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Comunidad

Lo que nos queda de la comunidad son los rastros, las huellas y recuerdos que asedian y que no tienen posibilidad de ser nombrados.

La Razón (Edición Impresa) / Farit Rojas / La Paz

02:46 / 02 de diciembre de 2019

Jean Jacques Rousseau fue, quizás, el primer pensador moderno de la comunidad, aunque es posible que haya pensado en la comunidad para escapar de la racionalidad ilustrada. En su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Rousseau retrata el origen como el retiro de la comunidad; no hay otra posibilidad más que referir que antes, en el origen, estuvo la comunidad. El “antes” es seguido por un “después” que se presenta como necesaria degradación. “Después” está la sociedad, la técnica y la historia.

Toda la obra de Rousseau, no solo sus discursos, justifican una afirmación positiva del origen a través del lamento de su desaparición, de lo que ya no está. Rousseau no pudo describir esta comunidad que estaba en el origen (no podría haberlo hecho. Sin embargo, la reivindica como nuestra primera verdad, previa a la sociedad civil, previa a la propiedad. La sociedad civil no se construyó sobre la base de la comunidad, la sociedad civil precisó de la destrucción de la comunidad. Y si de ella algo aún sobrevive, lo hace como fantasma, como huella de la falta.

Esta huella de la falta depende de su repetición permanente, por ello, la huella no puede ser nunca unidad. La pregunta por la comunidad no hace sino añadir matices a su reiteración como huella de algo que alguna vez fue. Entonces, solo encontramos la repetición de la huella como un fantasma antes que como un regreso definitivo del pasado perdido. Y como todo fantasma, aparece de vez en vez, y escapa en cuanto buscamos aprehenderlo. Como el don que no debe ser dicho, como el silencio que no puede ser pronunciado.

Si en “algún lugar” se revela este fantasma es en el “afuera” de la sociedad civil y el Estado. Es decir, en ese “afuera” que tanto la sociedad civil como el Estado tratan de impedir o evitar. Al que, sin embargo, cuando excede o invade los límites estatales y societales se lo trata de domesticar, de reconocer, a condición de eliminarlo. Paradoja de la representación: la comunidad representada no es la comunidad.

Entonces, lo que nos queda de la comunidad son los rastros, las huellas y recuerdos que asedian y que no tienen posibilidad de ser nombrados. Lo que queda no es otra cosa que la mirada retrospectiva de la pérdida de la comunidad. Una mirada que se entrega a la nostalgia de la comunidad. Nostalgia de la comunidad más arcaica, de la más antigua, de la previa a la sociedad civil y al Estado.

Es esta idea de comunidad la que vemos asomarse en las reflexiones de Roberto Espósito y de Jean Luc Nancy. La comunidad entendida como gravamen, o incluso como una modalidad carencial. ¿Dónde está la comunidad? Por supuesto que no podemos decir que está aquí o allá, pero justamente por esta falta, por esta ausencia, ésta es conjurada a cada momento.

* Es abogado y filósofo.

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