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El último invento de los futbolistas: el respeto

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

08:48 / 04 de noviembre de 2019

Los que ganan y pierden los partidos son los jugadores”… “Los de afuera son de palo”… “No cayó bien en el vestuario”… “La parte más noble del fútbol son los futbolistas”… “La pelota no se mancha”…

El vestuario… Ni el Vaticano posee un recinto más sagrado. Los futbolistas poseen una insuperable habilidad para generar frases que suenan antológicas, se convierten en axiomas y se perennizan. Sin haber estudiado mercadeo ni publicidad, son maestros del eslogan. También se arrogan un invento universal: los códigos. Se refieren a la lealtad. En rigor, la lealtad tiene 300.000 años de historia, apareció con el homo sapiens, pero ellos reclaman autoría. Parecieran ser los únicos que la conocen y la profesan. Tienen otras creaciones. Últimamente han patentado el respeto. Exigen permanentemente respeto, a directivos, periodistas, hinchas… De allí se colige que son sus propietarios en exclusividad. “Lo único que pedimos es respeto”. Suena bien.

En un momento de la humanidad donde todo el mundo está expuesto en los medios y en las redes sociales, los futbolistas logran parapetarse detrás de la barrera del respeto y ser intocables.

“¿Qué códigos…? Cada vez que iba a buscar al Conejo a los entrenamientos, sus compañeros me embarazaban con la mirada”, arremetió en un programa de Tv Pata Villanueva, una exmodelo argentina que era pareja de Alberto Tarantini. A Pata no le va la hipocresía.

En una autoentrevista para The Player’s Tribune, Marcelo, el lateral izquierdo del Real Madrid, fantástico en la proyección ofensiva, discreto defendiendo, se sintió ofendido por un comentario radial de Jorge Valdano. The Player’s Tribune es un novedoso e impactante sitio web creado por el ex beisbolista estadounidense Derek Jeter. Allí, los deportistas se entrevistan a sí mismos y cuentan historias en primera persona. Una nueva forma de periodismo, por los propios protagonistas.

“Unos días antes de la final, un antiguo futbolista del Real Madrid expresó algo sobre mí que se me grabó en la cabeza. Le preguntaron qué pensaba sobre la final y señaló que Marcelo debería comprarse una foto de Salah, ponerla en la pared y rezar todas las noches”, relató el brasileño. “Después de 12 años y tres Champions League ganadas, me faltó el respeto así y en directo”, continuó. “El comentario quería hundirme, pero lo que me dio fue mucha motivación”.

En rigor, la expresión exacta de Valdano, bastante respetuosa, por cierto, fue: “Que le den a Marcelo una foto de Salah para que lo empiece a tener en sus oraciones y sea más cuidadoso por su banda”. La dijo tras un clásico ante el Barcelona, en el cual Marcelo fue un colador por su punta. Se avecinaba la final de Europa ante el Liverpool. Valdano es un sujeto educadísimo, muy comedido en sus juicios. Lo que no pudo Marcelo es espetarle el tradicional “¿de qué habla…? si nunca pateó una pelota”, que los jugadores utilizan para referirse a los periodistas. Valdano pateó alguna, fue un muy buen delantero, ganó un Mundial, se coronó campeón con el Real Madrid como jugador y entrenador. Y es el escritor más brillante surgido de un camarín con olor a linimento.

No fue una frase injuriosa ni agresiva, mucho menos desestabilizadora (“quería hundirme”). Y de ninguna manera irrespetuosa. Tampoco lo centralicemos en Marcelo. Él habla desde el poder total alcanzado por los futbolistas en la actividad. Son jugadores, entrenadores, dirigentes, representantes, comentaristas, están en la FIFA, en las empresas deportivas… Coparon todo. Desde ese absolutismo se sienten en capacidad de amonestar o censurar. Los futbolistas son sujetos especiales, no necesitan devolver una llamada, un mensaje, decir “buen día”, “permiso”, “muchas gracias”, “por favor”, “pase bien”, pero son generosos enseñando lealtad y respeto a los semejantes.

Cuando la última fecha FIFA, se difundió un video en el cual los integrantes de la selección de México bajan del autobús para entrar a un hotel y en la puerta del mismo los esperan dos aficionados —hombre y mujer— con sendas banderas tricolores al grito de “Mé-xi-co, Mé-xi-co…” No había nadie más. Quién sabe cuántas horas estuvieron aguardando el arribo para alentarlos. Los seleccionados pasaron a centímetros de los hinchas, no solo no se pararon o saludaron, ninguno de los veintipico los miró; fue una indiferencia indignante, rayana en la crueldad. Son los sujetos que luego exigen respeto. El respeto no se exige, se gana. Los aficionados quedaron estupefactos, mirándose entre sí.

“No me importa si dicen que jugué mal, pero no se metan con mi vida privada”, reclaman a diario los jugadores. Mienten: sí les importa, sí les duele; de hecho, en muchísimos casos cortan su relación con el periodista o con el medio tras una crítica. Y esta de Marcelo es una comprobación. Le dolió la valoración deportiva, compartida además por varios técnicos del Real Madrid: ha ido al banco (Reguilón le quitó el puesto en un momento), le han traído varios sustitutos (Theo Hernández, Mendy) pues no ofrece garantías de marca. Termina jugando porque los otros no dan la talla o por formar parte del núcleo duro del vestuario (Sergio Ramos, Carvajal, Benzema, Lucas Vázquez, Casemiro).

Desde luego Marcelo y todos los protagonistas merecen respeto. No se trata de ser irreverentes, sino de indicar lo que se ve sin limitaciones; es el pedido del público. El jugador es un artista que, en el alto nivel, cobra sumas millonarias para actuar y está expuesto al elogio o al reproche. Y es obligación del periodista comentar con veracidad y rigor los acontecimientos.

El argumento de que el periodista nunca jugó a la pelota es falaz y también erróneo. No es preciso ser director de cine para comentar una película. Como dice el queridísimo César Augusto Londoño, “desubicado el futbolista que le exige al periodista haber jugado fútbol profesional para poder desarrollar su profesión. Muchos jugadores no tienen idea de la concepción del juego y hay grandes técnicos que nunca jugaron: Rueda, Pinto, Mourinho y otros”.

Los exfutbolistas han copado los medios. En algunos casos, como Diego Latorre, el mismo Valdano, lo hacen con brillantez, en otros no agregan nada. Son convenientes para el gremio, pues tienen la opinión blandita, no se comprometen ni dicen verdades evidentes, dejan ese trabajo sucio para los periodistas. Pero visto lo de Marcelo, también ellos deberán cuidarse.

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