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Neymar: El personaje está destruyendo al crack

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

06:00 / 10 de junio de 2019

Por Jorge Barraza“Nuestro mejor futbolista, Neymar, precisa madurar y volverse hombre”, titulaba su artículo en Folha de Sao Paulo el prestigioso columnista Juca Kfouri. Era septiembre de 2017, a un mes de la llegada del jugador al Paris Saint Germain. Con preocupación, remarcaba las constantes polémicas, embrollos, vedetismos y chiquilinadas del crack que le impedían consolidarse deportivamente. Sin contar la noche, las habituales fiestas y su corte de amigos (los llamados Toiss, que son once y viven con él). Juca lo decía de cara a Rusia 2018, donde Ney debía ser el capitán que comandara el barco campeón. Pero el Mundial convirtió a Neymar casi en una caricatura: se caía y se revolcaba simulando golpes no recibidos o exagerándolos.

 

Un río caudaloso ha corrido en la vida de Neymar desde marzo de 2009, cuando debutó en el Santos. Con grandes alegrías futboleras, un ascenso irresistible y contratos ultramillonarios. También con infinidad de barquinazos en cada esquina de su carrera. Su controvertida fuga del Barcelona hacia el PSG dividió aguas: para unos, un valiente asumiendo nuevos desafíos; para otros, un simple pesetero. El reto suponía, según su entorno, subirse a una plataforma desde la cual llegaría a la cima total y al Balón de Oro, que estando a la sombra de Messi nunca conseguiría. A la vez, su llegada le permitiría al club parisino alcanzar el anhelado trono europeo, siempre ocupado por españoles, italianos, alemanes o ingleses. Ni una cosa ni otra. Estos dos años en Francia han acentuado de manera inquietante sus desventuras dentro y fuera del campo. La última temporada en Barcelona ya había sido pobre; ahora, en una liga menos competitiva, ha desmejorado aún más su juego.

 

Y se han multiplicado sus percances físicos. Desde su llegada a Europa, en 2013, ha sufrido 18 lesiones, que le costaron 71 partidos ausente. De las 18, cinco fueron en el pie derecho, con el que remata -es diestro-. La quinta fue el miércoles y lo dejó fuera de la Copa América: rotura de ligamento en el tobillo derecho. Al menos un mes y medio inactivo. O dos. Muy delgado -no llega a 68 kilos- sus piernas son dos palitos y empiezan a sentir la acumulación de años de entrenamiento y partidos, así como el rigor de un deporte de mucho contacto físico y de rivales que lo buscan, por su habilidad y su juego a veces provocativo. Pero conste que en las últimas tres se lesionó solo, por torceduras al apoyar el pie. Eso habla de fragilidad. Y 18 lesiones en seis años reflejan que tal vez el cuidado personal no sea el más profesional.

Apenas llegó a Francia tuvo una agarrada brava con el uruguayo Cavani, ídolo de los hinchas y encargado de las pelotas paradas, quien se ganó el derecho de ejecutarlas por antigüedad y por ser el máximo goleador histórico del club. Al primer tiro libre concedido, Cavani fue a rematar, Neymar quiso hacerlo él, forcejearon a la vista de todos y estalló la primera polémica. Ahí exigió al presidente del club patear los penales y demás faltas, generando un mal clima en el vestuario y en la grada, que apoyaba a Cavani. También había reclamado la camiseta número 10 (en Barcelona usaba la 11). Sobrevendrían muchas más situaciones de divismo, roces permanentes con los rivales y enojos varios. La hinchada tampoco le perdonó que, tras la primera fractura en el pie, se quedara tres meses en Brasil haciendo la recuperación en lugar de tratarse en París.

 

“Tuchel está harto de Neymar”, dicen en Francia. El técnico alemán del PSG, de fuerte carácter y quien está firme en su cargo pues acaban de renovarle contrato hasta 2021, estaría molesto con todo el ruido que genera Neymar a su alrededor y por los continuos cortocircuitos con ciertos compañeros. Tuchel quiere paz, la necesaria para desarrollar su trabajo armónicamente. Para peor, no podrá contar con el 10 en los primeros partidos de la próxima temporada: Neymar tiene 2 fechas de suspensión para la Liga local por tirar una bofetadita a un aficionado cuando subían al palco a recibir la medalla de subcampeones de la Copa de Francia. Y otras 3 para Champions por insultar al árbitro cuando fueron eliminados ante el Manchester United. “Un árbitro de mie…”, escribió en sus redes sociales. El DT ya mostró su enfado cuando, en su monumental fiesta de cumpleaños número 27, Neymar se puso a bailar estando en muletas, convaleciente de la segunda fractura en el metatarsiano.

 

En el medio ha recibido críticas feroces de campeones franceses como Eric Cantona (¿A qué vino a Francia… a jugar contra el Amiens y el Guingamp?”) o Christophe Dugarry (“El partido de Neymar ante el Manchester United ha sido inadmisible, escandaloso. Incluso irrita a los ojos ver lo que ha hecho. Neymar se ha burlado del mundo”). Hablaba del último juego de Champions disputado por el brasileño.

 

Futbolísticamente no ha podido cumplir las expectativas personales ni las del club, con el agregado de que los focos abandonaron su figura y apuntaron a otra: Kylian Mbappé. El joven de 19 años le robó el protagonismo marcando más goles, elevándose a la categoría de superestrella mundial. Y él sí logró la corona en Rusia. El márketing ha hecho lo indecible por mantener a Neymar en el carro donde viajan Messi y Ronaldo, pero los otros, aunque más veteranos, no aflojan en la cancha. El año anterior Ney no figuró entre los primeros diez para el Balón de Oro, en este quizá no entre en la lista preliminar de 30.  

Se cumplieron en marzo diez años de su debut en Primera División por el torneo Paulista. Ya en ese instante se vio que estaba llamado a ser un jugador distinto, un crack. También allí, los que supieron verlo, podían advertir que se trataba de una vedette futbolística. Desde entonces venimos escuchando a Pelé, Cafú, Kaká, Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos y varios compatriotas más, augurar que Neymar sería “o melhor do mundo”, “o próximo Balón de Ouro” y varias profecías más. Pasó una década, aún no cumplió ninguno de esos vaticinios. No pueden ser culpados. Es muy, muy difícil advertir tantas condiciones técnico-físicas en un jovencito: movimientos fascinantes, facilidad extrema para la gambeta, excelente disparo, velocidad, talento, gol, atrevimiento, verticalidad. Todo con el sello brasileño en el estilo: alegre, ofensivo. Y en un sólo envase. Pero pasaron por alto la mentalidad: el infantilismo crónico, los malabares burlones en la cancha, el deseo casi desesperante de figuración, la inclinación por las fiestas. Y la poca pasión por el juego en sí: Neymar jamás habla de fútbol, de una jugada, de una cuestión táctica.

 

Neymar parece estar metido dentro de una lavadora que funciona día y noche. Tiene 27 años y ha vivido por cincuenta. En esa vorágine, los sucesos lo atropellan. La denuncia de violación presentada contra él por la modelo Najila Trindade es una de tantas, aunque sí la más grave, al punto de que sus patrocinadores han informado que siguen con preocupación el caso, y Mastercard directamente suspendió la campaña publicitaria con su figura. Tite ha tenido suerte: el tobillo derecho de Ney lo salvó de afrontar la Copa América con un caos mediático alrededor. Al quedar desafectado Neymar, la calma presidirá el campamento. Como Tuchel y Tite, los técnicos van a empezar a escaparle a todo lo que representa Neymar.

 

En tiempos de Maradona futbolista, reinaba el “sidieguismo”, una iglesia de fieles (periodistas incluidos) que le decían sí a todo, reían, apoyaban o callaban cualquiera de sus dislates o exabruptos. Con Neymar parece suceder algo similar. En Santos, con 18 años, hizo echar a un técnico por no dejarle patear un penal. Pero antes armó un escándalo en el campo. Esa tarde, René Simoes, entrenador del rival, elaboró una frase que hoy recuerda todo Brasil: “Nunca había visto a nadie tan maleducado. Cuidado, estamos creando un monstruo”.

 

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