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Hombrecitos

El fútbol es cosa de hombres. Es lo que te dirá la mayoría. Durante mucho tiempo, ha sido considerado como una de las expresiones más evidentes del machismo, uno de los principales constructores de la masculinidad en nuestras culturas y sociedades.

La Razón (Edición Impresa) / Camila Urioste*

19:17 / 23 de junio de 2018

Los hombres sí lloran. Peruanos, árabes, mexicanos, brasileros y argentinos, machos machotes lloran. Lloran de alegría y de rabia y de alivio, a veces una lagrimita suelta que rueda por sus mejillas barbudas, a veces sollozos y mocos que sueltan derrumbados sobre el césped perfecto de la cancha. Lloran y no lo hacen a escondidas. No. Lloran frente a cientos de miles de personas en el estadio, más las millones de personas que los ven en primer plano por televisión HD. Los hombres lloran, y además se tocan, se abrazan, se consuelan. Hombres con barbas y tatuajes, hombres enormes se rompen y también fingen romperse. Fingen lesiones o realmente se lastiman. Se muestran vulnerables, frágiles. Se quiebran, se recomponen. Se exponen a la gloria y el éxito, así como al fracaso público, a la derrota más triste, más pública.

El fútbol es cosa de hombres. Es lo que te dirá la mayoría. Durante mucho tiempo, ha sido considerado como una de las expresiones más evidentes del machismo, uno de los principales constructores de la masculinidad en nuestras culturas y sociedades, un espacio social masculino en el que la mujer puede participar como accesorio, y eso. Nadie lo puede negar. Que en nuestras sociedades, los hombres aprenden a ser hombres jugando al fútbol; que obligados a demostrar su masculinidad una y otra vez desde la más tierna infancia, aquel que no se interesa por el fútbol es mirado con sospecha, su heterosexualidad puesta en duda; que la mujer que juega fútbol es tachada de marimacho; que los lazos que se crean entre hombres a la hora de jugar y mirar fútbol son duraderos y constituyentes de la identidad de esos hombres; que el fútbol y todas las instituciones ligadas a él  están marcadas por la misoginia, la homofobia y la violencia machista. La evidencia está a pedir de boca.

No es solo el hecho de que las mujeres periodistas tengan espacios reducidos para comentar fútbol y cubrir partidos, o que el fútbol femenino en el mundo siga relegado a una actividad de segunda clase. No es solo lo que sucede en la cancha; la violencia, la competencia descarnada, casi bélica, tan ligada a la masculinidad. Es también lo que sucede afuera, en las butacas, en el contexto expandido del torneo por la copa mundial. Desde que comenzó, las noticias de acciones machistas por parte de los hinchas de varias selecciones han inundado las redes y los medios de comunicación. El argentino que se aprovechó de la buena onda e incapacidad de hablar español de una quinceañera rusa para hacerle decir cosas humillantes en castellano mientras la filmaba, los mexicanos sancionados por gritarle “puto” al arquero de Alemania cada vez que sacaba, o el acoso sufrido por una reportera colombiana mientras cubría un partido. Todo esto no hace más que reforzar esta idea: el fútbol es un espacio social machista, misógino y homofóbico.

Y sin embargo…

Sin embargo, el fútbol en toda su complejidad es también un espacio legítimo de lucha, tanto por los derechos de las mujeres como los de los hombres. Es un sitio de construcción de identidades de género fértil y trascendente. La evidencia está, también, a pedir de boca.

El cliché de hombre que valora y promueve el sistema patriarcal es el de un ser que no llora, que no expresa sus emociones y, de preferencia, no las tiene; es un humano físicamente imponente, irrompible; es competitivo y bélico en su competitividad, como cuando escuchamos hablar de fútbol y se dicen cosas como “los jugadores tienen que dar batalla” y “jugar con el cuchillo entre los dientes”, y “le pegó un cañonazo al arquero rival”. En el patriarcado, el otro es siempre un rival.

Pero en el fútbol, los hombres se quiebran. Los vemos lesionarse, sangrar, rodar varios metros sosteniéndose la rodilla con muecas de extremo dolor. No solo se rompen en público, sino que fingen una fragilidad que no tienen cuando se lanzan a la más leve provocación, buscando un penal o un balón parado para avanzar en el partido, como cuando Neymar fingió una falta en el área y se lanzó de espaldas histriónicamente en el partido contra Costa Rica. Esta práctica, la de lanzarse y fingir lesiones y faltas es, aparte de una muestra de chicanería, una expresión muy anti-masculina. Está además institucionalizada en el fútbol como en ningún otro deporte. Me intriga, de verdad, cómo en el fútbol profesional fingir debilidad no se considera una falta de masculinidad.

Pero en el fútbol, los hombres sí lloran. Como cuando los jugadores de Arabia Saudí lloraban al finalizar el partido contra Uruguay el miércoles 20, donde perdieron uno a cero, quedando prácticamente fuera del mundial. Lloran, como cuando Neymar se derrumbó sobre la cancha llorando de alegría, de alivio, el viernes 22 luego del partido contra Costa Rica, cuando Brasil ganó dos a cero con dos goles de último minuto.  Lloran cuando pierden, y lloran cuando ganan, y lo hacen en público y nadie les cuestiona su masculinidad.

La FIFA multó a México por los cánticos homofóbicos que lanzó en el partido contra Alemania, y el Ministerio de Seguridad Argentino prohibió la entrada a los partidos del Mundial al tipo que humillo a la rusa quinceañera. “No queremos que una persona que tiene ese tipo de valores y conductas nos deje mal parados ante el mundo”, dijo un vocero del ministerio. Noruega acaba de aprobar una norma que hará que las mujeres que juegan fútbol en el seleccionado nacional ganen lo mismo que los hombres. Y el miércoles 20, durante el partido entre Irán y España, las mujeres iraníes lograron entrar por fin al estadio Azadí de Teherán junto a los hombres para ver el partido en pantalla gigante. Hasta ese día, había una prohibición de que las mujeres asistieran a encuentros entre equipos masculinos. A pesar de que la policía les impidió entrar en un primero momento, ellas se rehusaron a irse y lograron finalmente que se les abrieran las puertas.

“Estamos entrando”, tuiteó la documentalista Mina Keshavarz, cuando se abrían las puertas para que miles de aficionadas pisaran ese estadio por primera vez en décadas para presenciar un cotejo entre equipos masculinos, aún si fuera solo por televisión.

Estamos entrando, podemos decir las mujeres. Falta, falta mucho, pero aquí estamos, y no nos vamos a ir.

*Es escritora. Invitada por Marcas de La Razón para el Mundial Rusia 2018.

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