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Desnudos

‘Nuestros emails son cartas que viajan expuestas al cartero, sin goma ni sobre que las cierre’ (Carlos Domínguez)

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

23:54 / 25 de mayo de 2018

A cada intento de ingresar a mi correo de Yahoo, me sale un mensaje con el título “Antes de continuar (…)”, en el que se me informa que Yahoo forma parte de la familia “Oath” (compañía de medios digitales y móviles con más de 50 marcas internacionales) y que por la normativa europea de “protección de datos” necesitan mi consentimiento para instalar cookies en mi dispositivo a fin de utilizar mis señas de búsqueda, ubicación y navegación, para entender mis “intereses y personalizar y medir anuncios (…)”. Además, señala que me van a proporcionar anuncios personalizados y que van a analizar “comunicaciones, como emails, para adaptar el contenido y los anuncios”. Luego me promete resolver mis necesidades de entretenimiento mediante ofertas personalizadas, porque su tecnología analizará mis comunicaciones, incluyendo correos.

Finalmente me insta a dar el “OK”. Si no lo hago, me promete una sanción: “no podré acceder a sus sitios web ni a sus aplicaciones. Y efectivamente si intento evadir la conminatoria, no puedo acceder a mi cuenta de correo. Queda claro que si no me someto, si no doy mi “okey”, adiós cuenta de correo electrónico. Este procedimiento no es más que una sutileza del servidor. Si uno pone atención, cualquier aplicación o programa, por más sencillo que sea, te pide acceso a tu información, a tu correo, a tus fotografías, etc. Nada es gratis. Te entregas o te entregas.

Ya en 2012 Michal Kosinski, profesor de Psicología de la Universidad de Cambridge, descubrió que con solo analizar 68 “Me gusta” podía deducir el color de la piel, la inteligencia, religión, adhesión política, orientación sexual, consumo de alcohol o tabaco de un usuario de Facebook.

El espionaje comercial se ha convertido en político; asimismo se ha convertido en un icono el empleo de información de más de 50 millones de usuarios de Facebook para favorecer la campaña presidencial de Donald Trump, con la creación de mensajes personalizados capaces de influenciar en la decisión de los electores. Se creó publicidad diferenciada por ejemplo en el tema de las armas. A los inestables emocionales les enviaron mensajes centrados en el miedo a los robos, a los conservadores les mandaron fotos idílicas de un padre y su hijo con rifles de caza. Se utilizaron sistemas similares para las campañas por el brexit en el Reino Unido, la de Rajoy en España, la de Peña Nieto en México…

En el artículo El tierno ganado de la web, publicado en el semanario Brecha del Uruguay, Carlos María Domínguez afirma que “nuestros emails son cartas que viajan expuestas al cartero, sin goma ni sobre que las cierre; nuestros foros son un semillero de confesiones jugosas, pero una serie de señales sencillas nos han inducido a creer que nos movemos en espacios lacrados. Es una ilusión poderosa, semejante a la naturalidad con que 500 años después de saber que la Tierra gira sobre su eje, repetimos que el Sol sale en las mañanas y se oculta en la noche. Es necesario tener una cabeza científica para comprender la facilidad con que nos engañan los sentidos…”

En los inicios de internet, nos “vendían” incluso a través de avisos en los periódicos. La oferta era de miles de direcciones de correos electrónicos. Los clientes de ese comercio eran empresas de publicidad, que podían llegar con sus mensajes directos a esos miles de potenciales clientes. Ahora las cosas se han sofisticado un poco.

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