Columnistas

Cochabamba, la impura

Los principales impulsores de este atroz arboricidio que se vive en Cochabamba son las autoridades.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

00:11 / 11 de julio de 2017

La imagen paradisiaca de Cochabamba como un lugar entrañable para vivir armónicamente con la naturaleza, que le granjeó en el pasado el apelativo de “Ciudad jardín”, se ha convertido en un recuerdo remoto. La vida de sus habitantes entre flores y árboles (especialmente de eucaliptos impresionantes y molles majestuosos) se ha transformado en una añoranza de mejores tiempos que han pasado a la historia. Poco a poco, la cultura del cemento ha ido devorando (inexorablemente) la antigua Cochabamba que parecía trazada por un pincel divino, para convertirla, en nombre de la modernidad, en una de las ciudades más contaminadas de América Latina.

Como si se tratara de una carnada maléfica e irónica, las montañas que otrora embellecían el paisaje se han erigido en gigantescos murallones que no permiten la dispersión de los gases emitidos por los vehículos y las fábricas. Y esta polución que hoy en día se queda en la atmósfera ha transformado la ciudad en un infierno tóxico que afecta la salud de quienes vivimos en esta urbe impura.  

La imagen de Cochabamba como una ciudad amigable con los peatones y ciclistas es también una quimera. La realidad es más aterradora: por cada ocho habitantes hay un vehículo. Por lo menos 100 días al año Cochabamba permanece con una contaminación feroz, producida principalmente por los gases del parque automotor. Se estima que anualmente mueren, por esta razón, aproximadamente 170 personas.

La percepción de una ciudad atiborrada de árboles también se ha convertido en una imagen que evoca tiempos pasados. Cochabamba se ha convertido en un lugar donde la tala de árboles constituye una costumbre cotidiana que no solo goza de la complicidad de las autoridades, sino que, peor aún, son ellas las principales protagonistas de este atroz arboricidio.

Cochabamba no solo ha dejado de ser una ciudad sensible con la naturaleza, hoy se muestra inclemente con el medio ambiente, lo que pone en evidencia uno de sus peores rasgos: la ignorancia. La tala ilegal, masiva e indiscriminada está generando efectos perversos para la ecología y los ecosistemas locales. Pareciera que las autoridades ignoran la importancia que tiene un solo árbol, capaz de absorber hasta 22 kilos de dióxido de carbono, gas que, entre otras cosas, es el principal responsable del efecto invernadero que está calentando el planeta.

Aquella imagen de Cochabamba vinculada con la agricultura también está distorsionada; y ni siguiera hoy es una ciudad industrial. La actividad artesanal y rudimentaria asociada al procesamiento de yeso, a las productoras de piedra caliza y a las fábricas de ladrillo que abundan en la ciudad es otra de las pestes ambientales que hacen de Cochabamba una ciudad asfixiada no solo por los gases, sino también por la insensibilidad climática de las autoridades y de los propios cochabambinos.

En la capital del valle la atmósfera se convierte en un hálito empolvado por un humo que se desperdiga por todos lados. La sensación de que en cualquier momento se puede desplomar un pájaro muerto sobre uno de nosotros es constante.

Cochabamba es una ciudad de cemento, envuelta por un humo cotidiano insoportable que está convirtiendo a ese otrora oasis valluno en una ciudad desértica e insoportablemente impura. De seguir este deterioro ambiental, no sería una sorpresa que los cochabambinos de aquí a poco tiempo comencemos a usar máscaras antigás.

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