Marcas

River gana el partido de su vida y España aplaude de pie

La Razón (Edición Impresa)

07:49 / 10 de diciembre de 2018

Emotiva, intensa, dramática, espectacular, inolvidable final de Libertadores que genera el vilipendiado pero siempre maravilloso fútbol argentino, en el que la pasión a menudo desborda los cauces y la adrenalina suele tapar al juego, pero que está permanentemente vivo y es una caja de resonancia sin par. Lo de la “Final del Mundo” era un exagerado eslogan promocional, muy criticado, pero terminó siendo bastante aproximado a lo visto por la tensión y la entrega notable de todos los jugadores, que lucharon con pasión, con el alma, conscientes de todo lo que representaban. Por el angustioso alargue, por Boca diezmado, con nueve, y jugándose la carta postrera del empate con su arquero en el área contraria… Carta que casi se le da cuando el palo le negó el gol a Jara en el minuto 120… Por algunas actuaciones individuales descomunales, conmovedoras como la del uruguayo Nahitán Nández… Por los cuatro goles, que fueron de altísima factura los tres primeros y no apto para cardiacos el último. Porque el imán que significan Boca y River lograron un marco multitudinario a 10.000 kilómetros de Buenos Aires… Porque la promesa de superclásico atrajo a decenas de personajes del fútbol internacional al estadio del Real Madrid y porque los 350 millones de televidentes que lo siguieron en el mundo no quedaron defraudados sino agradecidos, admirados.

Las piedras, postergaciones y reclamos previos quedaron olvidados por un partido que ya está en la historia. En verdad, los dos choques fueron memorables y modélicos. Los protagonistas dejaron la sangre en el césped, pero actuaron con respeto y limpieza. Hubo fútbol puro, con las extremas precauciones que implica un duelo de tal magnitud, en el que se apuesta tanto, pero cuando calentaron motores se jugó a ganador.

River y Boca enaltecieron al fútbol sudamericano en el campo. Ofrecieron al gran público internacional la vibración y el carácter que puede alcanzar el juego en nuestro continente. Y así como se les fustigó en las últimas semanas, cabe ahora agradecerles. “Una jornada inolvidable, tanto para los que vinieron de lejos como para los que nos encontramos este regalo caído del cielo en el jardín de nuestra casa”, escribió en su editorial Alfredo Relaño, director del diario As. “Las emociones encendidas desde muchas horas antes de empezar el partido, un encuentro vivido con una pasión casi desconocida en el fútbol europeo, pero que sirvió para darle la vuelta a las lamentables imágenes que recorrieron el mundo y que llevaron la Libertadores a decidirse en el Bernabéu. Ni un solo incidente, deportividad y sobre todo fútbol. Esto es lo que se merecían dos camisetas históricas y una afición, como la argentina, que sabe, que entiende este deporte como pocas”, señaló Mario Gómez Estrela en Marca.

Ese es el sentir general de los europeos, cautivados por este pasional superclásico jugado increíblemente en España. Seguimos lamentando que nos arrancaran la final de la Argentina, pero debemos convenir que la Copa tuvo una exposición universal como nunca en 59 ediciones. Miremos el lado bueno.

El partido interminable duró 130 minutos con los añadidos, pero por fin acabó. En un contexto extraño por el marco madrileño del Santiago Bernabéu, pero igual multitudinario como corresponde a estos gigantes, River logró su cuarta corona de América. Es campeón porque tiene más juego que Boca, más inteligencia para afrontar estos partidos, más fibra, mejores jugadores y un técnico que desnivela a su colega. En suma, porque es mejor equipo que Boca, un plantel lleno de nombres importantes que no alcanza a redondear una actuación armónica, convincente.

 

Los cuatro goles fueron para enmarcar, decimos. El primer tiempo, el más discreto por la cautela de todos, Boca con lucha, River sin su fútbol. Pero cuando parecía que se iban al descanso sin emociones, explotó el Bernabéu. La jugada nació por un error de Andrada, arquero de Boca, que demuestra que el fútbol es la dinámica de lo impensado. Falló un rechazo con los pies y generó un adelantamiento de líneas de todo River, que olfateó el gol. Pero hubo un despeje de la defensa xeneize y nació una contra; aparecieron espacios y el uruguayo Nández metió un pase fantástico en profundidad para Benedetto; falló en el cierre Pinola, el 9 enganchó hacia adentro e hizo pasar de largo a Maidana que acudía desesperado; luego Benedetto definió con seguridad y maestría a un rincón. Gol de alto nivel. Ahí, la pintura del partido se puso a tono con el marco. De paso, quedó una vez más demostrado que cuando el delantero es crack y define con clase, da lo mismo que el arquero sea Armani, Yashin, Fillol o José Gómez.

A River pareció faltarle audacia desde la formación. Tenía un solo delantero disponible (Pratto) y en lugar de acompañarlo con volantes de mucho juego que pudieran abastecerlo o acompañarlo en la llegada, juntó tres hombres de marca (Ponzio, Enzo Pérez y Palacios), uno de dinámica (Nacho Fernández) y apenas uno de creación (Pity Martínez). La conclusión es que no llegó en todo el primer tiempo. La desventaja en el cartel llevó a Gallardo a cambiar los papeles y dio un vuelco al partido: salió el capitán Ponzio, hombre de marca y pierna fuerte, y metió a un talentoso: Juan Fernando Quintero, zurda de oro. Los jugadores leen las intenciones del entrenador en un cambio.

Era un mensaje claro: hay que jugar más y adelantar líneas. Y River pasó a comandar mental y futbolísticamente el trámite. Quintero, de inmensas condiciones pero que por alguna curiosa razón siempre termina como suplente en todos los clubes donde va, tuvo el día más luminoso de su vida. Empezó a juntarse con Nacho Fernández (grandísima tarea), con Pratto, con Palacios, y River comenzó a inquietar a Boca. Llegó el empate en una monumental jugada colectiva con una preciosa pared Fernández-Palacios-Fernández, centro atrás y definición perfecta de Pratto. Luego el gol de la tarde, que hizo explotar a tres países: España, Argentina y Colombia. De frente al arco, Quintero paró un pase preciso de Mayada y sacó un zurdazo sensacional al ángulo izquierdo alto de Andrada. Un gol de esos que se recuerdan por décadas. Ahí mismo la televisión reflejó las caras de los jugadores de Boca y parecían decir, a coro: “Estamos perdidos”. Porque Boca sabe que no tiene fútbol para levantar. Menos ante River. Y porque ya estaba con un hombre menos por expulsión de Wilmar Barrios. Una irresponsabilidad suya, pisó a un rival estando ya amonestado en una jugada que no conllevaba peligro. Boca nunca pudo superar la inferioridad numérica.

Lo que medió entre el estallido que supuso el 2-1 de River —iban 108 minutos— hasta los 123 que duró el alargue fue volcánico. Boca se debatió con amor propio, con las agallas de Nández, Izquierdoz, Buffarini… Se rompió Gago y debió salir, dejando al equipo con nueve porque ya se habían hecho los cuatro cambios y Boca quedó a merced de una goleada. Su arquero se fue a jugar de delantero y en una contra Pity Martínez, solo desde ante de la media cancha, marcó el 3-1 final. Telón de infarto para la Libertadores más polémica de todas. Pero telón con el público aplaudiendo de pie.

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