Marcas

El samurái disfrutó del café matinal

La Razón (Edición Impresa) / Óscar Dorado Vega

07:34 / 20 de junio de 2018

La sabiduría nipona sugiere: “Si iniciaste el camino por voluntad propia mil kilómetros parecen uno solo”. Un significado que involucra método y decisión ante los retos a ser encarados.

Japón no llegaba —aparentemente— en condiciones ideales a la Copa del mundo. Cambió de director técnico hace un par de meses y en los amistosos previos tampoco alcanzó a ser convincente.

Sin embargo, lo importante comenzaba ayer, en Saransk, y ahí sí el equipo de Akiro Nishino fue eso. Obviedad al margen, funcionó como una estructura colectiva de movimientos constantes y efectivos.

Es verdad que Colombia vivió un estreno fallido. De pesadilla. Lo fue a partir de una falta penal, tarjeta roja (Carlos Sánchez) y gol (Kagawa) de camarín.

Demasiado castigo junto, cómo no. Empero, existía bastante margen de tiempo para que brotara la entereza —como correspondía frente a la adversidad— y ésta se dejó extrañar, más allá de fragilidades futbolísticas como las que obligaron a que Radamel Falcao, en largos pasajes, se desgastara solitario y obligado a retroceder de la zona de influencia.

Pekerman atravesó durante buen rato por una encrucijada. Cubrir la función del expulsado o buscar creación para despertar de mediocampo hacia arriba.

La entrada de Quintero pareció darle la razón porque a balón parado el de River Plate empató antes del descanso.

Seguramente en el uno por uno, el cuadro sudamericano saca ventaja cualitativa del asiático, pero eso no se advirtió. Detalles reveladores: el balón perteneció en mayor medida al a la postre ganador y, afirman los entendidos, no hay mejor manera de defenderse —en campo ajeno, además— que restárselo al adversario. En el juego aéreo, a despecho de estaturas, también mandaron los del sol naciente y el mejor ejemplo radicó en el tanto de la victoria: Osako, luego de un córner, cabeceó en medio de cuatro zagueros de camiseta amarilla. Si de individualidades se trata, Nagatomo e Inui gravitaron como ninguno de enfrente.

No cabe duda de que actuar casi todo el cotejo con un futbolista menos incidió en el trajinar colombiano, más aún para enfrentar a un elenco movedizo, ordenado y dinámico a la vez, pero ni la entrada de James Rodríguez, el abanderado que acusaba una evidente merma física, implicó la anhelada inyección.

Ni de fútbol ni de ánimo. El del Bayern Munich dispuso de una ocasión, frustrada por el cruce providencial de un zaguero. Tampoco la presencia de Bacca contribuyó a que el arco de Kawashima fuera realmente acosado.

Japón no dio por perdida una sola pelota. Aplicó pausas, no necesariamente equiparables a conformismo. Exhibió inteligencia. Capitalizó con seriedad la inusitada circunstancia favorable y enterró la dura experiencia, inherente al mismo rival, escenificada hace cuatro años en Brasil.

Colombia —sometida a una dura contingencia— no dispuso de poder de recuperación. Ni siquiera para forjar, a partir de la igualdad transitoria, el guion tendente a modificar, a fuerza de mística, el curso de los acontecimientos. Desde esa impostura hundió la opción de eludir el revés.

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