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Agradecido, pero con miedo

La Razón (Edición Impresa) / Pulso político-económico - Paul Krugman

00:00 / 03 de diciembre de 2017

Voy con un poco de retraso, pero sigue siendo la semana de Acción de Gracias, y se me ha ocurrido que tal vez debería hacer una lista de cosas por las que me siento agradecido. Ante todo, doy gracias por haber tenido los privilegios de haber nacido hombre blanco y de haber crecido y ejercido mi profesión en una época, quizá pasajera, en la que el antisemitismo abierto se había vuelto socialmente inaceptable. Para vergüenza propia, hasta hace poco no he apreciado plenamente lo grandes que son esos privilegios (y es probable que en mi fuero interno siga sin apreciarlo). Sabía que el racismo y el sexismo eran reales y seguían existiendo, pero era ajeno a lo atroces que eran (y son).

Doy gracias por haber nacido en una familia de clase media en un país rico, durante una época en la que la clase media aún compartía plenamente la riqueza del país y la movilidad social aún era elevada. Doy gracias por haber contemplado una enorme mejora medioambiental en Estados Unidos. Este es un tema mucho más importante, y ha supuesto una diferencia mucho mayor en la calidad de vida de lo que la mayoría de la población aprecia. Pero recuerdo cómo era el aire en las grandes ciudades estadounidenses antes de que la ley de protección medioambiental las limpiase; el aire en Nueva York dista todavía de ser perfecto, pero he estado recientemente en Pekín y en Nueva Delhi y, créanme, es infinitamente mejor de lo que podría haber sido.

Doy gracias también por haber pasado mi vida adulta en una época de tolerancia social cada vez mayor. Como he dicho, sigue habiendo muchísimo racismo y sexismo, mucho más de lo que, en mi despiste, había percibido. Pero aun así estamos mucho más abiertos que antes a todo tipo de diversidad. Si ven los datos a largo plazo de sondeos sobre matrimonio interracial (un tema que a mí me afecta personalmente) les asombraría lo fuerte que era aún el racismo por ejemplo cuando Ronald Reagan fue elegido presidente. Y si miran los sondeos sobre el matrimonio entre homosexuales, verán una revolución de creciente tolerancia desde los años de Bush. O si prefieren la cultura popular a las estadísticas de los sondeos, piensen en esto: antes la representación de Dios se parecía a Charlton Heston, pero ahora se parece a Morgan Freeman, y creo que eso es importante.

Como persona de mentalidad académica, doy gracias por haber ejercido mi profesión en una sociedad que valoraba los objetivos intelectuales. Cuando pasé a formar parte de la población activa, la gran caída de salarios y perspectivas económicas para la clase trabajadora estaba empezando, pero los salarios de las personas con una preparación alta seguían subiendo. Y tras especializarme en una ciencia social supuestamente importante para la política, doy gracias por los años en los que parecía que la lógica y las pruebas importaban, al menos un poco, a los poderosos.

Vale, seguro que pueden adivinar dónde voy con esto. Tengo mucho que agradecer, pero todas estas cosas parecen estar siendo ahora objeto de ataque. Cierto que atravesamos un momento de concientización respecto al acoso sexual, y es posible que esto acabe siendo un punto de inflexión. Pero con un depredador sexual confeso en la Casa Blanca, es difícil sentirse seguro. Por otro lado, todo lo que el Presidente y el Congreso estadounidenses están haciendo en política económica parece pensado no solo para ampliar el abismo entre los ricos y todos los demás, sino también para consolidar las ventajas de los plutócratas, ayudándoles a asegurarse de que sus herederos sigan arriba y los demás, abajo.

No está claro que el Congreso vaya a aprobar el terrible proyecto de ley tributaria presentada por Trump; pero la política medioambiental se establece principalmente mediante medidas administrativas, y el Gobierno se ha movido con asombrosa rapidez para devolver los venenos a nuestro aire y a nuestras aguas. Por no mencionar las probabilidades cada vez mayores de una catástrofe climática. Los supremacistas blancos, por supuesto, están volviendo por la puerta grande gracias al apoyo desde arriba (son, después de todo, gente “muy selecta”). También vuelven los antisemitas, lo cual no sorprenderá a quienes recuerden su historia.

Y mientras los viejos prejuicios vuelven, hemos entrado claramente en una nueva era de antiintelectualismo políticamente potente. Estados Unidos forjó su supremacía mundial principalmente con la fuerza de su sistema educativo. Pero, según Pew Research Center, el 58% de los republicanos afirma ahora que las universidades influyen negativamente en el país, y solo un 36% considera que su efecto es positivo. Y no crean ni por un minuto que este giro contra la enseñanza es una reacción contra la corrección política. Se debe al desagradable hábito que los académicos tienen de decir cosas que no queremos oír, como que el cambio climático es real.

Por último, ahora estamos gobernados por personas a las que no les interesa que el pensamiento serio se interponga en cualquier política que quieran seguir. Cuando el Congreso vuelva de sus vacaciones, los republicanos intentarán que se apruebe una importante legislación tributaria sin una sola revisión, sin dar a nadie tiempo para realizar una evaluación cuidadosa. El resultado, si lo consiguen, será una ley plagada de lagunas jurídicas e incentivos perversos que no hará nada por el crecimiento de la economía y que aumentará enormemente la deuda. Pero a los parlamentarios republicanos les da igual. En otras palabras, Estados Unidos me ha dado mucho por lo que estar agradecido; pero cada vez más da la impresión de que era una nación distinta del país en el que ahora vivimos.

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