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Las 11 ciudades y los 12 estadios están listos

Rusia ha invertido unos 12.000 millones de dólares para organizar el Mundial.

Copa del Mundo de fútbol Rusia 2018

Copa del Mundo de fútbol Rusia 2018 Foto: AFP

La Razón (Edición Impresa) / AFP / Moscú

12:23 / 14 de mayo de 2018

A un mes del comienzo de la Copa del Mundo de fútbol, la tensión entre Rusia y las potencias occidentales marca los últimos preparativos de la competición, que el país anfitrión espera utilizar como instrumento para situarse de nuevo en el primer plano geopolítico.

Si la elección de Rusia para organizar el Mundial 2018 había provocado algunas controversias en diciembre de 2010, la situación es mucho peor ocho años después: Rusia se ha enfrentado a las potencias occidentales debido a Siria y Ucrania, además de encontrarse en el epicentro de un gigantesco escándalo de dopaje y en medio de una ola histórica de expulsiones ligadas al envenenamiento del antiguo espía Serguei Skripal en Inglaterra.

Mientras Vladímir Putin, en el poder desde el año 2000, inicia su cuarto mandato al frente del país, la confianza parece definitivamente rota entre los países occidentales y Moscú, que reclama su regreso al primer plano de la escena internacional.

Pero, a pesar de los escándalos que han llevado a las autoridades británicas e islandesas a desairar el evento, Rusia no revivirá la experiencia traumática de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, cuando más de 50 países boicotearon la competición.

Putin, cuatro años después de los Juegos de Invierno de Sochi, tendrá una nueva ocasión de utilizar el deporte como instrumento de soft power (poder blando) para promover su país.

A 31 días de la competición, que comenzará el 14 de junio en Moscú con el Rusia-Arabia Saudí, la FIFA no está preocupada. Los estadios y las infraestructuras están preparadas, después de un gran esfuerzo económico.

Moscú ha gastado cerca de 10.000 millones de euros (unos 12.000 millones de dólares) para organizar el evento, ofreciendo a la mayor parte de las 11 ciudades que acogerán el torneo sus primeros programas de renovación urbana desde la caída de la Unión Soviética.

Los aeropuertos se han ampliado o reformado. Se han construido hoteles en las ciudades donde los turistas extranjeros no suelen viajar. Y los estadios modernos han salido de la tierra, con la duda de cómo se utilizarán cuando el Mundial baje el telón.

La herencia de la Copa del Mundo ha sido estudiada minuciosamente. Si los Juegos de Sochi fueron un éxito, su coste desmesurado de 50.000 millones de euros dejó un gusto amargo. Moderna y dinámica, la ciudad balneario a orillas del Mar Negro ha recuperado su lustre de antaño, aunque muchos hoteles están actualmente desocupados o abandonados.

¿Disfrutará la Rusia de las ciudades medianas, alejada de los turistas y de las dos capitales que son Moscú y San Petersburgo, del Mundial para empezar a explotar plenamente su potencial económico?

Los aficionados al fútbol se interesan poco por las consideraciones geopolíticas, más preocupados por posibles problemas de violencia, el ambiente en las ciudades o los medios para acceder a los estadios.

En Rusia lo primero que descubrirán es que están en un país muy grande. La organización solo escogió ciudades situadas en la parte europea del país, pero 2.500 kilómetros separan Kaliningrado, al oeste, de Ekaterinburgo, al este: la misma distancia que entre París y Moscú.

Con respecto a la seguridad, Rusia ha multiplicado las operaciones contra los ultras más violentos, vigilados desde muy cerca en los últimos meses y con su libertad de movimientos seriamente restringida.

Alexei Smertin, referente de la lucha contra la discriminación y el racismo en el Mundial, ha pasado un año dedicado a la prevención y a intentar reducir los incidentes racistas relacionados con el fútbol.

En abril, tras los gritos de mono escuchados en varios partidos en Rusia, hizo un llamamiento a “prohibir el acceso a los estadios a los aficionados que infrinjan la ley”.

“Ustedes trabajan para hacer de esta Copa del Mundo la mejor Copa del Mundo de la historia”: la felicitación del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, la semana pasada en Sochi, habrá sido del gusto de Putin.

Pero el gobernante ruso, que no es aficionado al fútbol, tiene pocas opciones de celebrar una victoria de su selección en el Mundial. La Sbornaia no ha ganado en sus últimos cinco partidos amistosos e iniciará la competición en la penúltima plaza de la clasificación FIFA entre los equipos clasificados.

El objetivo oficial es alcanzar los cuartos de final, pero superar la primera ronda ya será complicado: Arabia Saudí es un rival abordable, pero luego vendrán Uruguay, con Luis Suárez y Edinson Cavani, y Egipto, con la sensación Mohamed Salah. Stanislav Cherchesov, el seleccionador, no cuenta con ningún jugador de clase mundial sobre quien construir su equipo.

Putin no se ha prestado al juego de los pronósticos. “Esperamos que todos nuestros jugadores estén implicados, que lo den todo. Y lo más importante, deben mostrar un fútbol intransigente, el fútbol que los hinchas adoran”, señaló en Sochi.

  • Es un país muy grande

La organiza-ción solo escogió ciudades situadas en la parte europea, pero 2.500 kilómetros separan Kaliningrado, al oeste, de Ekaterinburgo, al este.

  • Ojo  con los hinchas

Las tácticas de las fuerzas de seguridad rusas van desde la intimidación a las detencio-nes preven-tivas. Cientos de hinchas violentos ya han sido instados o forzados a firmar un contrato de “buen com-portamiento”.

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