestros países, y en su conjunto con otras regiones, solo pueden superarse en el marco de intercambios regionales con políticas de cooperación sur-sur y de superación de las asimetrías. Ejemplos emblemáticos los tenemos en el funcionamiento de las zonas de libre comercio y mercados ampliados de la CAN y el Mercosur. No podemos desprotegerlos con mecanismos bilaterales de negociaciones transregionales que tienden a transgredir sus institucionalidades. Sabemos que las dinámicas nacionales deciden las marchas de los organismos regionales, pero sus retrocesos no deberían debilitar sus perspectivas estratégicas ni sus frágiles constituciones desprovistas de mecanismos supranacionales.

América Latina, al influjo de las políticas de sus países con iniciativas por el cambio de la matriz productiva, el reparto equitativo de la riqueza, la universalización de los servicios, el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y sus constitucionalidades como Estados garantistas de los derechos colectivos, había posibilitado el diseño de un regionalismo de nueva generación que no puede ser desmantelado por gobiernos que quisieran volver a los esquemas del regionalismo abierto. Habíamos transitado ya de la integración comercialista a la integral con inclusión ciudadana.

En el contexto de celebración bicentenaria de los procesos independentistas nos toca cumplir la tarea pendiente: la construcción de una sola y gran nación con sistemas de gobernanza regional donde confluyen y se complementan todos los países, pueblos y organismos subregionales.

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