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Delgada + bonita = buena, ecuación malsana

Siempre me gustó más lo que podía llegar a hacer que lo que ya era, sobre todo si hablamos de mi cuerpo. Se requiere de esfuerzo para sentir que tu cuerpo no es una trampa en la que estás atrapada.

La Razón (Edición Impresa) / Lauren Covalucci

00:27 / 15 de febrero de 2020

Siempre me gustó más lo que podía llegar a hacer que lo que ya era, sobre todo si hablamos de mi cuerpo. Esto comenzó a los tres años en la clase de danza, donde las otras niñas, a diferencia de mí, tenían brazos y piernas delgados. Sus calzas, a diferencia de las mías, no se les enterraban en la cintura como un cinturón rosa alrededor del relleno de un osito de peluche. Y sus cachetes no se ponían colorados después de la clase. Cuando cumplí los 13, mi cuerpo ya se había estirado y adelgazado. Mi profesora me dijo: “Por fin pareces una bailarina”. Diez años de pasión infantil no pudieron llevarme a ese nivel, pero la pubertad sí. Nueve años más tarde, en cuanto la pubertad pasó, aprendí que podía lograr una transformación igual de mágica simplemente dejando de comer.

Cuando pienso en esa época, siento que desperté de una pesadilla, como si me incorporara en la cama a las cuatro de la mañana, parpadeando y recuperando el aliento mientras trato de volver a la realidad y reconciliar las cosas que hice en sueños con la persona que eres al despertar. Ese es el contexto que les doy a recuerdos como la vez en la que, hace cinco años, comencé una escandalosa pelea en público con mi novio de la universidad porque me había comprado una porción de pizza un sábado por la noche.

Mi postura fue ésta: “Dije que no quería una porción de pizza. Jamás me escuchas. Ni siquiera me respetas lo suficiente para no comprarme una porción de pizza. Cuando digo no, es no”. Sí, eso fue lo que dije. No puedo explicarle qué pasó porque ya no tenemos contacto. No sorprende que la separación haya sido desastrosa, debido a nuestra mala compatibilidad emocional, pues él era optimista (“¿No puedes simplemente ser feliz?”); y yo estaba deprimida (“No funciona así”). Una noche, mientras crecían nuestros intercambios hirientes, fue a la yugular: “Subiste de peso”.

Quizá el amor parezca intolerablemente complejo a los 22 años, pero para mí había una ecuación emocional drásticamente sencilla: delgada + bonita = buena. Después de que él y yo termináramos, me puse a dieta y traté de sentir lo menos posible. La cena a menudo era alcohol (vermouth directo de la botella, a veces con vodka) y antidepresivos poco eficaces. El desayuno eran dos claras de huevo revueltas con tomate y 50 calorías de mozzarella. El almuerzo era una papa horneada en el microondas con ketchup y crema agria sin grasa.

A veces comía una manzana como postre. Si comía pechuga de pollo con brócoli, me sentía como si hubiera hecho algo malo. Salía demasiado a citas, para coquetear y alimentarme de las miradas, que hacían más por mantenerme en pie que todos los carbohidratos que no ingería.

Durante esa crisis de sábado en la noche por la porción de pizza no me di cuenta de que en realidad me estaba gritando a mí misma, no a él. Le gritaba a mi cuerpo por no lucir de la manera en que pensé que debía hacerlo. Estaba enojada porque me resultaba muy difícil ser delgada. Si fuera más delgada, sería mejor y me amaría, pensaba. Las jóvenes tienen el don de odiarse, pero las gorditas pueden ser grandes sabias del odio autoinfligido. De niña no tenía palabras para describirlo, pero algo en mí estaba tan triste y mordaz como para acumular todos los momentos que me decían que no era lo suficientemente buena.

El ballet resonaba con esa parte autocrítica y despiadada de mí. En el ballet no te detienes hasta que te sale bien. Cuando estás mareada y tus pulmones están drenados y tus músculos están gritando como una tetera que dejaste sobre la estufa demasiado tiempo, ahí es cuando te ves en el espejo para ver si ya lo dominaste. Si no es así, buscas la parte de tu cerebro que te dice que descanses y la ahogas hasta que deje de patalear. Debes seguir adelante y poner los dedos de los pies en punta. Morirte de hambre es mucho más fácil cuando tienes 15 años de entrenamiento para ignorar tus instintos de supervivencia.

Para cuando Ian y yo nos conocimos por fin estaba delgadísima. A veces me preguntaba si estar así de delgada estaba mal (una idea que empapaba en alcohol). Ian era divertido, tocaba mi trasero en los bares y quería dormir conmigo. Estábamos saliendo de manera exclusiva antes de siquiera darnos cuenta, y yo estaba enamorada de él antes de que me hubiera dado cuenta de lo bien que nos llevábamos.

La comodidad que siente otra persona contigo puede hacerte olvidar la incomodidad que sientes contigo misma. Íbamos a bares y nos emborrachábamos de manera agradable, comíamos pochoclos con manteca en el cine porque era divertido. Comenzamos a adaptarnos el uno al otro: cambié de horario mis rutinas en el gimnasio para poder estar más tiempo juntos. A veces cenaba dos veces porque él me enviaba un mensaje de texto de manera inesperada, y me decía que quería verme esa noche.

Esas mariposas eran una distracción linda, hasta que subí un poco de peso. Después, la inseguridad y el odio latentes regresaron de prisa, amenazando con abrumar la comodidad de esta nueva relación. Se lo dije a la terapeuta que me había acompañado durante todo este proceso (que me había escuchado analizar la horrible separación, y no estaba sorprendida de enterarse sobre mis cenas de vermouth y mis purgas de ebriedad) y le dio un nombre: “Este es un trastorno alimenticio. Es lo que padeces”.

En ese momento me hundí de verdad. Una noche, cuando estaba tan deprimida que no podía pararme del piso, Ian vino a recogerme. Mi terapeuta me dijo que me quedara en el departamento de Ian durante esa semana como una alternativa para no internarme. Pasé las mañanas en el piso en una esquina de la habitación de Ian, envuelta en una cobija, llorando porque ya no podía hablar con oraciones completas, y mi cerebro no funcionaba bien. Un día, el compañero de departamento de Ian me escuchó llorar, y jamás volvió a sentirse cómodo cuando yo estaba cerca. No sé si lo culpo.

Terminé por mejorar. Debía hacerlo. Si no, habría sido una inútil. Encontré medicamentos que ayudaron. Comía más y no lo vomitaba. Ian no terminó conmigo, porque cree que soy la persona más sensata que conoce. Esa es una de las cosas más agradables que he escuchado. A veces, cada vez menos, aún me acurruco bajo las frazadas y no puedo salir de la habitación, y él me sostiene mientras lloro y me dice: “Eres mi persona favorita”. Su persona favorita había subido 27 kg desde que lo conocí, pero él ha dicho esas palabras (tóxicas) solo una vez: “Bueno, pues subiste de peso”. No lo culpo. Lo presioné para que lo dijera, pues quería validar el odio a mí misma, pero así no es como él me ve. Las palabras perdieron su toxicidad cuando él las dijo.

No tengo un final. He subido más de peso desde entonces. Hay negocios que venden ropa para mí, pero la mayoría no. Estoy aprendiendo a vivir con el hecho de que éste es el cuerpo que genéticamente debo tener, que no soy Courteney Cox interpretando a la joven Mónica con un traje de gorda. Estoy aprendiendo a vivir con la manera en que el mundo me ve ahora: como un problema. A veces acepto esa diferencia, pero es difícil. Se requiere de esfuerzo para sentir que tu cuerpo no es una trampa en la que estás atrapada. Se necesita esfuerzo para aceptar lo que eres en vez de luchar contra ello a cada oportunidad. Pero ese es el esfuerzo que se debe hacer.

Como comidas equilibradas. Me describo como gorda y estoy bien con eso. Me tatúo. Bebo demasiado, pero tomo Prozac como si fuera mi salvación. He gastado miles de dólares buscando ropa que se le vea bien a una mujer gorda. El saco de cuero que me compré en mi cumpleaños 19 jamás volverá a quedarme. Cuando estoy en un restaurante, es difícil saber cuánto espacio necesito para recorrer los espacios entre las mesas. A veces lo subestimo y me atoro.

El verano pasado fue la primera vez que un extraño me dijo gorda. Estaba en una vereda estrecha en la que solo cabía una persona. Él iba en su bicicleta atrás mío, y quería que me moviera para poder pasar, pero yo no lo hice. Por eso me dijo: “Voy a atropellar tu culo gordo”. Quería ahorcarlo, pero en cambio me hice a un lado con los brazos extendidos y le dije: “Adelante”. Él me miró fijamente, y yo hice un ademán como si fuera un portero en el Ritz.

Recorrí llorando los 3 kilómetros que me faltaban para llegar a casa, y después le envié un mensaje de texto a mi grupo de apoyo online para pedir amor. Ser gordo no es malo, dijeron. Y tienen razón. Pero no le envié un mensaje de texto a Ian. Él me conoce como persona, no como un cuerpo, por lo que es el refugio perfecto y la peor fuente de entendimiento. Algún día habré sanado más y me pareceré más a Ian, con su amor incondicional por mí. Y si alguien hace un comentario grosero sobre mi talla, diré: “Gracias. No te imaginas lo mucho que me he esforzado por ser así”.

* Escritora, especialista en marketing. © The New York Time, 2020.

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