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Una siesta de lo más inoportuna

Cuando Brasil pretendió reaccionar se topó con un bloque suizo organizado.

Neymar, con un look nuevo, no fue la figura que de él se esperaba.

Neymar, con un look nuevo, no fue la figura que de él se esperaba. Foto: AFP

La Razón (Edición Impresa) / Óscar Dorado Vega, es periodista.

07:03 / 18 de junio de 2018

Brasil fue aquel gerente de mañana productiva, seguida de un almuerzo suculento y regado, preludio del reposo llevado más allá de lo necesario, al extremo de sufrir el pinchazo de un neumático en el retorno a las apuradas, y con una segunda parte de la jornada confusa, cuesta arriba y dominada por el malhumor.

Si uno de los grandes candidatos (o el mayor, para muchos) protagonizó un pálido debut la responsabilidad le es propia en muy alta medida.

Arrancó como era esperable. Adquirió ventaja tras un notable gol de Philippe Coutinho. Y luego del minuto 20 sacó el pie del acelerador.

Es cierto que para que el desenlace tuviera contornos de paridad los suizos hicieron lo suyo. Un tanto emparentado con la polémica (¿debió cobrarse falta de Zuber a Miranda antes del frentazo?) y no menos atribuible a la pasividad del arquero Alisson, estático, incapaz de salir en pro de abortar el ametrallamiento aéreo en plena área chica.

Cuando el equipo de Tite pretendió reaccionar se topó con un bloque organizado —eso fue la representación helvética— decidido a cortar circuitos con base en achique de espacios y también con reiterado apego a la infracción, llevada a la práctica sin pudor alguno y aplicada casi como ingrediente de juego.

Aunque cueste aceptarlo el equipo brasileño especuló luego del uno a cero. Probablemente otra hipótesis conduzca a que subestimó la aptitud de Suiza en función de remontar el marcador. Claro está que pagó caro el relajamiento y no lo salvaron ni sus reconocidos recursos individuales, más allá de las oportunidades que muy cerca del cierre dejaron a Firmino, Fernandinho y Miranda a un escalón del festejo.

Permítase como paréntesis, luego de cuatro episodios de recorrido, una parada parcialmente conclusiva: observamos a la distancia un torneo parejo, donde solo dos o tres de los cuadros que actuaron aparecen lejos en potencialidad del resto. Los demás están perfectamente calificados para amargar a cualquier favorito.

Y al tiempo de volver a lo acontecido en el Rostov Arena no puede dejarse de lado una mención a Neymar. Que inició el partido mostrando el repertorio de la figura que es —sobre todo cuando se asoció con Coutinho y Marcelo en la banda zurda—  y más tarde dejó entrever las consecuencias del maltrato a que fue sometido, para aventurarse en incursiones individuales, reclamos a los jueces y una irrefutable sensación de enfado y ofuscación.

Enfrente, el elenco de Vladimir Petkovic denunció lo bastante que le cuesta sorprender disponiendo del balón a ras de piso. Shaqiri intenta escapar del común denominador, pero en solitario (Zuber y Embolo dan la impresión de ser acompañantes poco fiables) no es sencillo.

Brasil está en deuda. Apagó las luminarias antes de tiempo. Y no hubo cómo reencender la chispa de una fugaz promesa que solo fue eso. Un mezquino indicio de su poderío.

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